jueves, 20 de enero de 2011

Forks (y VI)










Ya había comentado en la entrada que dediqué a À nous la liberté de René Clair, como durante muchos años la idea que se nos había transmitido la idea de que Renoir hacía buen cine (el cine que debía hacerse) y que Clair hacía mal cine (el que no debía hacerse) o en otras palabras que la figura de Renoir se acrecentaba con los años, mientras que la de Clair se empequeñecía. Antes de que se me asusten, los que me lean ya sabrán que uno de los directores que me hicieron descubrir el gran cine fue precisamente Renoir (los otros, si les interesa, fueron Welles y Mizoguchi) así que creo poder decir lo que he dicho, al igual que como Wagneriano, creo tener derecho a reírme de sus defectos cuando sea menester.... pero antes de continuar digresando, el caso es que hacia 1930 la apreciación sobre Clair era precisamente la contraria. Renoir era un recién llegado, mientras que Clair era considerado como un gran cineasta experimental, cuya influencia de dejaba sentir en otros muchos, dentro y fuera de Francia.

Esta calificación de Clair como director experimental lleva a otro error de juicio que también he señalado en otras calificaciones. Se trata, en general, de la manía que tenemos los españoles a igualar surrealismo con Dali, en general, y a considerar como películas surrealistas las que rodará el tandem Dalí/Buñuel, a principios de los 30, y luego ya en solitario, el director aragonés. Sin embargo, basta rascar un poco, para encontrar otros muchos filmes surrealistas, anteriores y posteriores a L'age d'or, dentro y fuera de Francia, e incluso fuera de las coordenadas temporales del movimiento, como podrían ser los cortos de Jan Svankmajer. En otras palabras, que la película surrealista, en vez de ser una excepción en la historia del cine es una de sus constantes, sólo que su propia calidad de clandestina la hace poco visible al gran público, excepto, precisamente, esas excepciones.

Uno de estos cortos surrealistas tempranos y el que cimento la fama de Clair como cineasta experimental, fue precisamente Entr'acte, de 1924, realizado para ser proyectado en el intermedio de una representación teatral y que destaca, curiosamente, por su sentido del humor, por su calidad de broma, de juego, características que pueden parecer amables, completamente a la subversión que esperaríamos de una obra surrealista, pero que puede revelarse como una de las armas más poderosas y eficaces, al poner de manifiesto lo ridículo de todos aquellos que se colocan, ellos o sus creencias, por encima del resto de los mortales... como muestra en estos tiempos modernos, tanta pose ultrajada, tanto rasgarse las vestiduras de los integristas religiosos de cualquier confesión, cuando se les toca al centro y objeto de sus creencias.

De esa manera, Entr'acte, debido a ese humor que nos lo hace tan cercano, como muestran las capturas mostradas, donde uno de los personajes hace desaparecer al resto con una varita, se revela especialmente liberador, tanto por romper las reglas sintácticas que suponemos rigen el cine (y pensemos que en los años 20, esas reglas aún estaban por hacer y no parecía seguro que el cine fuera en una u otra dirección), como podría ser la unidad de la historia, el tener una trama definida o simplemente que las diferentes secuencias sigan una secuencia definida, a lo que se une la utilización, con más que visible gusto, de cualquier técnica cinematográfica a la disposición del director, ya sea montaje, cámara rápida o lenta, superposición de imágenes, etc, etc.

Un ansia por jugar con el invento acabado de estrenar, aún con el aura de curiosidad infantil y atracción de feria, pero lleno de posibilidades técnicas aún por explorar y donde ningún camino parecía aún menos digno o menos necesario que los otros, sino todos igual de válidos y excitantes. Un espíritu, el de jugar libremente, y exprimir las posiblidades de la técnica, saliese lo que saliese, funcionase o no, que parece ausente en estos tiempos de revolución tecnológica acelerada en los visual, más allá del puro reto técnico, y que es precisamente el que hace especialmente atractivos estos productos del mudo, 90 años tras su rodaje con técnicas completamente desfasadas hoy en día.

O por dejar la palabra al propio Clair, el fin no es otra cosa que el principio....