domingo, 7 de marzo de 2021

Décadas de superhéroes (y II)

En una entrada anterior, les había comentado los buenos recuerdos que guardo de Batman, the Animated Series (1992-1995, Bruce Timm, Paul Dini, Mitch Brian), así como la pequeña decepción que me he llevado al revisarla ahora. Por razones obvias, en su pase televisivo original no llegué a ver todos los episodios, así como acabé perdiéndome las dos películas que sirvieron de colofón a la serie. Pues bien, ambos films han servido para quitarme el mal sabor de boca que me había quedado, en especial Batman: Mask of the Phantasm, dirigido por Eric Radomski y Bruce Timm en 1993. Ninguno desmerece a la serie original, sino que profundizan en las características que la hicieron única, además de corregir bastantes de sus defectos. En gran parte, por tratarse de historias autoconclusivas que no precisan haber seguido la serie, fuera de un conocimiento básico sobre sus personajes y relaciones.
 
Ya saben que, frente a los Batman kiosco rodados por Tim Burton en los ochenta, Batman: TAS retornaba a los modelos del cine negro de los cuarenta: tanto en sus historias rebosantes de ambigüedad, patetismo y fatalismo, donde el destino decidía quién era malvado y quién no, así como en un estilo visual expresionista, al que sólo traicionaban las estrecheces de presupuesto. Resultaba sorprendente -y encomiable- que fuese una serie de animación la que esbozase a un Batman destinado a un público adulto, mucho antes de que Nolan y similares se vanagloriasen de haber obrado un cambio de paradigma. Ese cambio, tan atractivo y sugerente, en la imagen de Batma es especialmente visible en Mask of the Phantasm, donde el superhéroe se haya sumido en una profunda crisis existencial.

Una crisis que se expresa en la consciencia de su fracaso, en la inutilidad de la misión justiciera sobre las que ha construido su vida. En primer lugar, durante gran parte del metraje, los malvados no responden a la galería de excentricidades a las que nos ha acostumbrado el cómic. Se trata de meros bosses de la mafia, que han seguido desempeñando sus acciones delictivas sin verse afectados por la acción del vengador enmascarado. De hecho, la aparición del Joker a mitad del metraje, como personaje secundario y casi a la fuerza, servirá para ofrecer la explicación más lógica a sus orígenes que yo recuerde: el salto de un miembro de esta misma mafia, confeso y sin remordimientos, a un nivel superior.

De manera adicional, la película ofrece una visión de lo que Bruce Wayne, en su personalidad de Batman, podría haber llegado a ser si las cosas se le hubieran torcido. El Phantasm al que se refiere el título no es sino otro vengador similar al de Batman, su reverso tenebroso que no tiene reparos ante la eliminación física de criminales. Esa similitud entre Batman y Phantasm ahonda la crisis existencial de Batman que enhebra toda la película y le conduce a tomar una decisión ambigua, amoral, en clara contradicción con su rectitud inquebrantable, reiterada una y otra vez durante la serie.
 
La película consigue así algo muy difícil, humanizar a un personaje que resulta astragante por su moralidad sin fisuras, pero sin caer en la demonización -o ensalzamiento protofascista- que palpita tras la versiones de Miller y Nolan -sin que esto suponga hacer de menos sus virtudes artísticas- . Una cercanía al espectador que se subraya con los frecuentes flasbacks a un pasado en el que Wayne aún no era Batman, o al menos no el vengador perfecto e intocable que éste encarna. Un tiempo añorado en que aún lucía el sol y había esperanza en el futuro. Un tiempo feliz donde el Wayne justiciero aún fracasaba en la mayoría de sus aventuras, pero por ello mismo no se había convertido en el solitario asocial que luego devendría.

Un tiempo mucho más luminoso, que Wayne-Batman contempla con nostalgia, si sólo porque en el fue posible el amor.

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