
...Dinosaurs....
...but look what happened to dinosaurs...
Chris Marker, hablando del cine soviético de los años 20, en su documental La tumba de Alejandro.
En círculos.
Algunos escritores, cuando redactan su obra, tiene perfectamente claro que quieren ir de A a B. Da igual el número de páginas que les lleve, 10, 100 o 1000, de igual el número de tramas secundarias que acumulen, el número de disgresiones en que se pierda. Todo, hasta los elementos más ínfimos, está orientado y preparado a llevar al lector de A a B, quiera o no.
Escritores, en definitiva, que a pesar de toda su riqueza lingüistica e idológica, no dejan de ser propagandistas de una tesis. Personas convencidas ya de antemano, que sólo buscan convencer a los demás, y a los que los argumentos contrarios, por muy demoledores que sean, sólo servíran para confirmarles en su creencias.
Para mantenerles en su ceguera, en definitiva.
Robert Musil, en Der Mann ohne Eigenschaften, no es de estos escritores. Cuando se lee su novela, cuando se llevan ya cientos y cientos de páginas de su prosa en el cerebro, empieza a darse uno cuenta de que no existe el B, de que la novela puede haber partido de un A, de un lugar y unas circunstancias determinadas y precisas, pero que se está dirigiendo a ninguna parte, que no sigue, como otras, un camino prefijado que se abandona, de vez en cuando, para hacer alguna que otra excursión, tras la cual volver al camino abandonado, sino que vaga en círculos alrededor del punto de partida, acercándose y alejandose de él, pero sin perderlo de vista, como polilla que revolotea alrededor del foco que la ha atraído.
Este vagar y revagar, este moverse en círculos alrededor del mismo punto, revisándolos, revisitándolos una y otra, lo que en otro sería una confesión de impotencia y de falta de ideas, en Musil, muy al contrario, es una muestra de su genialidad, aunque él odiaría ver esa palabra aplicada a su obra.
Porque lo Musil consigue es un algo casi imposible, el crear la ilusión de que el lector y el autor están descubriendo al mismo tiempo el mundo que se describe en la novela.
Todo aficionado a los libros conoce ese placer que sólo ellos pueden dar, el adentrarse en el pensamiento de otra persona, descubrir un punto de vista extraño al nuestro, sorprenderse al toparse con opiniones que no habíamos sospechado, pero pocas veces se encuentra con un autor que es capaz de hacernos creer que él también se está sorprendiendo, dudando, vacilando, en ese mismo momento. Alguién que, como el lector, se enfrenta a un mundo que no conoce, y tiene que adelantar hipótesis provisionales, pergeñar teorías que le permitan dar un sentido a lo que están viendo en ese instante, explicaciones que pueden ser correctas o falsas, a la espera de nuevos hechos que vengan a confirmarlas o a refutarlas.
Pocas novelas hay, por tanto, donde como en ésta se sienta que lector y autor habitan el mismo plano, que comparten, como observadores de la realidad, las mismas dudas y debilidades. Pocas historias hay donde narrador y espectador caminen en círculos alrededor de un mundo en perpetuo cambio y transformación, que convierte, por ese mismo cambio y transformación perpetuas, en hueros y vacíos todos los esfuerzos por sistematizarlo y regularlo.
Pocos autores hay que tengan la sinceridad, el coraje y la técnica como para conseguir transmitir este efecto, esta sensación que experimentamos todos los días pero que no queremos, no nos atrevemos a confesarnos.
La certeza de que el control, el dominio que creemos tener sobre nuestras vidas no es más que una ilusión que toleramos porque nos permite continuar viviendo.
La certeza de que no somos más que polillas volando en círculos alrededor de una lámpara. Polillas que creen volar en línea recta guiadas por la luz del sol.
So say - if Queen it be -
Or Page - please Thee
I'm that - or nought -
Or other thing - if other thing there be -
with just this Stipulus -
I suit Thee -
Uno suele creer que lo ha visto todo, lo ha leído todo, que nada ya puede sorprenderle.
Así nos lo hacer creer esta sociedad.
Somos bombardeados con imágenes, con palabras, con sentimientos. Todo es antiguo a los cinco minutos. Sólo es válido lo que vemos en el instante que se nos escapa. Debemos, si querer vivir en este mundo, correr a la búsqueda de novedades, apurarlas antes de que caduquen, arrojarlas al instante.
Sin que a nadie se le ocurra pensar en amarlas o encariñarse con ellas. ¿Para qué? Nadie en su sano juicio se encariña con la basura, sino que la tira en cuanto tiene ocasión.
Así transcurre nuestra vida, sin que nada quede en ella, ni siquiera recuerdos, puesto que no podemos memorizar todo.
