sábado, 18 de febrero de 2006

Le bohneur (y 1)

...yes, I know the word that would come to many to describe men like you (Medvedkine), Tolchan, Vertov....
















...Dinosaurs....


...but look what happened to dinosaurs...







...kids love them...


Chris Marker, hablando del cine soviético de los años 20, en su documental La tumba de Alejandro.

viernes, 17 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 2)

Während er sich in der kleinen und närrischen Tätigkeit, die er übernommen hatte, hin und her bewegen liess, sprach, gerne zuviel sprach, mit der verzweifelte Beharrlichkeit eines Fischers lebte, die seine Netzte in einen leeren Fluss senkt, indes er nichts tat, was der Person entsprach, die er immerhin bedeutete, und es mit Absicht nicht tat, er wartete. Er wartete hinter seiner Person, sofern dieses Wort den von der Welt un Lebenslauf geformten Teil eines Menschen bezeichnet, und seine rühig, dahinter abgedämmte Verzweiflung stieg mit jedem Tag höher. Er befand sich in dem schlimsten Notstand seines Lebens un verachtete sich für sein Unterlässungen. Sind grösse Prüfungen das Vorrecht grosser Naturen? Er würde gerne daran geglaubt haben, aber es ist nicht richtig, denn auch simplesten nerviosen Naturen haben ihre Krisen

Mientras se dejaba llevar, aquí y allí por la pequeña y enloquecida actividad que había tomado a su cargo, hablaba, hablaba demasiado, vivía con la desesperada testarudez de un pescador que arroja sus redes en un río vacío, mientras no hacía nada de lo que corresponde a esa persona, se mostraba así, y no lo hacía con intención, esperaba. Esperaba tras de sí mismo, en la medida en que esa palabra singulariza la forma, creada por el mundo y la vida, de un hombre, y su desesperación, tranquila y como de ocaso, aumentaba con cada día. Se encontraba en la peor situación de su vida y se despreciaba por su inactividad. ¿No son las grandes pruebas la señal de las grandes naturalezas? Con gusto lo hubiera creído así, pero no era correcto, puesto que también las personalidades nerviosas más simples tienen sus crisis.

Ascender por una escalera que nunca termina.

Así imaginamos la vida, bebe, niño, escolar, adolescente, estudiante, joven, universitario, hombre, trabajador... siempre hacia adelante, siempre hacia arriba, mejorando, desarrollándose, quemando y consumiendo etapas, cada vez más rápido, para llegar cuanto antes a la siguiente fase, para conseguir lo propio de cada edad, en esa misma edad y no otra, para que nadie pueda de decir de uno que no estuvo allí, que no hizo lo que debía hacer, que no disfrutó de lo que debía disfrutar, que no obtuvo lo que debía obtener.

Detenerse no está permitido. Sentarse sobre los escalones supone admitir la derrota, supone ser derrotado, sin necesidad de que se entable un combate, sin precisar lucha o violencia. Pronto, aquellos que son tus semejantes, aquellos que pertenecen a tu misma generación, aquellos con los que compartes recuerdos, experiencias, afinidades, vida, biografía, historia, te habrán dejado atrás, te habrán perdido de vista, te habrán olvidado.

Los que vienen detrás no te reconocerán, no les reconoceras tampoco tú a ellos. Nada hay en común entre ellos y tú, nada os une, nada os emparenta. No eres más que un estorbo en el camino, algo que habría que echar a un lado cuanto antes, para no impedir la subida, la carrera, más la estampida de los demás, de todos los que huyen de los que les siguen, para evitar ser arrollados y aplastados por ellos.

No queda otro remedio que ponerse en camino, seguir ascendiendo. Cueste lo que cueste, aunque las piernas se doblen por el esfuerzo, aunque el cansancio nuble la mente y espante los pensamientos, aunque el dolor ya no abandone el cuerpo e impida sentir otra cosa que no sea ese mismo dolor, aunque esté justo a tu lado, en estrecho contacto con tu piel.

Es mejor así. Continuar sin darse cuenta de nada. Porque el que mire hacia abajo verá que todos los escalones son iguales, que nada permite distinguir uno de otro. Que llegue a donde llegue el resultado va a ser el mismo. Que no hay ningún sentido en seguir ascendiendo, marchando, viviendo

Y cuando esa idea entra en la cabeza, ya no hay nada que pueda expulsarla.

Ni siquiera la consciencia, la certeza de que pensar así y actuar en consecuencia lleva a la muerte.

O a algo aún mucho peor, que esa filosofía equivale a ser un muerto en vida, alguien que ha perdido todo lo que le identificaba y representaba, todo lo que le hacía reconocible, importante y necesario ante los demás.

Todo lo que hacía de él un individuo, todo lo que le permitía vivir.


miércoles, 15 de febrero de 2006

Ohne Eigenschaften (y 1)

"Ist Ihnen noch nicht eingefallen" sagte er (Ulrich) "dass heutzutage merkwürdig viel Menschen auf der Strasse mit sich selbst reden?
Tuzzi zucket gleichgültig die Achseln.
"Etwas stimmt mit ihnen nicht. Sie können offenbar ihre Erlebnise nich ganz erleben oder in sich einleben und müssen Reste davon abgeben. Und so, denke ich, entsteht auch ein übertriebenes Bedürfnis, zu schreiben"

"¿No se le ha ocurrido aún" - dijo (Ulrich) - "que es notable cuantas personas actualmente van por la calle hablando consigo mismas?"
Tuzzi se encogió de hombros, indiferente.
"Algo no está bien en ellos. Esta claro que no pueden experimentar completamente sus vivencias o disfrutarlas en su interior y se ven obligados también a renunciar al resto. Y de eso mismo, creo yo, proviene una exagerada necesidad de escribir. "

En círculos.

Algunos escritores, cuando redactan su obra, tiene perfectamente claro que quieren ir de A a B. Da igual el número de páginas que les lleve, 10, 100 o 1000, de igual el número de tramas secundarias que acumulen, el número de disgresiones en que se pierda. Todo, hasta los elementos más ínfimos, está orientado y preparado a llevar al lector de A a B, quiera o no.

Escritores, en definitiva, que a pesar de toda su riqueza lingüistica e idológica, no dejan de ser propagandistas de una tesis. Personas convencidas ya de antemano, que sólo buscan convencer a los demás, y a los que los argumentos contrarios, por muy demoledores que sean, sólo servíran para confirmarles en su creencias.

Para mantenerles en su ceguera, en definitiva.

Robert Musil, en Der Mann ohne Eigenschaften, no es de estos escritores. Cuando se lee su novela, cuando se llevan ya cientos y cientos de páginas de su prosa en el cerebro, empieza a darse uno cuenta de que no existe el B, de que la novela puede haber partido de un A, de un lugar y unas circunstancias determinadas y precisas, pero que se está dirigiendo a ninguna parte, que no sigue, como otras, un camino prefijado que se abandona, de vez en cuando, para hacer alguna que otra excursión, tras la cual volver al camino abandonado, sino que vaga en círculos alrededor del punto de partida, acercándose y alejandose de él, pero sin perderlo de vista, como polilla que revolotea alrededor del foco que la ha atraído.

Este vagar y revagar, este moverse en círculos alrededor del mismo punto, revisándolos, revisitándolos una y otra, lo que en otro sería una confesión de impotencia y de falta de ideas, en Musil, muy al contrario, es una muestra de su genialidad, aunque él odiaría ver esa palabra aplicada a su obra.

