martes, 18 de octubre de 2005

Realismos ... (y 2)

Releyendo mis anotaciones del día anterior, no puedo quitarme la idea de un profesor cascarrabias, entrado en años, olvidado ya del amor que tenía al arte, preocupado únicamente por demostrar su sapiencia ante los demás, para construirse, con sus palabras, una altísima columna desde la cual mirar con desprecio a los ótros... al menos a aquéllos que no se inclinen, con adoración, ante ella.

No es por eso por lo que uno toma esto del arte y las exposiciones como afición... al menos no es el motivo por el que debería tomarlo.

El goce debería ser interno, entre el objeto y el espectador, despojado de todas las enseñanzas y doctrinas, que sólo son muletas que nos entorpecen el paso. Algo tan inocente que nos llevase a compartirlo con los demás, no con todo el mundo, sino con aquellos que consideramos nuestros amigos, para cogerles del brazo y llevarlos a verlo, porque no pueden perdérselo.

Mirar sin que importe la firma, ni el estilo, gustar basándose en los propios gustos, no en los de los demás.

En otro tiempo, no me importa confesarlo, al ver los cuadros de Derain aquí expuestos, hubiera torcido el gesto y me hubiera apartado, especialmente al comprobar el nombre del artista.

"He aquí" me diría a mi mismo, completamente seguro de mi sapiencia "un Derain post Derain. Una obra de cuando había abandonado los ideales de la vangüardia y se había perdido, algo prescindible, algo en lo que no merece perder el tiempo."

Así pensaba yo no hace mucho.

Cuando uno es joven tiene el privilegio, sin habérselo merecido, de estar siempre en la cresta de la ola. Haga lo que haga, seguir u oponerse, creamos y componemos la acutalidad, forjamos las reglas de la actualidad y vivimos acorde a ellas.

Pensamos que todo será siempre así, que continuaremos marcando el ritmo, riéndonos del futuro, carcajeándonos del pasado, porque, quien puede dudarlo, sólo nosotros tenemos razóm, y nadie antes la ha tenido. Al fin y al cabo todos somos jóvenes... y nadie puede contradecirnos. Los viejos morirán pronto, los nuevos jóvenes aún no han nacido.

Las olas rompen, no obstante, pero en la vida, lo hacen sin estruendo, sin espuma, sin resaca. De repente estás sentado en la playa. Ser fiel o rebelarte no tiene ya ningún sentido. Ambas respuestas sólo provocarán la risa de los que ya están detrás empujando.

Sólo queda seguir adelante, por el camino al que tú mismo te condenaste, sabiendo que no lleva a ninguna parte, pero que al menos es tu camino, no el de ningun otro.

Entonces es cuando aprecias la obra de los francotiradores, eso que seguirían estando aparte, incluso cuando llegasen los suyos, como Derain, como Hopper, como Heartsfield, como De Chirico, como Balthus, como Pirandello, como Fautrier...