Todo encuentro es superficial, todo conocimiento es imperfecto, todo amor es de una sola noche. No puede ser de otra manera. No hay tiempo para profundizar, no hay tiempo para entrenerse, no hay tiempo para divertirse, porque lo siguiente viene ya empujando, exigiendo su lugar al sol.
De vez en cuando, se encuentra a alguien que nos parece importante.
Quisiera utilizar la palabra definitivo pero es demasiado grande, demasiado pesada, para lo que quiero decir.
A veces se encuentra a alguien con el que se desearía estar. Alguien cuyas opiniones, cuyas percepciones, cuyos extremos, fortalezas y debilidades coinciden con las nuestras. Alguien que nos habla con nuestras mismas palabras o, mejor dicho, aquellas palabras, aquella voz con la siempre quisimos hablar, pero que nunca llegó a ser la nuestra, por que nos faltó el valor, el talento o la oportunidad.
Sin poder evitarlo saboreamos esas palabras, esos pensamientos, una y otra vez. Para nuestra sorpresa, para nuestro estremecimiento, el uso no las desgasta, al contrario, poco a poco, las impurezas del significado se desprenden y desaparecen, para dejar la idea, el símbolo, la revalación, al descubierto, cual fruto maduro delicioso, que nos espera.
Y no nos importa lo que los demás piensen, ni su burla, ni su desprecio, ni su desencanto, ni su frialdad. Sabemos que estamos en el buen camino, aquel contruido sólo para nosotros, aquel que nos lleva al hogar.
En esas ocasiones, poco importa que el depositario de esas ideas sea un muerto hace casi siglo y medio, o una persona que viva, sienta y ame al otro lado del mundo. La conexión ha sido establecida, nada puede romperla, y sólo se desea volver una y otra vez al lugar querido, abándonando el resto de placeres, que se han revelado como lo que són, espejismos y fantasmas, completamente inútiles para nuestro existir.
Por eso me pregunto, ahora que he encontrado a Dickinson, si no será mejor olvidarse de la actualidad y el mundo, limitarse a unos cuantos libros, unos cuantos discos, unos cuantas películas y vivir sólo con ellos, hasta que se los sepa uno de memoria, hasta que formen parte de uno mismo, como un hábito que no se percibe ya, al igual que no percibimos nuestro propio cuerpo.
Pero quizás es que uno es demasiado viejo y quedóse anclado en el pasado, mientras que el mundo ha seguido su camino.


En la antiguedad era común plantear esta paradoja. ¿Quién era más importante? ¿Alejandro, que había conquistado el mundo entero? ¿O su cronista que se había limitado a seguirle y describir lo que ocurría, sin que su participación pudiera decidir el resultado de las campañas?
Alejandro, evidentemente, respondía el alumno. El había concebido la idea, planificado las campañas, convencido a sus subordinados de que podía hacerse, insuflado coraje en sus soldados, mantenido la sangre fría en los momentos difíciles, descubierto los puntos débiles de sus enemigos.
Cierto, respondía el sofista, pero si el cronista no nos hubiera contado todo eso, Alejandro que salió de Macedonia y subyugo el mundo entero, no sería distinguible del inválido que se quedó en Pella, la capital del reíno, sentado sobre su montón de estiercol.
Ambos serían unos completos desconocidos, olvidados por todos.
Es más, continuaría el maestro ¿Cuánto hay de invención, cuánto de error, en el relato? Nadie recuerda en la India que Alejandro llegara hasta allí. ¿Quién nos asegura que no se quedo haraganeando en Samarcanda o en Persépolis? Lo mismo todo fue un cuento, para demostrar ante el mundo que no había estado perdiendo el tiempo, que si lo hacía con las manos vacías, no era porque no lo hubiera intentado, sino porque las dificultades habían sido insuperables.
¿Y Cuál es el Alejandro verdadero? ¿El de Plutarco? ¿El de Quinto Rufio? ¿El de Arriano? ¿El fantástico y maravilloso del Pseudo Calístenes, en el cual creyó la Edad Media entera, cristianos y musulmanes por igual, y fue represetantado y comentado una y otra vez?
Lo mismo ocurre con el arte.
¿Quién es más importante? ¿El artista que crea el objeto artísticos? ¿El espectador que decide que objetos son arte y cuales no?
Y si en el caso de Alejandro y sus cronistas podía existir alguna duda, en el caso del artista y su publico no existe ninguna duda.
Si el espectador quisiera, crearía un arte sin ningún artistas.
De hecho lo hace todos los días sin darse cuenta.
Al mirar a las nubes, al contemplar los árboles, al descubrir un cuerpo joven y hermoso.
Con sólo decir. Esto es bello.