Porque lo Musil consigue es un algo casi imposible, el crear la ilusión de que el lector y el autor están descubriendo al mismo tiempo el mundo que se describe en la novela.

Todo aficionado a los libros conoce ese placer que sólo ellos pueden dar, el adentrarse en el pensamiento de otra persona, descubrir un punto de vista extraño al nuestro, sorprenderse al toparse con opiniones que no habíamos sospechado, pero pocas veces se encuentra con un autor que es capaz de hacernos creer que él también se está sorprendiendo, dudando, vacilando, en ese mismo momento. Alguién que, como el lector, se enfrenta a un mundo que no conoce, y tiene que adelantar hipótesis provisionales, pergeñar teorías que le permitan dar un sentido a lo que están viendo en ese instante, explicaciones que pueden ser correctas o falsas, a la espera de nuevos hechos que vengan a confirmarlas o a refutarlas.

Pocas novelas hay, por tanto, donde como en ésta se sienta que lector y autor habitan el mismo plano, que comparten, como observadores de la realidad, las mismas dudas y debilidades. Pocas historias hay donde narrador y espectador caminen en círculos alrededor de un mundo en perpetuo cambio y transformación, que convierte, por ese mismo cambio y transformación perpetuas, en hueros y vacíos todos los esfuerzos por sistematizarlo y regularlo.

Pocos autores hay que tengan la sinceridad, el coraje y la técnica como para conseguir transmitir este efecto, esta sensación que experimentamos todos los días pero que no queremos, no nos atrevemos a confesarnos.

La certeza de que el control, el dominio que creemos tener sobre nuestras vidas no es más que una ilusión que toleramos porque nos permite continuar viviendo.

La certeza de que no somos más que polillas volando en círculos alrededor de una lámpara. Polillas que creen volar en línea recta guiadas por la luz del sol.

martes, 14 de febrero de 2006

Reading Dickinson (y 2)

They put Us far Apart -
As separate as the Sea
and Her unsown Peninsula -
We signified "These see" -

They took away our eyes -
They Thwarted Us with Guns -
"I see Thee" - each responded straight
Through Telegraphic Signs.

With Dungeons - They devised -
But through their thickest skill -
And their opaquest Adamant -
Our Souls saw - just as well -

They summoned Us to die -
With sweet alacrity
We stood Upon our stapled feet -
Condemmned - but just to see -

Permission to recant -
Permission to forget -
We turned our backs upon the Sun
For Perjury of that -

Not Either - noticed Death -
Of Paradise - aware -
Each Other's Face - was all the Disc -
Each Other's setting - saw



Vivimos en la época de la publicidad. De un artista no importa lo que escriba, pinte, esculpa o componga, lo que interesa es lo que hay detrás de su obra, lo que la inspiró y motivó. Ni siquiera eso, lo único que atrae al público es la imagen que el artista proyecta al mundo.

Porque vivimos en la época del marketing, un tiempo en que la creación artística no puede concebirse sin el público al que va destinada. Cada creador debe orientarse a un segmento de población, una estrecha cajita de preferencias, afinidades y creencias para la cual crea, concibe y manufactura.... para la cual él mismo se crea, concibe y manufactura.

Así, tenemos artistas jóvenes, que hablan de la juventud, que muestran una imagen de juventud y que, en apariencia, sólo pueden ser entendidos por los jóvenes. De la misma manera, hay artistas homosexuales, que hacen propaganda de la homosexualidad y sólo pueden entender los homosexuales. O por continuar una lista infinita, artistas progresistas, artistas rebeldes, artistas tradicionales, artistas clasicos, artistas cristianos, artistas multiculturales, artistas musulmanes, artistas marineros, artistas montañeros, artistas submarinistas, artistas espeleólogos, artistas tuertos, artistas cojos, artistas mancos, artistas zurdos, así hasta el infinito

Todos con una etiqueta, pesada como rueda de molino, colgada al cuello, intentando distinguirse los unos de los otros, aunque sea imposible decir quién es quién, dándose codazos por conseguir entrar en el foco de luz, aunque sólo sea un instante, para hablar a los suyos, para hablar de los suyos, para que los suyos hablen de ellos.

En medio de toda esta confusión, ningún artista que hable, o que siquiera pretenda hablar, de los seres humanos. Ninguna voz que se dirija a todos.

En medio de esta confusiuón, ¿quien podría entender a Emily Dickinson? Alguien que se aparta del mundo, alguien que rehuye todo lo que a los demás les parece primordial, imprescindible, irrenunciable. Alguien que oculta su vida tras un velo de secreto, espeso e imprenetable, apenas visible a retazos en sus versos, y estos mismos nunca destinados a la publicación, sino escondidos y acumulados año tras año, a expensas de cualquier accidente que los hiciera desaparecer, amenazados por la muerte de su creador, porque alguien considerase esas hojas manuscritas como los garabatos de una persona alienada y frustada, las divagaciones de un anormal y las consignase al fuego, para no avergonzarse ni manchar su memoria.

Porque... ¿Qué experiencia de la vida puede tener quien se ha negado a vivirla? ¿Qué conocimiento del amor aquél que nunca lo ha disfrutado? ¿Qué visión de la amistad, el cariño y la compañía, aquél que siempre ha vivido solo?

Y sin embargo, con una única ilustre excepción, cuando todas las voces de sus contemporáneos se han acallado y enmudecido, cuando verso tras verso, poema tras poema de aquella época suenan a hueco a falso y a vacío, la voz de Emily se torna cada día más sonora y poderosa, la de alguien, como dije antes, que siempre estará contigo, la de alguién que se convierte en breviario de tu propía vida, en consuelo de tu soledad.


Y piensas... llegará un día en que nuestros conflictos, los que nos llevan al enfrentamiento, a la lucha, a la destrucción y la guerra se hayan desvanecido. Un tiempo en el que sólo sirvan para aburrir a los niños en la escuelas.

Quizás en ese día, el nombre que nos represente ante el futuro, sea el de un desconocido absoluto.

Algún solitario como Emily para sus contemporáneos

lunes, 13 de febrero de 2006

Morir en vida

La semana pasada se inauguró en Madrid, en la fundación Juan March, una pequeña retrospectiva del pintor Alemán Otto Dix, bien conocido por su pintura expresionista de tiempos de entreguerras.

Sin embargo, más interesante que su obra más conocida y llamativa, bien representada en esta exposición, es el Dix después de Dix que se nos descubre en las últimas salas.

Porque de todos es conocido que Adolf Hitler no era otra cosa que un artista fracasado, alguien que intentó entrar en las academías de arte de la viena de 1900, y que fue rechazado una y otra, no por revolucionario, vanguardista, incómodo o inclasificable, sino simplemente por ser malo, un pintor de postales baratas que no daba el nivel exigido.

Ese fracaso, ese odio por todo arte que no se pareciese a sus gustos provincianos y transnochados, se convirtió en la política oficial del tercer Reich. De ahí saldría la idea de la famosa, por infame, exposición entartete Kunst (arte degenerado) donde las obras de la vanguardia se exponían acompañadas con comentarios insultantes y degradantes.

Pintores como Emil Nolde, cuyas simpatías nazis eran notorias, pero que habían formado parte de la vangüardia desde primeros de siglo, se llevaron la sorpresa de encontrar que la pintura de sus colegas era prohibida y censurada, y de que su misma obra era puesta en cuarentena a menos que cambiasen de estilo y abrazasen el credo artísitca predicado por el Führer, aquél que como era bien sabido, jamás podía equivocarse y debía ser obedecido sin titubeos.

