miércoles, 26 de enero de 2011

The Power of God

Bomba Baker en la Operación Crossroads, 1946
En estas últimas navidades, me encontré viendo una y otra vez el documental Trinity and Beyond, realizado en 1996, y que resume en imágenes las pruebas atmosféricas realizadas por los EUU, con algún salto a las soviéticas y chinas, desde la primera prueba, Trinity, que da nombre al documental, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, los sucesivos perfeccionamientos y mejoras, el salto a la bomba H, las pruebas en la alta atmósfera, para concluir con la prohibición de las pruebas atmosféricas.

Vaya por delante que, a pesar de su interés, éste no es un gran documental. Se basa demasiado en la espectacularidad de las imágenes y se olvida de los datos técnicos, políticos y ciéntificos que acompañaron a esos lanzamientos, impidiendo que el espectador pueda valorar la importancia y magnitud de lo que está viendo. Por otra parte, comete el error de utilizar el montaje apresurado de la TV, pensado para un público con poca capacidad de atención, cuando lo que interesaría es ver estas pruebas en detalle y dejar tiempo para que las imágenes hablaran por si solas... sin contar que muchas veces da la impresión de que repiten secuencias de un mismo lanzamiento en otros, por simples razones de espectacularidad.

No obstante, nada de esto detrae de la importancia de los que estamos viendo, especialmente para los que llegamos a vivir ese horror en suspenso que se llamó la guerra fría. En este último caso, las imágenes de las explosiones nucleares, del hongo que las seguía, de sus efectos sobre personas, vehículos y edificios, se grabaron a fuego en nuestra memoria, pasando a formar parte de nuestras vidas. Como ya he dicho en otras ocasiones, muchos teníamos la impresión de que no íbamos a llegar a viejos, que nuestra a vida iba a ser truncada por el holocausto nuclear que abriría y cerraría la tercera guerra mundial, una aparente certeza cuyo horror llegaba a adquirir rasgos de auténtica obsesión y que nos hacía observar el mundo con desapego y nihilismo.

Ivy Mike, primera explosión termonuclear americana, 1952

Entre esas imágenes imborrables, se hallaban pruebas como la Baker de la operación Crossroads en 1946, con la que he abierto el artículo, un ejemplo de la aterrador ingenuidad con que se abordaba el armamento nuclear en sus inicios... y piensen que una de los what-if más turbadores de la historia es un mundo en el que Hitler no llega al poder, la segunda guerra mundial no estalla en los 40 e Hiroshima y Nagasaki no tienen lugar, pero el conflicto mundial empieza en los 50, con todas las potencias con armamento nuclear en sus arsenales y sin conocimiento de sus auténticos efectos.

Por resumir, les dire que a los militares estadounidenses no se les ocurrió otra cosa que lanzar dos bombas atómicas, una aerea y otra submarina sobre una flota compuesta por navíos suyos viejos, junto con los capturados a los japoneses y alemanes tras el fin de las hostilidades (entre ellos el famoso Prinz Eugen, que acompañara al Bismarck en su única e infausta salida). El hecho de que los barcos estén ahí y que muchos de ellos tienen cerca de varios cientos de metros de eslora, provoca que las fotos y las películas de ambas explosiones produzcan una impresión que pocas otras causan, ya que nos damos cuenta de la pequeñez y fragilidad de las construcciones humanas frente al poder atómico.

Pero de las dos, la que se lleva la palma es la segunda, Baker, la submarina, que creo la impresionante nube que se ve en la foto, producto de una baja de presión tras el paso de la onda de choque, pero que además creo un cilindro de agua, que se ve sobresalir de ella, para producir un inmenso tsunami que según los testigos puso de pie a uno de los acorazados y paso por encima del resto de los barcos, contaminándolos radiactivamente de forma irreversible.

Y todo ello con una bomba de unas cuantas decenas de kilotones, así que piensen en los efectos de una bomba H, del orden de megatones (con monstruos como  el Castle Bravo de 1953, con 15 Megatones o la bomba Tsar rusa de 50 Megatones) dónde sólo el cráter llega a alcanzar dimensiones de kilómetros, llegando la destrucción provocada por ellas a decenas de kilómetros.

Bomba Grable, disparada desde un cañón, 1953

Y sin embargo, como en el caso de Ivy Mike, la segunda de las captura, no es posible, por mucho horror que nos produzcan, substraerse a la belleza sobrehumana de ese estallido y sobre todo la del hongo que le sucede, el segundo icono del siglo XX, después de Auschwitz y los campos de exterminio.

Incluso cuando sabemos, como en el caso de Grable, que se trata de una bomba diseñada para ser disparada desde un cañón y por tanto para ser utilizada en un escenario de guerra convencional, dentro de esa estrategia de escalation que nos llevaría a la apocalipsis, y que su altura de estallido había sido calculada para causar una onda de choque especial que multiplicaba sus efectos destructivos, y que por tanto, arrasaría por completo cualquier formación o campamento militar sobre la que estallaba.

O de como nuestra naturaleza humana nos permite pensar racional y fríamente las mayores barbaridades, sólo, porque es en teoría, un elemento de disuasión, algo que nunca se utilizará, hasta que...

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