lunes, 21 de agosto de 2006

La melancolía de las miradas(y 2): Pontormo


En el caso de las ciudades míticas, suele ocurrir que los visitantes se concentran en uno o dos lugares, sin salir de ellos, no se sabe bien si por miedo o por ignorancia. Así por ejemplo, en Florencia ocurre que el eje Piazza de la Signoría-Ponte Vechio-Palazzo Pitti, suele estar atestado de gente, que recorren ese espacio una y otra vez, arriba y abajo, hasta el extremo de que se forman incluso pequeños tapones en la multitud, que hay que esperar a que se disuelvan por sí solos... mientras que basta torcer por cualquier calleja para encontrarse completamente sólo, rodeado por el silencio,

Una curiosa paradoja, por tanto, la de una ciudad atestada de turistas, hasta el extremo de hacerse odiosa, pero que al mismo tiempo ofrece multitud de calles y rincones para relajarse y descansar, y al mismo tiempo multitud de lugares recónditos, en los cuales se guardan obras de arte que por su calidad pueden competir con las vistas en los lugares más conocidos.

Uno de estos rincones desconocidos es la iglesia de Santa Felicitá. No hay que buscar mucho para encontrarla, basta salir del Ponte Vechio en dirección al Palazzo Pitti y, al poco, pasadas las casas voladas por los Nazis en 1994 para bloquear el paso del puente, se descubirá que el Pasaje Vasariano cruza la fachada de una iglesia.

No es una iglesia que llame la atención, así que la mayoría de los visitantes pasa de largo frente a ella, sin dirigirle una mirada. Tampoco está abierta mucho tiempo, apenas un par de horas por la mañana y otro par de horas por la tarde, por lo que una buena parte de los que quieren visitarla se la pierden, por encontrársela cerrada y no poder volver a ella en otra ocasión. Cuando se entra en ella, se puede sentir uno un tanto defraudado, puesto que no fue construida por ninguno de los nombres famosos del cuattrocento, ni creó nuevos caminos en la historia de la arquitectura, ni su decoración, blancas paredes encaladas, completamente lisas, es de las que hagan abrir la boca.

Lo importante de la iglesia está en una obscura capilla a la derecha de la entrada. Merce la pena haber guardado algo de suelto para poder iluminar el cuadro que allí se encuentra y verlo a placer, simplemente porque se trata de una de las obras maestras del quinquecento italiano, una de esas obras poco conocidas por habérseles colgado el san benito de manieristas, y que en muchos libros de arte, aún ahora, ni se nombran ni se explican.

Se trata de la Deposición de Pontormo.

Hay algo de inmensa melancolía en toda la obra de Pontormo, una melancolía que se reconoce dolorosa, pero que al mismo tiempo resulta atractiva, por que ese dolor y ese consciencia del dolor se refleja en delicadeza, en ternura, en sensibilidad. Una delicadeza y sensibilidad que no se hayan reñidos con cierta audacia artística, que a nosotros, cuatro siglos más tarde, se nos escapa, pero que en su tiempo hacía que los clientes arrugasen la nariz ante su obra y prefieriesen obras menos importantes pero más cómodas y seguras.

Un juicio, el de considerarlos como pintores con talento que lo malgastaron en experimentos y juegos, apártandose de la vía abierta por sus predecesores y perdiéndose en el camino, que ha pervivido hasta nuestros tiempos, un tiempo que, para mí, coincide en cierta medida con el suyo.

La época de los post-algo. La peor para vivir. Cuando el artista, como representante de su sociedad siente que lo importante ocurrió antes que él, que lo único que le queda por hacer, como artista y como persona, es continuar repitiéndo lo que ya se hizo o apartarse de ese camino, sabiendo que ambos vías serán criticadas con la misma dureza, con el mismo rigor, con la misma falta de indulgencia... por parte precisamente de aquellos incapaces de crear o siguiera de plantearselo.

Sería ocioso enumerar la lista de grandes transgresiones que comete Pontormo en este cuadro, un buen libro de arte las enumerará todas, el trapo sucio que ocupa el centro de la composición, la inexactitud topográfica, realizad voluntarimente, de todo el cuadro (piernas que no pueden estar ahí, personas que deben estar volando), la imposibilidad de señalar que personajes son reales y cuales irreales, la inverosimilitud de colores, vestidos y actitudes, etc, etc.

Señalar únicamente que son todos estos factores, la reunión y utilización de todos ellos, el apartarse voluntariamente de lo que sería clasico para dar un paso más pero sin perder el control, lo que hace de este cuadro la obra maestra que es. Porque, distorsionando cada uno de los elementos, creando la confusión a sabiendas, saboreándolos con fruicción, Pontormo consigue que el horror de ese momento, el de la madre a la que han separado de su hijo muerto y reacciona confusa, sin saber que hacer, se transmita al espectador y que ese dolor se convierta en nuestro dolor.

La melancolía, teñida de una sensibilidad extremada, de alguien siempre en camino, siempre en duda, incapaz de dar un paso atrás y aislarse, separase, poner a salvo, de aquello que pintaba, como debió ser este hombre.

Algo que hace lamentar que gran parte de su obra se haya perdido, como los frescos que cubrían el interior de San Lorenzo en Florencia, con los que pretendía demostrar que era mejor pintor que el mismo Miguel Ángel, y que fueron picados en el siglo XVIII... o que otra gran parte de ella se halle en un estado lamentable, apenas una visión desvaída, que es necesario reconstruir con la mente, de lo que fueron, como son los frescos del claustro de Prato.