jueves, 17 de agosto de 2006

mit Hesse zu wandern (y 1)

Liebe war nicht mehr tierisch dunkler Trieb, wie ich sie beängstigt im Anfang gefunden habe, und sie war nicht mehr fromm vergeistete Anbeterschaft, wie ich sie dem Bilde von Beatrice dargebracht. Sie war beides, beides und noch viel mehr, sie war Engelsbild und Satan, Mann und Weib in einem, Mensch und Tier, Höchstes Gut und äusserstes Böses.

Demian. Hermann Hesse


El amor ya no era una practica obscura y animal, como yo, atemorizado, lo había encontrado al principio, y ya no era una adoración espiritual y piadosa, como lo había representado en la imagen de Beatriz. Era ambas cosas, ambas y aún más, era la imagen de los ángeles y Satan, hombre y mujer en uno, ser humano y animal, el más alto de los bienes y el más superficial de los males.


Resulta paradójico el eco que encontró la obra de Hesse entre los jóvenes de los años 60 y 70, justo cuando acababa de morir, en 1962, sin llegar a enterarse de las pasiones que despertaba en esas generaciones jóvenes.


Extraña fama póstuma, si lo comparamos con otro de los libros/icono de aquel tiempo, el famoso Juan Salvador Gaviota (1970) de Richard Bach, o como tomar la doctrina cristiana, pasarla por la batidora de la transcendencia oriental tan de moda entonces, y venderla como libro de los libros, verdad revelada alcanzada de forma láica.


Fama incompresible la de Hesse, si tenemos en cuenta que, por ejemplo un libro como Demian (1919), la supuesta autobiografía de un joven, es una obra escrita por un hombre de más de cuarenta años, y representa a una juventud que no existía en la fecha de su publicación, la famosa lost generation, que había muerto inutilmente en los campos de Flandes entre 1914 y 1918.


Un libro, por tanto, escrito por un viejo para unos jovenes que no lo eran, bien porque habían muerto, o porque la guerra les había robado la inocencia y convertido en adultos antes de tiempo. Nada más alejado, por tanto, del optimismo vital de los años 60, la certeza infantil de poder entregarse sin impedimentos o complejos al goce y al amor, o de la seguridad y el poder que daba el pertenecer a la generación del Baby Boom, que por su número sobrepasaba a las que le habían precedido, y por tanto habría de vencerlas y substuirlas irremediablemente, imponiendo sus nuevas ideas.


Una discordancia entre Hesse y sus lectores jóvenes, que queda aun más de manifiesto, si se repara en que, al contrario que la mayor parte de los libros de aquel entonces, las obras de Hesse no ofrecen respuestas, sólo preguntas. No hay en ellas ninguna certeza, sólo paradojas. Ninguna resolución, sólo aparentes nuevos puntos de partida. Nada que pudiese servir de apoyo, de justificación, de base, de excusa a una acción.


Simplemente, paradoja tras paradoja, como las cuentas en un collar. Movimiento continuo y sin pausas de una etapa a otra, sin agotar ninguna y sin que ninguna respondiese a las esperanzas depositadas en ellas al principio. Fase abandonadas por simple hastío, por un simple hay que continuar, marchar adelante.


Un no concluir nada tan típico de Hesse, un dejar sus libros y sus capítulos abiertos, un no responder a las preguntas planteadas en ellas y que parecían constituir la razón de que fueran escritos, que ponía muy nervioso a gente de ideologías muy diversas y contrarias, los cuales acababan y acaban por acusar a Hesse de no ser un escritor serio, entendiéndose por escritor serio aquél que deja bien claro cuales son sus ideas y cuales son los modos por los que se lleva a cabo.


Una sorpresa, y un rechazo, entre estos lectores ideólogicos, que no debería haber sido tal, puesto que el mismo Hesse había señalado lo que pensaba de doctrinas, sistemas de pensamientos o ideologías.


Es en Siddartha, cuando el protagonista, el reflejo distorsionado del otro Siddartha, se encuentra con el Buda, y le confiesa como es innegable que él es el elegido, el que ha encontrado el camino, pero que ese conocimiento es estéril, puesto que el Buda nunca podrá transmitir a sus discípulos como alcanzar la iluminación personal que ha encontrado.


Y es tras ese encuentro, tras haberse librado de esa búsqueda de una verdad que no se puede encontrar, que no se puede transmitir, cuando Siddartha descubre el mundo, sus colores, sus formas, su infinita variedad y riqueza, todo lo que se había perdido, lo que se había negado a sí mismo, en esos largos años de peregrinaje a un paraíso soñado que no existía sino en sus pensamientos, y que le mantenía ciego y prisionero.


...y entre ellas, también el amor...


Du bist gelehrig, Siddartha, so lerne auch dies: Liebe kann man erbetteln, erkaufen, geschenkt bekommen, auf der Gasse finden, aber rauben kann man sie nicht. Da hast du einen falschen Weg ausgedacht.

Aprendes bien, Siddartha, así que aprende esto también, El amor puedes recibirlo como limosna, como compra, como regalo, encontrarlo en la calle, pero no puedes robarlo. Te habías trazado un camino equivocado.