Muchos, como Grosz y Ernst, abandonaron Alemania, otros como Dix, permanecieron en ella. Los que se fueron pudieron seguir pintando en su estilo, seguir evolucionando, sin otro temor que equivocarse en su camino. Los que se quedaron, por el contrario, a menos que su fe ideólogica les llevará a convertirse a la nueva fe y transformarse, como todos los conversos, en fanáticos peores que los viejos creyentes, tuvieron que negarse a sí mismos, fingirse y mentirse, para seguir viviviendo, para seguir pintando, aguardando que un día llegase el momento de la liberación, la ocasión de la libertad.

¿Cuánto tiempo se puede vivir así? Durante años, Dix había pintado la vida urbana en toda su variedad, sin ocultar nada de su fealdad y sus miserias. Durante años, Dix había criticado violentamente a todos aquellos que habían conducido Alemania a una guerra y la habían abocado a la derrota. Durante años, había clamado por la vida frente a la muerte, por el paraíso frente al infierno.

Pero ahora, quienes governaban sólo amaban la guerra, la muerte y la destrucción... y a Dix sólo le quedó el pintar paísajes, el único tema donde sus aspiraciones anteriores no podrían manifestarse y traicionarse, el único tema ideológicamente inocente, donde su pasado y su figura no atraerían la atención de los inquisidores.

Doce años duró aquel exilio, ese vagar por el desierto. Doce años de continuar pintando, de aguantar día tras día sin tirar el pincel, sólo por demostrar que se seguía siendo un pintor, que aún podía mezclar los colores y trazar un perfil, que aún seguía vivo.

Doce años que acabaron con la derrota del nazismo, pero que se llevaron consigo todo lo que Dix había sido, porque los cuadros de después del 45, no son más que pálidos reflejos de lo pintado antes del 33, la obra de alguien que ya no cree en la pintura, de alguien que ya no es capaz de expresarse con los pintores, de alguién que no tiene ni las fuerzas ni la razón para hacerlo.

La obra de un muerto en vida, en definitiva.

jueves, 12 de enero de 2006

La llave

A finales de 1941, en la recién conquistada Kiev, los alemanes cometieron una de las mayores atrocidades de la guerra.

Una unidad especialmente elegida para ese cometido, los tristemente famosos Einsatzkomanndos, se encargo de ejecutar a la población judia de Kiev, unas 30.000 personas, fusilándo y haciendo desaparecer sus cuerpos en el desfiladero de Babi Yar, cercano a la ciudad.

El método utilizado era el del Sardinenpackung, la lata de sardinas. Las victimas eran conducidos en pequeños grupos al desfiladero, obligados a desnudarse antes de descender al fondo y, una vez allí, tenían que tumbarse sobre los cuerpos de aquellos recién ejecutados, antes de que el soldado de turno les disparase un tiro a ellos mismos...

La razón de esta crueldad añadida no era otra que conseguir aumentar el rendimiento de la operación. Si las victimas morían ya colocadas en diferentes capas, no sería necesario arrastrar los cuerpos hasta la fosa común y se conseguirían almacenar muchas más personas en el mismo espacio.

Más tarde, a principios de 1943, cuando empezó a ser claro que la guerra estaba perdida, los criminales nazis comenzaron a temer la venganza de los supervivientes y decidieron borrar las pruebas de las matanzas cometidas en el territorio de la URSS. A Babi Yar, como a otros puntos, se envió una unidad con el objetivo de desenterrar los cuerpos y quemarlos.

Las personas reclutadas para este trabajo eran en su mayoría prisioneros destinados también al exterminio, que sólo se había retrasado el tiempo que tardasen en procesar los cadáveres.

No ocurrió así, sin embargo. Un grupo de prisioneros consiguió escapar de la cárcel donde los tenían prisioneros y utilizar el mismo desfiladero de Babi Yar, como ruta de fuga... el único lugar que los nazis no tenían vigilado.

Y todo fue así por una de las casualidades más increíbles que se hayan podido producir en la historia. Simplemente, porque al ir desenterrando cuerpos, uno de los trabajadores encontró una llave en el bolsillo de uno de los muertos.

La llave que abría la celda donde estaban encerrados.

viernes, 25 de noviembre de 2005

Citadelle

Cependant pour que le désir se change en acte, pour que la force de l'arbre se fasse branche, pour que la femme devienne mère, il faut un choix. C'est de l'injustice du choix qui naît la vie. Car celle-là aussi, qui était belle, mille l'amaient. Et, pour être, elle les a réduits a désespoir. Est toujours injuste ce qui est.
Je comprenais que toute création d'abord est cruelle.


Sin embargo, para que el deseo se convierta en acto, para que la fuerza del árbol se haga rama, para que la mujer llegue a ser madre, hace falta elegir. De la injusticia de elegir es de donde nace la mida. Por a aquella de alli, que era bella, miles la amaban, y, para ser, ella les ha reducido a a la desesperación. Aquel que es siempre es injusto.
Comprendí que toda creación, ante todo, es cruel.

Derechas, Izquierdas.

Si se leyera, ahora, a finales del 2005, Citadelle de Saint-Exupèry, muchas de los conceptos ahí expresados harían arrugar la nariz a los lectores. La idea del jefe que guía, la sumisión a un fin externo, la creación del hombre a través de la disciplina, la exaltación de la guerra, la mujer en su papel tradicional. Derecha, y de la más rancia, nada que ver con el liberalismo, global, flexible dinámico y multicultural tan de ahora mismo... y con el que la mayor parte de las izquierdas se han enamorado.

Sin embargo, este hombre de derechas tradicional, combatió, como piloto de caza del ejército francés, contra los nazis, aun cuando en mayo de 1940, aquello era una lucha sin esperanzas.

Llegó la derrota, absoluta, inconcebible, irremediable. Llegó la ocupación, dura y humillante. La gran mayoría de la derecha francesa se quitó la careta republicana y jacobina, tan cara a la imagen francesa, y se convertió en lacayos de Hitler, criados dispuestos a cumplir las órdenes de la raza superior sin dilación, no con miedo ni por temor, sino con orgullo y resolución, con la alegría de aquellos que ve, al fin, encarnados en los que gobiernan sus ideales de siempre, aquellos por los que llevan años luchando.

No así Saint-Exupery. El no acepto la derrota, no a manos de los nazis y abandonó Francia, para unirse a los aliados, para seguir, como piloto, luchando contra los que habían derrotado a su país, hasta encontrar la muerte en 1944, en un vuelo sobre su Costa Azul natal.

¿Por qué esta incongruencia?¿Por qué un hombre de derechas, un conservador, un tradicionalista, alguien de espírity antiliberal, no se une a los que habían venido, supuestamente, a construir el nuevo orden, a levantar la nueva Europa?. ¿Por qué combatir a aquellos que venían a limpiarla de todas las impurezas que se le habían adherido, socialismo, comunismo, librepensamiento?

Las propias páginas de Citadelle podrían darnos la pista. Porque para Saint-Exupéry no hay nada estable, hecho, acabado. Todo absolutamente todo es transitorio, pasajero, por hacer. Aún más, no hay una verdad única, si no muchas... y ninguna. Porque todos los razonamientos son ciertos y falsos al mismo tiempo, válidos e invalidos.

