Cuando un dictador fallece de muerte natural y longevo demuestra algo tan evidente como que sus enemigos no han contado con la fuerza suficiente para derribarle. Es decir, está en condiciones de instrumentalizar el hecho de que ellos no han conseguido el apoyo necesario, mientras que él asienta sobre una sólida base. Por más que la historia esté llena de pruebas de lo contrario, la persistencia de un dictador en su cargo les sirve para demostrar que el número de sus defensores es arrolladoramente superior al de sus adversarios. Basta que sea una dictadura para que todo fiel súbdito sea por principio, además de un leal servidor, un partidario.
La ancianidad de un dictador parece atenuar el carácter de la propia dictadura. Por un atavismo cultural, un dictador anciano es siempre una figura a la cual debe respeto incluso sus enemigos. Escuchar, por ejemplo, la opinión de hombres que sirvieron a Franco, como el embajador José María de Arielza o el ministro Joaquín Ruíz Jiménez, es sintomático. Cuando estos políticos, antes y ahora, han tenido que exponer sus consideraciones en público sobre el Generalísmo, no han evitado ejercicios de ponderación y grandes muestras de respeto. Cuando lo hacen en privado no se privan de acusarle con una severidad rayana en la caricatura.
Gregorio Morán, El precio de la Transición.
A pesar de los muchos defectos de su obra, tengo gran admiración por la obra de este periodista/cronista/historiador. Tiene, es cierto, una grave tendencia a dispersarse y perder el norte en su narración, analizando de manera demasiado profunda en algunos puntos mientras pasa de puntillas por otros, sin que esto sea provocado por el afán de silenciar u ocultar, sino por ese defecto, tan común a muchos escritores, que es el encontrarse sin espacio cuando apenas se ha comenzado a narrar. Por otra parte, debido a su profesión de periodista, es inevitable cierto gusto por la dramatización, la vehemencia y la polémica, que colocan sus escritos en una clara actitud combativa y confrontacional, muy propia de la lucha política izquierdista del tardofranquismo y la transición.
Dadas estas inclinaciones sería muy fácil apartar y desdeñar sus escritos como literatura panfletaria, cuya importancia se limitaría al momento y a la llamada a la acción requerida en ese instante. Sin embargo, al menos para mí, estas carencias se ven equilibradas por una virtud esencial, necesaria en estos tiempos. Frente a los habituales coros aúlicos, los no menos corrientes cortejos de aduladores, Morán fue el primer escritor que se atrevió a poner en tela de juicio nuestra historia reciente, o al menos su interpretación común aceptada, esa versión de unos pocos hombres buenos, desinteresados y altruistas, que desde dentro y fuera del franquismo colaboraron por traernos esta democracia de la que disfrutamos. Historia que, como ya les he comentado en otras ocasiones, tiene mucho de propaganda, incluso cierto tufo a hagiografía.
Así, en El maestro en el erial, señalaba las muchas sombras de un Ortega y Gasset vuelto a la España Franquista en 1945, sin darse cuenta - o querer darse cuenta - de que ese sistema representaba todo lo contrario a las ideas que él sostenía. De forma similar, en Adolfo Suárez, Ambición y Destino, presentaba a un presidente del gobierno que no pasó de ser un mero intrigante, capaz de navegar con soltura entre los escollos del régimen franquista, incluso hasta propiciar su desmontaje, pero nulo a la hora de hacer política y poner en práctica el sistema nuevo establecido con la constitución del 78. En El cura y los mandarines, por último, sacaba a la luz el pasado obscuro e incómodo de grandes figuras e instituciones de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, además de poner de manifiesto los muchos olvidos injustos que se habían consentido, por una razón u otra, en ese mismo ámbito.
Pueden imaginarse entonces la ilusión y anticipación con que abordé un libro que tenía como título El precio de la transición, tan prometedor y tan relevante hoy en día, más incluso que cuando se escribió a principios de los 90. Por desgracia, ha sido una gran decepción. Lo peor que he leído de Morán,
































