martes, 13 de septiembre de 2005

Romanticismos

Romántico.

Pocos adjetivos tan utilizados y por ello precisamente, sin apenas ya significado, fuera de cierto modo de entender los rituales de apareamiento, lo que yo llamo, con sorna, el romanticismo de velitas

O como insulto. Como indicación de inmadurez.

Varias veces me lo han dirigido, ya sea de viva voz o sólo con el pensamiento.

En esas ocasiones siempre siento lo mismo.

El deseo de volverme y espetarles estas palabras.

¿Tú sabes que es un romántico? ¿No sabes que eres el auténtico romántico?

Nunca encuentro el valor. No valdría la pena. No entenderían lo que estoy diciendo.

Pero es cierto.

Nuestra sociedad es una sociedad romántica, sin saberlo.

Nuestra sociedad ama la noche y lo que ella trae. La obscuridad y sus monstruos. Los lugares ocultos, donde los placeres están permitidos, la perversión y la enfermedad, la muerte y la putrefacción.

La carrera alocada hacia el abismo. Sin importar como se acabe, a quien se lleve uno por delante.

La violencia como forma del amor, como su única expresión real.

Pocas cosas tan cercanas al sentimiento romántico, aquel tiempo que buscaba los cementerios y adoraba los muertos, aquel que hablaba de la enfermedad como el culmén de la belleza, aquel que consideraba la tuberculosis como algo a la moda.

Aquel que creo los monstruos y se enamoró de ello. Aquel tiempo que temblaba de placer ante la visión de la fealdad y deformidad, que deseaba su contacto, ser poseído por ellas.

Aquel tiempo donde la mejor muerta era recibir una bala en la frente, mientras se lideraba una carga de caballería, blandiendo el sable, borracho de gloria, sin que fuera posible darse cuenta de que se caía en los brazos de la muerte.

Mientras que yo, sólo y aparte en esta sociedad, amo el día y la luz, los mares tranquilos, las apacibles montañas, los inmensos bosques, los cielos azules, las frescas mañanas y las tardes eternas.

Dejar pasar la vida hasta el momento de la muerte, sin emociones, sin sobresaltos. Contemplando el espéctaulo del mundo, admirando su belleza, sin que nada más me fuera preciso para ser feliz.

Yo, el llamado romántico, no soy más que un vulgar neoclásico.

Tratando de encontrar orden en el desorden, cuando sé que no existe, huyendo de la confusión, mientras lo otros la anhelan, se sumergen, se arrojan en ella.

Convertido en un vagabundo. En un paria. En un desclasado y un rebelde.

Cuando lo que quisiera ser es todo lo contrario.