Con esta certeza, los fantasmas ideológicos, cualquier fantasma ideológico, se desvanece, como los vampiros al ser tocados por la luz. Especialmente, aquellos engendros, como el movimiento nazi, basados sobre una idea repetida una y otra vez, hasta que no queda otra en la mente.

jueves, 24 de noviembre de 2005

Auf Bach zu hören

La música que se escucha durante la infancia no se olvida jamás. Por muchos años que pasen, podemos reconocerla en cuanto lo oímos, y pocos los que pueden evitar estremecerse, aunque sus preferencias musicales hayan cambiado completamente, aunque música del mismo tipo les provocará la naúsea si la escuchasen.

Es que esa música es suya, forma parte de ellos, no es la música de otros, sino la música con crecieron, la música con la que aprendieron a hablar, con la que su cerebro se formó, con la que, repentinamente, descubrieron que tenían voluntad y querían utilizarla.

Ese efecto, ese estremecimiento hasta lo más profundo, ese sentirse inermes, indefensos, abrumados por el placer, me ocurre a mí al escuchar ciertos pasodobles, en particular, el llamado En el mundo, simplemente, porque mi abuelo, la persona a cuyos genes debo mi amor por la música, era músico, instrumentista, aficionado y todas las noches, cuando acababa su trabajo, dedicaba largas horas a ensayar y ensayar esas piezas populares que luego interpretaría con la banda del pueblo o en los bailes de las ferias.

Y ese mismo estremecimiento es el que siento al escuchar la música de Bach, como si estuviera escrita en lo más profundo de mi cerebro, como si hubiera nacido con ella, como si mis genes hubieran configurado ciertas partes de mi cerebro para sentir placer al escuchar esas notas.

No es una cuestión de educación. La música, mal llamada clásica, no era el tipo de música que se escuchaba en mi casa, y sólo entró formo parte de mi vida mucho más tarde, en los cursos de historia de la música, y gracias, como creo, a los genes recibidos de mi madre, que a su vez los recibió de mi abuelo.

De la misma forma que los sentimientos que siento ahora mismo, que escucho el Aria de Las Variaciones Goldberg, no son sentimientos lógicos, ni pueden ser expresados con razonamientos.

Porque la música de Bach es perfecta, nos habla del paraíso, y eso sólo basta para despertar mi entusiasmo, para hacer que, por un momento goce de la gloria.

Pero esa perfección, ese paraíso, no existe en este mundo. La notas dejarán de sonar, tendré que levantarme de esta silla, volver al mundo. Saber que la muerte me espera, que el amor es una ilusión, que la cultura y el conocimiento no son más que espejismos.

Pero, mientras la música sigue sonando, y el paraíso existe, y todas las pruebas son ciertas, y todas las dudas no existen.

Estúpido deseo humano de creer que todo tiene sentido, de que hay una razón fuera de nosotros mismo.

Horrible condena, terrible tortura esta de haber nacido, como muy sabían los clásicos.

jueves, 3 de noviembre de 2005

Reading Dickinson (y 1)

You said that I "was Great" - one Day -
Then "Great" it be - if that please Thee -
or Small - or any size at all -
Nay - I'm the size suit Thee -

Tall - like the Stag - would that?
Or lower - like the Wren -
Or other heights of Other Ones
I've seen?

Tell Which - it's dull to guess -
And I must be Rhinoceros
Or Mouse
At Once - for Thee -

So say - if Queen it be -
Or Page - please Thee
I'm that - or nought -
Or other thing - if other thing there be -
with just this Stipulus -
I suit Thee -



Uno suele creer que lo ha visto todo, lo ha leído todo, que nada ya puede sorprenderle.

Así nos lo hacer creer esta sociedad.

Somos bombardeados con imágenes, con palabras, con sentimientos. Todo es antiguo a los cinco minutos. Sólo es válido lo que vemos en el instante que se nos escapa. Debemos, si querer vivir en este mundo, correr a la búsqueda de novedades, apurarlas antes de que caduquen, arrojarlas al instante.

Sin que a nadie se le ocurra pensar en amarlas o encariñarse con ellas. ¿Para qué? Nadie en su sano juicio se encariña con la basura, sino que la tira en cuanto tiene ocasión.

Así transcurre nuestra vida, sin que nada quede en ella, ni siquiera recuerdos, puesto que no podemos memorizar todo.

Todo encuentro es superficial, todo conocimiento es imperfecto, todo amor es de una sola noche. No puede ser de otra manera. No hay tiempo para profundizar, no hay tiempo para entrenerse, no hay tiempo para divertirse, porque lo siguiente viene ya empujando, exigiendo su lugar al sol.

De vez en cuando, se encuentra a alguien que nos parece importante.

Quisiera utilizar la palabra definitivo pero es demasiado grande, demasiado pesada, para lo que quiero decir.

A veces se encuentra a alguien con el que se desearía estar. Alguien cuyas opiniones, cuyas percepciones, cuyos extremos, fortalezas y debilidades coinciden con las nuestras. Alguien que nos habla con nuestras mismas palabras o, mejor dicho, aquellas palabras, aquella voz con la siempre quisimos hablar, pero que nunca llegó a ser la nuestra, por que nos faltó el valor, el talento o la oportunidad.

Sin poder evitarlo saboreamos esas palabras, esos pensamientos, una y otra vez. Para nuestra sorpresa, para nuestro estremecimiento, el uso no las desgasta, al contrario, poco a poco, las impurezas del significado se desprenden y desaparecen, para dejar la idea, el símbolo, la revalación, al descubierto, cual fruto maduro delicioso, que nos espera.

Y no nos importa lo que los demás piensen, ni su burla, ni su desprecio, ni su desencanto, ni su frialdad. Sabemos que estamos en el buen camino, aquel contruido sólo para nosotros, aquel que nos lleva al hogar.

En esas ocasiones, poco importa que el depositario de esas ideas sea un muerto hace casi siglo y medio, o una persona que viva, sienta y ame al otro lado del mundo. La conexión ha sido establecida, nada puede romperla, y sólo se desea volver una y otra vez al lugar querido, abándonando el resto de placeres, que se han revelado como lo que són, espejismos y fantasmas, completamente inútiles para nuestro existir.

Por eso me pregunto, ahora que he encontrado a Dickinson, si no será mejor olvidarse de la actualidad y el mundo, limitarse a unos cuantos libros, unos cuantos discos, unos cuantas películas y vivir sólo con ellos, hasta que se los sepa uno de memoria, hasta que formen parte de uno mismo, como un hábito que no se percibe ya, al igual que no percibimos nuestro propio cuerpo.

Pero quizás es que uno es demasiado viejo y quedóse anclado en el pasado, mientras que el mundo ha seguido su camino.

sábado, 29 de octubre de 2005

Alejandro y su cronista



En la antiguedad era común plantear esta paradoja. ¿Quién era más importante? ¿Alejandro, que había conquistado el mundo entero? ¿O su cronista que se había limitado a seguirle y describir lo que ocurría, sin que su participación pudiera decidir el resultado de las campañas?

Alejandro, evidentemente, respondía el alumno. El había concebido la idea, planificado las campañas, convencido a sus subordinados de que podía hacerse, insuflado coraje en sus soldados, mantenido la sangre fría en los momentos difíciles, descubierto los puntos débiles de sus enemigos.

