lunes, 28 de agosto de 2006

Mit Hesse zu wandern (y2)

Wertlos, so schien ihm, wertlos und sinnlos hatte er sein Leben dahingeführt; nichts Lebendiges, nichts irgendwie Köstliches oder Behaltenwertes war ihm in Händen geblieben. Allein stand er und leer, wie ein Schiffbrücher am Ufer.

Siddartha, Hermann Hesse

Sin valor, así le parecía. Sin valor y sin sentido había transcurrido su vida. Nada vivo, nada que fuera de alguna manera valioso o digno de conservarse le había quedado entre las manos. Solo y vacío se había quedado, como un náufrago en la orilla.

A medida que envejezco, cada día me gusta menos Thomas Mann. En cierta manera comparto la idea que tenía Musil de él, el de alguien que pretendía ser inteligente, genial, pero que en el fondo no lo era.O dicho de otra manera, en toda su obra Mann se esfuerza en demostrar que siempre tiene razón, aunque se equivoca. No hay lugar en ella para las dudas y cuando éstas aparecen es fácil darse cuenta de que no son más que una simulación.

Lo opuesto a Hesse, por tanto.

En la anotación anterior que escribí sobre Hesse podía pensarse que la novela, la vida de Siddarta en ella descrita, la fábula moral que constituía había alcanzado alguna moraleja, alguna conclusión, alguna enseñanza. Algo que nos sirviese de guía y de referencia en la vida. Algo a lo que poder acudir cuando tuviésemos dudas, cuando vacilásemos.

Sin embargo, Hesse sabe perfectamente que todo hombre es un solitario. Así que el camino que elije Siddartha es un camino propio, no dictado por otros, sino elejido por el mismo, donde él, como todos nosotros, elije a sus maestros y filtra sus enseñanzas. Un camino, el de su vida, que es el de la libertad, el que él se contruye, el que él se dicta. ´

El auténtico camino, podría pensarse. El único digno de un hombre.

Había comentado también el estilo particularísimo de Hesse, como las preguntas que se plantea, no llevan a las respuestas esperadas, y como estás respuestas no pedidas, no constituyen destinos, sino nuevos puntos de partida. Nuevos caminos que no tienen nada que ver con los ya recorridos y donde las reglas antiguas no son válidas ni aplicables.

Unos cambios que no tienen porque ser internos, sino que, con demasiada frecuencia son internos. Ese despertar repentino una mañana para encontrar que ya no se es la persona que se recordaba, y que lo que uno es a partir de ese instante no coincide con lo que se deseaba.

Así ocurre con Siddartha. Un día, descubre que se ha equivocado de camino. Que aquello que ha elegido, lo que era su elección libre, su deso y su esperanza, ha dejado de interesarle, le hastía y aburre, y que cada momento que persista allí no será más que un nuevo paso hacia su muerte... a convertirse en uno más de tantos muertos en vida que esperan que la muerte les alcance y mientras se emborrachan de rutina, para no sentir el paso del tiempo.

Ujna rutina que puede consistir, aunque sea parádojico, en vivir a tope, como se dice.

¿Qué le queda entonces por hacer a Siddartha? Desaprender. No aprender, sino olvidar todo lo que ha aprendido.

Descubrir que no hay cosas mejores o peores en este mundo. Hermosas o feas. Preferibles o evitables. Que todos los deseos de los hombres son igual de nobles. Que nadie, mucho menos los más santos, los más sabios, los más habiles, puede considerarse mejor que otro.

Reconocer que la experiencia de un individuo no es heredable por otro, ni transtimitible. Que para cada persona el camino es completamente nuevo, como si lo acabaran de construir justo para él y que sólo llegará a su destino, extraviándose y equivócandose... encontrando él mismo la salida de su laberinto.

Despertar y darse cuenta que no es a las ideas a las que hay que jurar lealtad, ni luchar por su defensa, sino que eso debe reservarse para a las personas particulares, las únicas que pueden devolver el amor, el cuidado y el cariño.


Das sind Dinge, und Dinge kann man lieben. Worte aber kann man nicht lieben. Darum sind Lehren nichts für mich, sie haben keine Härte, keine Weiche, keine Farben, keine Kanten, keinen Geruch, Keinen Geschmach, Sie haben nichts als Worte.

Esas son cosas y a las cosas se les puede amar. A las palabras, sin embargo, no se les puede amar. Por eso, las enseñanzas no son nada para mí. No tienen dureza, blandura, colores, bordes, aroma, sabor. Sólo tienen palabras.