lunes, 7 de agosto de 2006

La melancolía de las miradas... (y1)


Ahora mismo en el Museo Thyssen de Madrid, se puede visitar una de esas exposiciones que seguramente no harán historia, pero que cualquier aficionado a la pintura agradace profundamente, puesto que permiten un recorrido a eso que se podría llamar la pintura europea, la larga tradición que nació con el renacimiento florentino, a principios del XV, y moriría en Francia, a principios del XX, cuando sus objetivos y fundamentos fueran puestos en cuestión unos tras otro, hasta que, allá por 1950, no quedara ninguno en pie.
Dos siglos, el XV y el XX, que se podrían llamar de transición artística, de destrucción y construcción, de teorización y crítica, en la que los pintores de ambos siglos han asumido la función doble de teórico y de artista, que suelen estar separadas. Dos épocas en las que se ha producido el abandono de a una tradición anterior, la gótico/medieval en un caso y la renacentista/ilusionista en otro, con una cierta mezcla de amor/odio frente a lo antiguo, y se adquirido a un ámbito nuevo y desconocido, conquista que, extrañamente, tanto en el siglo XVI como en el XXI se expresa en cierto bloqueo, desorientación y desánimo.

Pero no esto exactamente lo que quería decir, aunque parte sí.

El caso es que entre los cuadros de esta exposición, hay un magnífico retrato de Bronzino, uno de esos pintores que recibió la etiqueta de manieristas, y que durante largo tiempo fuero consignados a los fracasos del arte, bien intencionados sí, pero fracasos al fin y al cabo. Un retrato (no el que adjunto, pero si muy parecido) donde llama la atención la melancolía en la mirada del retratado, tanto por su juventud como por pertenecer a los Medici, gobernantes absolutos de Florencia, y ese hiperrealismo en los detalles de la vestimenta, tan típico de Bronzino y tan distinto del hiperrealismo contemporáneo de los nórdicos flamencos.

Y al ver este cuadro me venían a la cabeza extrañas ideas relacionadas con como aprendemos el arte y como lo disfrutamos.

Durante largo, debido a la dictadura franquista, la recepción en españa del arte del siglo XX, fuera de los círculos más avanzados, fue casi nula. Mientras en otros países, ése arte ya era, en cierta medida, viejo, y su visión, en las gentes normales producía indiferencia, aquí, sin embargo, continuaba produciendo el mismo rechazo que en las décadas locas de primeros de siglo y seguía teniendo esa componente revolucionaria y de izquierdas (aunque muchos de los modernos no eran precisamente de izquierdas) que suele atribuirse, falsamente, con todo lo nuevo y rompedor.

De ahí que, incluso aunque a primeros de los 80, acabada la dictadura, la enseñanza del arte moderno se diese ya en las escuelas sin ninguna discriminación, los prejuicios heredados de padres a hijos se mantenían, y el rechazo hacia esa pintura no figurativa, o no completamente figurativa, se manifestaba en casi odio y repulsión entre los estudiantes, un odio y repulsión que alcanzaba incluso a los que se han convertido en los pintores pop de nuestro tiempo, los impresionistas.

De esa forma, muchos acabamos nuestra educación sin haber aprendido nada, y luego, por nuestra cuenta, tuvimos que desaprender, apearnos de nuestros prejuicios, cambiar nuestra mirada, enseñarnos a disfrutar. No voy a contar ahora como se produjo en mí ese cambio de óptica, sólo señalar que fue tan profundo, que empece a despreciar la pintura de antes de los impresionistas, como vieja y transnochada... hasta que realice en dos años seguidos, sendos viajes a Italia.

Viajes a Italia que en cierta manera fueron como aquellos del Grand Tour de los nobles del XVIII, o de los románticos del XIX, aquellos que se hacían a las raíces de la cultura occidental, a los lugares donde había germinado y crecido el renacimiento, para ver las obras de las que tanto se había escuchado, en los lugares para los que habían sido concebidas. Unos viajes que se convertían en un doble descubrimiento, personal y artístico, y que dividían la vida en una antes y despúes.

Así, por segunda vez, me caí de mi montura, y descubrí lo bobo y lo estúpido que había sido, elegiendo bando y negándome yo mismo parte del placer de esas pinturas.

Entre los pintores que descubrí, estaban aquellos manieristas toscanos, Andrea del Sarto, Pontormo, Rosso Fiorentino, Corregio, Parmigianino, Giulo Romano. Todos aquellos que habían sido comparados injustamente con la generación anterior, Rafael, Miguelángel, Leonardo, y habían sido acusados y condenados por abandonar el clasicismo de estos últimos, por gustar de lo extraño y lo paradójico, de lo asímetrico y complejo, de lo ininteligible.

Y aprendí porqué había sido así. Simplemente porque en el siglo XV, mientras se inventaba la pintura renacentista, cada discípulo, cada generación, debía y podía superar a sus mayores, hasta que la perfección se alcanzo, se cerró, con Rafael, Leonardo y Miguelángel. Cualquier pintor que llegará después de ellos, podía pintar tan bien como ellos, y de lo hecho lo hacía, pero no podía avanzar más por ese camino, que se había agotado definitivamente.

Al contrario que sus predecesores, que sabían cual era la ruta, que aunque no pudiesen alcanzar la meta, podían verla y confiar en que los que viniesen detrá la encontrarían, los manieristas no tenían ya objetivos, ni camino, ni dirección, cada cual debía elegir la suya, sin saber sí resultaría fructífera o sí terminaría en un callejón sin salida... sabiéndo además que iban a ser juzgados por los logros de sus antecesores y que ése juicio no sería leve, ni compasivo.

Un sentimiento, una sensación, que es la misma de estos inicios del siglo XXI.