Cierto, respondía el sofista, pero si el cronista no nos hubiera contado todo eso, Alejandro que salió de Macedonia y subyugo el mundo entero, no sería distinguible del inválido que se quedó en Pella, la capital del reíno, sentado sobre su montón de estiercol.

Ambos serían unos completos desconocidos, olvidados por todos.

Es más, continuaría el maestro ¿Cuánto hay de invención, cuánto de error, en el relato? Nadie recuerda en la India que Alejandro llegara hasta allí. ¿Quién nos asegura que no se quedo haraganeando en Samarcanda o en Persépolis? Lo mismo todo fue un cuento, para demostrar ante el mundo que no había estado perdiendo el tiempo, que si lo hacía con las manos vacías, no era porque no lo hubiera intentado, sino porque las dificultades habían sido insuperables.

¿Y Cuál es el Alejandro verdadero? ¿El de Plutarco? ¿El de Quinto Rufio? ¿El de Arriano? ¿El fantástico y maravilloso del Pseudo Calístenes, en el cual creyó la Edad Media entera, cristianos y musulmanes por igual, y fue represetantado y comentado una y otra vez?

Lo mismo ocurre con el arte.

¿Quién es más importante? ¿El artista que crea el objeto artísticos? ¿El espectador que decide que objetos son arte y cuales no?

Y si en el caso de Alejandro y sus cronistas podía existir alguna duda, en el caso del artista y su publico no existe ninguna duda.

Si el espectador quisiera, crearía un arte sin ningún artistas.

De hecho lo hace todos los días sin darse cuenta.

Al mirar a las nubes, al contemplar los árboles, al descubrir un cuerpo joven y hermoso.

Con sólo decir. Esto es bello.




martes, 18 de octubre de 2005

Realismos ... (y 2)

Releyendo mis anotaciones del día anterior, no puedo quitarme la idea de un profesor cascarrabias, entrado en años, olvidado ya del amor que tenía al arte, preocupado únicamente por demostrar su sapiencia ante los demás, para construirse, con sus palabras, una altísima columna desde la cual mirar con desprecio a los ótros... al menos a aquéllos que no se inclinen, con adoración, ante ella.

No es por eso por lo que uno toma esto del arte y las exposiciones como afición... al menos no es el motivo por el que debería tomarlo.

El goce debería ser interno, entre el objeto y el espectador, despojado de todas las enseñanzas y doctrinas, que sólo son muletas que nos entorpecen el paso. Algo tan inocente que nos llevase a compartirlo con los demás, no con todo el mundo, sino con aquellos que consideramos nuestros amigos, para cogerles del brazo y llevarlos a verlo, porque no pueden perdérselo.

Mirar sin que importe la firma, ni el estilo, gustar basándose en los propios gustos, no en los de los demás.

En otro tiempo, no me importa confesarlo, al ver los cuadros de Derain aquí expuestos, hubiera torcido el gesto y me hubiera apartado, especialmente al comprobar el nombre del artista.

"He aquí" me diría a mi mismo, completamente seguro de mi sapiencia "un Derain post Derain. Una obra de cuando había abandonado los ideales de la vangüardia y se había perdido, algo prescindible, algo en lo que no merece perder el tiempo."

Así pensaba yo no hace mucho.

Cuando uno es joven tiene el privilegio, sin habérselo merecido, de estar siempre en la cresta de la ola. Haga lo que haga, seguir u oponerse, creamos y componemos la acutalidad, forjamos las reglas de la actualidad y vivimos acorde a ellas.

Pensamos que todo será siempre así, que continuaremos marcando el ritmo, riéndonos del futuro, carcajeándonos del pasado, porque, quien puede dudarlo, sólo nosotros tenemos razóm, y nadie antes la ha tenido. Al fin y al cabo todos somos jóvenes... y nadie puede contradecirnos. Los viejos morirán pronto, los nuevos jóvenes aún no han nacido.

Las olas rompen, no obstante, pero en la vida, lo hacen sin estruendo, sin espuma, sin resaca. De repente estás sentado en la playa. Ser fiel o rebelarte no tiene ya ningún sentido. Ambas respuestas sólo provocarán la risa de los que ya están detrás empujando.

Sólo queda seguir adelante, por el camino al que tú mismo te condenaste, sabiendo que no lleva a ninguna parte, pero que al menos es tu camino, no el de ningun otro.

Entonces es cuando aprecias la obra de los francotiradores, eso que seguirían estando aparte, incluso cuando llegasen los suyos, como Derain, como Hopper, como Heartsfield, como De Chirico, como Balthus, como Pirandello, como Fautrier...

lunes, 17 de octubre de 2005

Realismos...

Como comienzo de la temporada de exposiciones en Madrid, el Museo Thysen, junto con la Fundación Caja Madrid, presenta lo que se pretende un compendio/ejemplo del realismo en el arte occidental entre 1920 y 1945

La muestra intenta, en cierta medida, demostrar que frente a la espectacularidad de las vanguardias históricas, existió un algo más, otra corriente subterránea, heredera en cierta manera de la tradición renacentista y que surgiría de nuevo al llegar el reflujo de las vangüardias.

Objetivo en el que fracasa completamente... no porque el realismo no sea otra corriente más dentro de las vangüardias históricas, tan importante como las más rebeldes, si no porque se enreda en sus propios planteamientos.

En efecto, la fecha con la que se abre el recorrido, 1920, es sintomática. No es necesario ser un experto en la historia del arte para relacionarla enseguida con lo que se conoció entonces como L'appel al ordre. Tras la catástrofe de la segunda guerra mundial, los artistas que habían asaltado los fundamentes del arte en los inicios del siglo XX parecieron renunciar a esa agresividad y espíritu levantisco. Se tranquilizaron y dejaron la agitación a otros.

En ese sentido, la inclusión de Derain como apertura no puede ser por menos que ser acertada. Uno de los miembros más vocales de los Fauves, un pintor a la altura de un Matisse en aquellos primeros años, alguien que había rozado la abstracción pura y había estado a punto de embarcarse en ella, de repente se puso a pintar casi al estilo un Chardin... algo que no se comprendíó en su época y aún hoy resulta casi imcomprensible.

Es precisamente esta inclusión la que demuestra las limitaciones y errores de la propuesta. La appel al ordre fue general entre los pintores consagrados de entreguerras, los cubistas, Picasso, Braque, Léger, Gris sufrieron un ataque de clasicismo y empezaron a pintar como si hubieran abjurado de sus propias conquistas. ¿Por qué entonces incluir a Derain y no a los otros? Quizás porque Derain continúo en esa vía, mientras que para el resto fue sólo algo pasajero.

Derain se transformo en una individualidad aislada, lejos de corrientes y demás, en un francotirador que pintaba como quería, sin rendir cuentas a nadie. Así ocurre con cada uno de los pintores que formar la muestra, cada uno de ellos es una personalidad aislada, y esto es más notable aún en la parte de las exposición que está en la casa de las alhajas. Balthus, Heartfield, Pirandello, Hopper, son artistas independientes y originales, demasiado distintivos e importantes para ser incluidos en ningún "ismo", aunque éste se llame "realismo". No crearon ni siguieron escuela puesto que no cabían en ninguna, y sus "realidades" son tas dispares y tan incompatibles como las de las mismas vanguardias.

