jueves, 10 de agosto de 2006

Las intermitencias de la memoria (y 2)

Die Musik ist mir sehr lieb, ich glaube, weil sie so wenig moralisch ist. Alles andere ist moralisch und ich suche etwas, das nicht so ist.


Hermann Hesse, Demian


La música me es muy querida, creo, porque es tan poco moralista... Todo lo demas es moralista y yo busco algo que no lo sea tanto.

De entre todas las artes la música es la única que es abstracta per se.

Abstracta en el sentido de que todas las interpretaciones son posibles, tanta como oyentes existen, hasta el extremo de que, si se sale uno de la explicación más objetiva, aquella que nos habla de armonías, tonalidades, claves, temas e instrumentaciones, lo que alguien nos pueda contar de una melodía, es con frecuencia incomprensible, hasta ridículo. Los sentimientos, los profundos y arrebatadores sentimientos que nos produce, son, con demasiada frecuencia, imposibles de transmitir.

Esta abstracción, o mejor dicho esta indefinición, se extiende también a la música cantada, aquella que muchos escuchan simplemente por las letras... sin darse cuenta que la música puede negar esa palabras o estas la música, o porque quizás no han vivido aquellos tiempos en que uno sólo conocía un idioma, y toda la música que le llegaba, antigua y moderna, estaba en otro. Obstáculo que convertía las palabras, aquellas que aparentemente constituían el núcleo y el motivo de la canción, en un objeto más, indistinguible de las notas sobre las que montaba, algo que había que juzgar simplemente por su sonido, su entonación, su ritmo, y no por su significado.

Disfrutar primero. Entender después. ¿Es eso lo que aprendí?

En el comentario anterior hablaba de mi profesór de música de primero de BUP, ese cura apodado Maria Virtudes, al que le habían encargado enseñar apreciación musical a un grupo de adolescentes borrachos de hormonas. Una tarea a la que se dedicaba sin prestar atención a las burlas y la indiferencia que no nos preocupábamos en ocultar. Como ya dije, el mismo nos cantó piezas de Gregoriano, interpretaba al piano sonatas de Mozart, Beethoven, tantos y tantos compositores, recorría la discoteca del colegío de una época a otra, dedicando a todas ellas el mismo cariño y atención, como si no hubiera una única música, la buena, sino muchas que juntas formaran un caleidoscopio interminable, del cual no podía eliminarse una sola pieza, a riesgo de destruir el efecto.

Así, nos interpreto al piano las reconstrucciones de la música de la Grecia Clásica, que ciertos estudiosos, tras años de trabajo, habían descifrado de inscripciones aparentemente sin sentido... para descubrir que esa belleza ausente de las estatuas, embebida en si misma, ignorante del mundo, eterna e inalcanzable, se había transformado en música, tan perfecta, fría e inalcanzables como el bronce y el mármol. O nos hacía escuchar ese manifiesto de la música clásica electrónica que es Las variaciones para puerta y fuelle, de Pierre Henry, realizada grabando los chirridos de cientos de puerta, los resoplidos de otros tantos fuelles y reconstruyéndolo en el laboratorio de sonido... algo que era capaz de tumbar a aquellos condíscipulos aficionados al Heavy Metal más potente.

Entre tantas obras, un día de finales de invierno nos obsequío con la sonata Les Adieux, de Beethoven.

Es extraño ser joven. No se da uno cuenta de las energías que posee en esa época... hasta que se acerca la vejez y halla que las ha perdido para siempre. En aquel tiempo, yo era capaz de merendarme una ópera de Wagner, cuatro horitas, en un sentada, sin sentir ningún cansancio, muy al contrario, sintiéndome tras ellas completamente renovado, lleno de ideas y proyectos, preparado para cualquier cosa que me trajese la vida, sin miedo a ella.

De la misma manera, si algo te llegaba, eras capaz de sumergirte en ellas, de perderte y dejarte llevar, olvidado del tiempo, hasta que el final te despertaba. Y en ese intervalo, encontrabas que no te habías distraído un sólo instante, que habías escuchado cada nota, mejor, dicho que cada nota, había repercutido en tu mente y se quedaba contigo... y si no te llegaba, podías violentar tu atención, forzarte a escuchar, hacer trabajar el cerebro al máximo, hasta que de repente, encontrabas la clave, decías, es así, claro, y ése placer era mayor que si lo hubieras comprendido desde el principio.

En este caso aquella sonata, en aquella fría y lluviosa mañana de invierno, me llegó desde un principio, sin problemas, sin dificultades, como algo que estuviese esperando desde siempre.

Extraño, hablar de encuentros y llegadas en una sonata que, precisamente, intenta describir adioses y despedidas.

Y me gustaría poder expresar lo que sentí aquel día, pero es imposible. Mejor dicho, no tiene ningún sentido. Simplemente que aquella música me parecía contener todas las despedidas, todos los adioses del mundo, que ella misma no era otra cosa que una despedida eternamente aplazada, intentando retorcer el tiempo para que durase un poco más, hasta que se hacía inevitable y el final llegaba abruptamente.

Muchos años más tarde, al fin pude comprarme ese disco. Con la mayor de las alegrías lo puse en el reproductor... y se me hundió el mundo.

No recordaba ni una sola nota.

Mucho peor, los sentimientos que esa obra producía en mí, no tenían nada que ver con lo que había experimentado en aquel tiempo. Era incapaz de reconocer mis recuerdos en aquello que escuchaba.

¿Qué era lo que había olvidado? ¿Que era lo que me había inventado? ¿Qué era lo que había cambiado?

¿El nombre de la pieza? ¿La música? ¿Mis recuerdos de la audición?

¿De qué otros recuerdos podía estar seguro?