martes, 23 de agosto de 2016

Silencios (III)






























En la entrada anterior, les comentaba que Sud (Sur, 1999), el documental de Chantal Akerman sobre la discriminación en los estados del sur de EEUU, no acababa de cuajar. Todo lo contrario ocurre con De l'autre côte (Al otro lado, 2002), aproximación al problema de la inmigración mexicana en los EEUU, que en mi opinión es una obra redonda y completa. Y el caso es que no sé muy bien por qué, ya que ambas comparten la misma estructura, una oposición entre largos planos exploratorios - o contemplativos - y largas entrevistas donde las declaraciones de los entrevistados no son interrumpidas por preguntas. Ni siquiera por las más necesarias.

Hay que hacer un aparte, antes de continuar. Porque este documental trata de un tema de actualidad, aunque sólo sea por los airados parlamentos del candidato republicano a la Casa Blanca, Donald Trump, quien propone construir una muralla de China en la frontera de México y expulsar a todos los ilegales del país. Con el país fronterizo pagando todos los gastos, por supuesto, que no está el tesoro americano para bollos. Sin embargo, esta actualidad del documental es falsa, o más bien lo que no es nuevo es el problema, porque entre estos exabruptos políticos y el documental de Akerman median 14 años, e incluso en aquel entonces el problema de la inmigración no era reciente, sino normal y cotidiano, como quedó reflejado en películas como Río Abajo (1984, Luis Borau).

La emigración mexicana es por tanto una constante en la vida de ambos países, una elemento estructural alrededor del que se ha construido la vida de esos países, hasta convertirse en un negocio más que rentable. Lo único que ha cambiado es que cada vez es más difícil y peligrosa, puesto que las pocas rutas que aún quedan abiertas son las que obligan a atravesar desiertos y mares. Como nos muestra el documental, los muros, las patrullas y las persecuciones, la caza sin piedad del ilegal, no son invento de Trump, ya existían desde hace decenios, y lo único que este energúmeno pretende es llevar este sistema, parcial y oficioso, a una perfección completa. Un endurecimiento que en realidad no servirá para nada puesto que uno de los motores de la economía estadounidense, como en Europa, es la mano de obra barata que se obtiene de la miseria y la necesidad de estas personas forzadas a emigrar. Se culpabiliza así a los necesitados mientras que se tolera que se enriquezcan las mafias y que aumente, día tras día, el número de los muertos que se quedan por el camino.

Este via crucis, el de todos los que emprenden el camino del norte sin saber si se quedarán en él, es descrito de manera muy sentida por Akerman, quien realiza en imágenes el mismo tránsito que los propios ilegales. No esperen, sin embargo, un documental al uso, que intente llevar a las cámaras el sufrimiento y las penalidades de ese viaje, convirtiéndose en pornografía comprometida. Esa forma es ajena al pudor y el respeto, también a la profunda timidez, casi desconexión autista, de una directora como Akerman. Lo que ella intenta es que poco a poco vayamos descubriendo lo que significa ese extrañamiento a la que se ven sometidos los emigrantes, la ruptura que supone abandonar los tuyos y adentrarse en terrenos desconocidos, donde tanto la naturaleza, los desiertos inmensos de la frontera entre México y EEUU, como las personas, aduaneros, traficantes, granjeros, son tus enemigos, buscan aprovecharse de ti o acabar contigo. Contigo o con tus esperanzas.

El documental adopta así dos puntos de vista, opuestos, pero complementarios. El retrospectivo, formado por los relatos de los que quedaron atrás, esperando que los suyos tuvieran éxito en el cruce, pero sólo recibieron noticias confusas de su muerte, tan vacías en su concisión como las de los caídos en la guerra. Un punto de vista que poco a poco se va trasladando al de todos aquéllos que intentaron el paso, pero fracasaron, para ser devueltos a México o acabar en reformatorios y cárceles del paraíso que pensaban les acogería. Movimiento de norte a sur en la película, remedo del de los propios emigrantes, que se completa con el testimonio de los "otros", los granjeros que ven pasar por sus propiedades las interminables columnas de los ilegales, los "sheriffs" que se ven situados, por así decirlo, en primera línea de fuego. Porque así, y no de otra manera, es como se ve desde EEUU este problema, o al menos así lo ven los directamente afectados, como una invasión a la que hay que responder con medios militares.

La situación ha evolucionado, por tanto, a una en que el problema político entre dos países se ha transformado en un conflicto entre individuos. Como bien dice el Sheriff de un pueblo fronterizo de Arizona, el afán del gobierno por cortar la emigración derivándola hacia territorios hostiles, los desiertos de ese estado y el vecino de Nuevo México, sólo ha servido para enconarla y exacerbarla. Para aumentar el número de víctimas a causa de la dureza del desierto y la enemistad de los habitantes locales, imbuidos aún por la mística de un oeste donde las tierras y las posesiones deben ser defendidas por uno mismo, a punta de pistola. Donde se dispara, antes de preguntar

Sin embargo, sólo con ese punto de vista, el de lo narrado y recordado, el documental se quedaría cojo, no dejaría de ser algo externo imaginado, que no nos atañe. Necesitamos ver, ese es el segundo puntal de la obra, pero no en el sentido intervencionista y representacional tan típico del documental de denuncia comprometido. No, de lo que se trata, al estilo de Akerman, es que recorramos los lugares por donde tuvieron - y en este caso tendrán - lugar los hechos. Que cobremos consciencia de su extrañeza, de su absurdo e injusticia. Que veamos los muros interminables que separan dos países, única visión de los barrios que han crecido a su sombra, presencia constante y determinante entre sus habitantes. Que observemos las inmensas soledades por donde deben aventurarse los ilegales, sin referencias ni caminos, fuera de los carteles que advierten de que los que allí se adentran serán tratados sin piedad, puesto que la ley así lo ordena.

Un camino hacia el norte que se descubre sin destino ni final. Porque éste viene a entroncar con la de las obsesiones central de Akerman, enconada por la experiencia de estas personas: lo fácil que es perderse, decidir que ya se ha tenido suficiente, que no se puede aguantar más, que más vale torcer a un lado y desvanecerse en la obscuridad.

Sin dejar huellas. Sin siquiera avisar a los que amas y que te aman a su vez.