Una ausencia mayor sirve para destruir este concepto de "realismo" como el ismo olvidado del siglo XX. Los años que nos ocupan vieron la ascención de la pintura/proganda del régimen, en fascismos, nazismo y estalinismos. Este estilo oficial como es bien sabido, era en todos el mismo, y respondía al nombre del nazismo. Extraña exposición esta que, centrada el el periodo de entreguerras, no recoje esta pintura.

Llamativa ausencia, que explica también el olvido de estos pintores independientes, de manera involuntaria, su libertad e independencia, quedó contaminada y envenada por la distorsión del arte a manos de los totalitarísmo. Todo aquel que no quisiese ser tachado de nazi o fascista, tenía que tomar el camino de la vanguardia, no el del realismo.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Atatakai

¿Quién relaciona las palabras con sus sonidos?

¿Quién hace que caress pronunciado por una boca inglesa sea tan dulce como las propias caricias?

¿Quién esperaría que streicheln, una palabra áspera, dura y angulosa, tan alemana, en definitiva, significase eso mismo, acariciar?

¿Quién podría imaginar que Atatakai, algo que es casi un tartamudeo, un trabalenguas, el ronquido de un motor que arranca, significase cálido en japonés?

¿Quién podría adivinar que lo utilizasen para el amor, y que sonase tan dulce, tan suave, tan acogedor, tan definitivo, en sus labios?

martes, 13 de septiembre de 2005

Romanticismos

Romántico.

Pocos adjetivos tan utilizados y por ello precisamente, sin apenas ya significado, fuera de cierto modo de entender los rituales de apareamiento, lo que yo llamo, con sorna, el romanticismo de velitas

O como insulto. Como indicación de inmadurez.

Varias veces me lo han dirigido, ya sea de viva voz o sólo con el pensamiento.

En esas ocasiones siempre siento lo mismo.

El deseo de volverme y espetarles estas palabras.

¿Tú sabes que es un romántico? ¿No sabes que eres el auténtico romántico?

Nunca encuentro el valor. No valdría la pena. No entenderían lo que estoy diciendo.

Pero es cierto.

Nuestra sociedad es una sociedad romántica, sin saberlo.

Nuestra sociedad ama la noche y lo que ella trae. La obscuridad y sus monstruos. Los lugares ocultos, donde los placeres están permitidos, la perversión y la enfermedad, la muerte y la putrefacción.

La carrera alocada hacia el abismo. Sin importar como se acabe, a quien se lleve uno por delante.

La violencia como forma del amor, como su única expresión real.

Pocas cosas tan cercanas al sentimiento romántico, aquel tiempo que buscaba los cementerios y adoraba los muertos, aquel que hablaba de la enfermedad como el culmén de la belleza, aquel que consideraba la tuberculosis como algo a la moda.

Aquel que creo los monstruos y se enamoró de ello. Aquel tiempo que temblaba de placer ante la visión de la fealdad y deformidad, que deseaba su contacto, ser poseído por ellas.

Aquel tiempo donde la mejor muerta era recibir una bala en la frente, mientras se lideraba una carga de caballería, blandiendo el sable, borracho de gloria, sin que fuera posible darse cuenta de que se caía en los brazos de la muerte.

Mientras que yo, sólo y aparte en esta sociedad, amo el día y la luz, los mares tranquilos, las apacibles montañas, los inmensos bosques, los cielos azules, las frescas mañanas y las tardes eternas.

Dejar pasar la vida hasta el momento de la muerte, sin emociones, sin sobresaltos. Contemplando el espéctaulo del mundo, admirando su belleza, sin que nada más me fuera preciso para ser feliz.

Yo, el llamado romántico, no soy más que un vulgar neoclásico.

Tratando de encontrar orden en el desorden, cuando sé que no existe, huyendo de la confusión, mientras lo otros la anhelan, se sumergen, se arrojan en ella.

Convertido en un vagabundo. En un paria. En un desclasado y un rebelde.

Cuando lo que quisiera ser es todo lo contrario.

jueves, 8 de septiembre de 2005

En soledad

Nuestra sociedad, esa sociedad que creemos perfecta y completa sólo porque tolera nuestros vicios y ríe nuestras payasadas, ha convertido en un ídolo, en un ideal lo que llaman la soledad.

La soledad.

Cada vez más personas dicen preferir vivir solas, amar la independencia, no tener que servir a nadie.

Llevar una vida plena y libre, entregados a sus intereses, dictándose ellos mismos el camino.

Rodeados de gente a la que quieren y que les quiere. Borrachos de humanidad. En un verano eterno.

¿Hablamos de lo mismo?

Eso de lo que presumen tantos ahora no es la soledad. No es estar solo salir todas las noches de marcha, disfrutar de cuantas amantes se te antoje, llenar los tiempos vacíos con películas, con discos, con libros, con la Internet

Eso es vivir acompañado, con todas sus ventajas y ninguno de sus inconvenientes.

Eso no es la soledad.

Los solitarios, los auténticos solitarios lo sabemos.

Porque la soledad, vivir en soledad, significa preferir ésta al contacto con la gente, evitar el contacto con alguien simplemente porque ése día no quieres ver a nadie, arriesgarse a no volver a verla por el desprecio que le has hecho.

Sin poder contar a esa persona - quien podría creerte - que no lo haces porque le odies, porque odies al mundo, sino simplemente porque no te sientes a gusto entre tus semejantes, porque no sabes comportante cuando estás con ellos, porque no sabes expresar lo que sientes, ni nunca podrás decírtelo.

Porque sólo puedes contártelo a ti mismo, a solas.

Porque sabes que estás aparte. Que tu camino no se cruza con el del resto. Que nunca se cruzará. Que de hecho no quieres que se cruze.

Sentir dolor, al mismo tiempo. Experimentar el absurdo de amar la soledad y de sufrir por estarlo. Porque observas desde tu silla al borde del camino, espectador que nunca participa, que desconoce las reglas del juego y ya no sabe como aprenderlas, el modo en que los demás van envejeciendo, la manera en que, a lo largo de ese camino, van consiguiendo aquello que tú anhelas. Un amor. Hijos. Serenidad. Cariño, en definitiva. Alguien que les saluda al llegar a casa. Algo de Felicidad, aunque sea minima.

Perder una tras otra a las personas que has amado. Saber que es culpa tuya, que nadie puede vivir contigo, porque nadie puede vivir en un glaciar, nadie puede esperar eternamente a que te descongeles, a que los bosques cubran las laderas, a que la vida ascienda a las montañas. Entre otras cosas porque tú subirás más alto, rehuyendo el contacto.

Vivir entre las ruinas de tus sueños. Saber desde el principio que nunca debiste permitirte soñarlos. Descubrir que has malgastado tu vida persiguiendo fantasmas, enamorado de ellos, fascinado por ellos, y que ahora como los libros antiquísimos, se deshacen en polvo entre tus dedos.

Desear la muerte, en definitiva. Ansiar que un día te vayas a acostar y no vuelvas a despertarte.

Saber que tampoco eso te será concedido.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

Reading Whitman (y 4)

The love of the body of man or woman balks account, the body itself balks account
That of the male is perfect, that of the female is perfect.


Nuestro mundo, esa sociedad que consideramos como la mejor de las posibles, aunque aparentemos rebelarnos contra ella, ese mundo coloca todo en cajitas, clasifica y encasilla a los seres humanos, independientemente de los deseos de cada individuo.

No hay mejor ejemplo que el sexual. En este campo, en esta sociedad, en este momento, no puede haber grises. Todo tiene que ser blanco o negro. Normal o anormal. Fortalecido por el poder aplastante e intolerante de la mayoria o atrincherado tras la consciencia orgullosa y suicida del Ghetto.

De esta forma cualquier relación profunda tiene que acabar necesariamente en la cama, es más se fuerza a que acabe allí, especialmente si se trata de personas del mismo sexo.

O eso o la renuncia a esa relación especial.

Como puede ser también el caso de la apreciación del cuerpo humano. Ahora, en estos tiempos de supuesto libertad, cualquier representación del cuerpo tiene que ser obligatoriamente sexual. Cualquier imagen del ser humano desnudo, tiene que provocar obligatoriamente la erección o el deseo de ser penetrado, la reacción impuesta por la elección sexual.

Por tanto los hombres que se consideran hombres sólo pueden considerar bello el cuerpo femenino, nunca el masculino, so pena de formar parte del "otro", so pena de cruzar una frontera sin retorno, pues ya se sabe, todos los popes y pensadores lo proclaman, que la elección sexual es definitiva, no permite la marcha atrás.

Ideas extrañas.

No. Ideas extrañas las mías.

Educado en un ambiente que practicaba el nudismo, que animaba a admirar el propio cuerpo y el de los demás, educado más tarde en la escultura y la pintura del pasado, también tan centrada en la loa de la carne y la piel, la visión de los cuerpos desnudos no provoca en mí ninguna reacción, a menos que así lo desee yo.

Ninguna reacción que no sea la de apreciar su belleza, al igual que admiro los cielos esmaltados con las nubes o el entramado de las ramas de los árboles.

La misma tristeza y alegría que provoca la observación de la belleza. De la belleza desnuda, sin afeites ni oropeles, desconocedora de su gloria, plena en su fragilidad.

Enfrentada al miedo con que aún observamos el cuerpo, nuestro cuerpo, que aún consideramos como fuente del pecado y de la disolución.



Have you ever loved the body of a woman?
Have you ever loved the body of a man?
Do you not see hat these are exactly the same to all in all nations and times all over the earth.


Por ello, cuando visito el Museo del Prado, siempre dedico algún tiempo, aunque sean unos minutos a visitar la sección de escultura.

Y me quedo mirando, en la rotonda, el busto de Antinoo.

Debe ser un extraño espectáculo, menos ahora que have unos años, el de un hombre no tan joven observando con ojos arrebatados el busto de un joven.

Casi puedo imaginar los comentarios.

Pero pocos pueden sospechar lo que pienso. El ver reflejado allí la gloria de la juventud. La belleza, el vigor, la fuerza, la serenidad que me hubiera gustado a mi tener cuando joven y no el cuerpo, débil, apocado, siempre cansado que heredé de mis padre.

El cuerpo que me gustaría ver cuando me ducho, reflejado en el espejo, y no el mío.

Pero miro al otro extremo de la sala. Y descubro a Adriano, separado eternamente de Antinoo, sin poder alcanzarle, mirándo a quien fuera su amante. Y extrañamente puedo entender su deseo. La aspiración por alcanzar la perfección, aunque sea en otro. La melancolía que produce ver la belleza. La desolación que trae a un mundo donde no debería estar, pues vivimos en el infierno y no en el paraíso.

Marcho entonces a una sala cercana.

Allí en la onbscuridad, iluminada a la perefección. Sóla, puesto que aunque esté rodeada de otras estatuas, su perfección las aplasta, está la Venus de Ammanati.

Ensimismada. Sin prestar atención a los mortales. Desnuda, pero segura de sí misma, puesto que su propia perfección la protege, como un escudo que nos impide acercarnos.

Un sueño, una aparición. Lo inalcanzable. Lo imposible.

No es real, así lo dice el verde del bronce. No es real, pero su piel es tan suave como la de una mujer de las caminan a mi lado, de las que se detienen un instante y vuelven a marcharse. No es real, pero tengo la impresión de que el metal hecho carne cedería a mi presión si lo tocara.

No es real, puesto que como todas las estatuas no tiene mirada, pero bajo su piel se tensan los músculos y su movimiento eternamente detenido parece ir a reanudarse en cualquier instante.


Entonces entiendo porque Pigmalion se enamoro de Galatea, aunque fuera una estatua fría e inerte.

Entonces lamento que ya no existan los dioses que puedan conceder esos deseos.


If anything is sacred the human body is sacred.

martes, 6 de septiembre de 2005

Reading Whitman (y 3)

The wife - and she is not one jot less than the husband,
the daughter - and she is just as good as the son,
the mother - and she is every bit as much as the father.


El poeta universal.

Aquél que ha visto todo, conocido todo, experimentado todo.

Aquél que no puede renunciar a nada, ni prescindir de nada.

Aquél que incorpora todo en sí. Que lo acumula y mezcla, que deja que fermente y se transforme, hasta que se conviete en propio.

Aquél a quíen es imposible no llegar a la idea de igualdad. Puesto que es evidente. Puesto que no es producto de una necesidad política, ni de una ideología impuesta. Ni necesita de aspavientos, ni de grandes declaraciones.

Sino que es algo tan normal como quedarse dormido o levantarse. Como respirar o tener sed o tener hambre.

Porque cada persona es igual de importante, cada persona alberga un tesoro en sí, cada persona puede enseñarnos lo que no sabemos que desconocemos, abrirnos nuevos caminos.

Sin importar cual sea su sex, o su origen, o su suerte, o su posición.



We consider the bibles and religion divine... I do not say that they are not divine
I say that they have all grown of you and may grow out of you still
It is not them who gave life, it is you who give the life.
Leaves are not more shed from the trees or trees from the earth than they are shed of you.



Y de la misma manera, puesto que la persona, el individuo, es lo primero, el resto, sus creaciones, sus instituciones, sus ideologías, sus reliones, son secundarios.

Importantes en tanto que le sirven, desechables en cuanto intentan dominarle.

Grandes, perfectas, hermosas, puesto que proceden de seres que llevan inscritos en sí esa grandeza, esa perfección, esa hermosura.

Odiosas, detestables, podridas, en cuanto olvidan, y quieren hacer olvidar a los hombres, que no son más que productos, consecuencias, herramientas. Que de ellas no puede surgir nada que no estuviera ya en los hombres que creen en su existencia, que por sí solas son incapaces de crear.

Que abandonadas a sí mismas, desprovistas de los hombres que las trajeron a este mundo, perdido de vista su finalidad, que es esos mismos hombres que las produjeron, sólo saben destruir, corromper, aniquilar.

Ninguna se salva. Ninguna. A pesar de sus protestas de santidad, de perfección y de bondad. Todas siguen el mismo camino, si olvidan a los hombres, pero no a esa abstracción que llamamos "hombre", "humanidad", si no a cada hombre, a cada pequeño individuo que nunca llegara a alcanzar la gloria, que sólo aspira a construir un poco de orden y de belleza en el breve espacio que le queda hasta la muerte.

Y así desconfío, casi como Whitman, de todas las grandes palabras, de todas las grandes ideas.

Porque la mayoría, todas en realidad, no son más monstruos, creados por nosotros mismos, alimentándose de nosotros.

viernes, 2 de septiembre de 2005

Reading Whitman (y 2)

Why what have you thought of yourself?
Is it you then than thought yourself less?
Is it you than thought the president greater than you? or the rich better than you? or the educated wiser than you?



El poeta de la democracia.

No, me equivoco, el poeta del hombre corriente. El único que puede aspirar a ese título.

¿Cómo es nuestra sociedad?

Tenemos que tener más de todo. Más dinero, una casa mayor, un coche más potente, el último artilugio tecnológico. Tenermos que tener más DVDs que el vecino, más libros, más amantes, más viajes que anotar en la libreta. Nuestras borracheras tienes que ser mayores, nuestros polvos más largos e intenso.

Si no actuamos así, si no imitamos y superamos a los demás, no somos nadie.

Y todo esto tiene que hacerse a la carrera. En eterna competición con los demás, apartándolos violentamente, pisoteándolos. Aunque nos falte el aliento, aunque se nos doblen las piernas de cansancio, aunque todo sea sepulcro y muerte.

No hay otra forma de vivir se nos dice. Así lo claman las figuras, los fantasmas que pueblan las pantallas de televisión, las imágenes que se asoman a las páginas de revistas y periódicos.

Tenéis que ser como yo, que he triunfado, que he vencido en la carrera, que domino y poseo el mundo, al que se dirigen todas las miradas, todos los objetivos, aunque sólo sea por un segundo. Yo soy vuestro modelo. Yo soy mejor que todos vosotros. Lo he sido desde siempre. Y aquél que no consiga llegar a donde yo estoy no merece la vida, no merece llamarse ser humano.

Así lo corrobora la multitud de aduladores, contertulios, articulistas, comentaristas, locutores, presentadores, filósofos, pensadores, artistas, cineastas,intelectuales, todos con la mismas voz, todos cantando la misma canción, todos creyéndose originales y distintos.

¡Gloria al gran hombre! ¡Gloria al triunfador! ¡Gloria a aquel cuyo triunfo se levanta sobre el fracaso de otros!


Queda la voz de Whitman.

Queda su voz tranquila, placida y reposada, pero suficiente para acallar la de los que gritan porque no tienen ideas, puesto que sólo así logran convencer a los demás.

Es el hombre corriente el auténtico héroe, el auténtico triunfador. No el político, no el cantante, no el famoso, no el deportista, no el piloto, no el aventurero, sino aquel que día tras día tiene que levantarse temprrano, perder su vida en un trabajo que odia, sacrificarse, marchitarse...y todo eso sin queja alguna.

Esas son las gentes que deben ser cantadas y ensalzadas. Los olvidados. Los ofendidos. Los humillados.

Y Whitman es su poeta.

El que canta la belleza de sus vidas. La grandeza y la perfección de sus actividades. Del despertar a un nuevo día, del acostarse rendido y entregarse al sueño. Del vestirse y arreglarse, del lavarse y acicalarse, del marchar y del volver al trabajo. De todos los actos cotidianos, repetidos una y otra vez, aparentemente sin sentido, pero más grandes que cualquier acto de voluntad ostentoso de los falsos grandes hombres.

Y por encima de todo, el milagro constante que supone este mundo, el milagro que supone que haya atardeceres y amanaceres, que la luna ascienda, que las estrellas se enciendan, que el viento sople y que las nubes cubran el cielo, que las olas rompan en la orilla y que la marea nunca falte a la cita.

Que haya que nacer, y que haya que morir, que el sueño nos libere de nuestros afanes, que tengamos un cuerpo y que éste nos lleve a amar a otro cuerpo, tan diferente y tan igual al mismo tiempo.

O que simplemente esta carne y estos huesos, esta finitud, esta insignificancia que somos, nos permita gozar de la maravilla de este mundo.

Que nosotros mismos seamos una maravilla más.

martes, 30 de agosto de 2005

Reading Whitman (y 1)

I see something of God each hour of the twenty-four, and each moment of then,
In the faces of men and women I see God, and in my own face in the glass,
I find letters from God dropped in the street, and every one is signed by God's name
And I leave them where they are, for I know than others will punctually come forever and ever.


Palabras, palabras, palabras.

¿Cuánto duran?

Las lee uno a una edad, las disfruta, las saborea, las lleva consigo cierto tiempo, parte de la propia vida, creyéndolas eternas.

Pero finalmente se olvidan, ceden y desaparecen. Queda sólo el recuerdo, cuanto me gustá aquel poeta, con que entrega leía yo en aquel entonces, que altos ideales eran los míos en aquél tiempo, que profundos eran mis sentimientos.

Llega el instante en que ves el libro en la biblioteca, en que sientes el deseo de volverlo a leer.

En ese instante, cualquier buen lector conoce la misma sensación, idéntica duda. Todo aquel lector, claro está que no haya anestesiado su sensibilidad con los sistemas, que se haya entregado a las páginas, sumergido en las frase, permitido que la corriente de los pensamientos de otro le arrastren.

Siempre la misma duda. ¿Me gustará aún? ¿Cómo lo encontraré? ¿Habrá envejecido? Preguntas que son mentiras, porque los libros no envejecen, las obras no mutan, somos nosotros los envejecemos, somos nosotros los que decaen, somos nosotros los que perdemos la fe, los que olvidamos como hay que mirar de verdad.

Los que entronizamos la ironía, los que nos burlamos de aquello que antaño considerábamos sagrado, simplemente para desviar la atención de los demás, para que su burla, su desprecio caigan sobre otros que no seamos nosotros.

Para no tener que admitir que hemos perdido las fuerzas, que nuestra mente no es tan aguda, que ya no somos los que éramos, que nunca podremos volver a serlo.

Y sin embargo, de repente, encuentras un poeta, un escritor, unas frases, que nos sacuden, nos conmueven, derrumban nuestro edificio de mentiras, nos devuelven a aquel que fuimos, a aquel que miraba el mundo como si fuese su hogar, a aquel ante quien todas las posibilidades estaban abiertas, a aquel que iba a apurarlas por entero.

El dolor, entonces es mayor. Desearías no haberlas leído. Desearías no haberlo sentido.

Porque el camino de vuelta está cerrado. No existe ya.

Y aunque existiera. No te permitirías el regreso.



Do I contradict myself?
Very well Then... I contradict myself.
I am large... I contain multitudes.



Pero todo esto, mis palabras por supuesto, no las de Whitman, no son más que tópicos, fáciles ideas que mi mente recoge y escribe para no tener que trabajar. Pensamientos que huelen a rancio, que excitan la risa de mis contemporáneos, que ya eran rancios el día que se crearon.

¿Y que tiene que ver esto con Whitman?

Lo de siempre, que me siento más cerca de él, de su palabras, aunque mi percepción sea equivocada, aunque mis conlusiones sean distintas de las suyas, me siento más cerca de él, de sus afanes y deseos, que de los afanes y deseos de mis contemporáneos.

Avanzando un poco más en el camino de la soledad y la catástrofe, pensando siempre que sería mejor dar media vuelta y unirme al resto, continuando el camino, sin embargo, gozando del punzante remordimiento que es mi eterno compañero.

miércoles, 17 de agosto de 2005

YKK ( y 4)




I believed that a leaf of grass is no less than the journeywork of the stars
And the pismire is equally perfect, and a grain of sand and the egg of the wren,
And the tree toad is a chef d'ouvre for the highest
And the running blackberry would adorn the parlors of heaven
And the narrowest hinge in my hand puts to scorn all machinery
And the cow crunching with depressed head surpasses any statue
And a mouse is miracle enoug to stagger sextillions of infidels
And I could come every afternoon of my life to look at the farmer's girl boiling her iron tea-kettle and baking short cake

Walt Withman -- song of myself