martes, 16 de agosto de 2016

Palabras Dolorosas























Viendo Kokoro ga Sakebitagatterunda (2015, Anthem of the Hearth en inglés o El corazón quiere gritar en traducción literal) era patente que su base narrativa estaba compuesta por clichés. Allí teníamos la habitual ambientación en el instituto, que sirve tanto para el constumbrismo como para la ciencia ficción; la no menos manida división el tiempo fílmico de acuerdo con el calendario escolar en festivales, exámenes y vacaciones; los típicos conflictos juveniles con personalidades reducidas a unos pocos tipos estereotipados; la consabida historia de superación que remite al mito de una edad de oro identificada con la juventud vital y esperanzado.

Sin embargo, aún partiendo de este material deleznable es posible realizar buenos filmes, incluso notables. Éste es el caso de Kokoro ga Sakebitagatterunda, que consigue elevarse sobre estos estereotipos para contar su propia historia. Para hacernos creer, de vez en cuando, y a pesar de su inevitable final feliz, que estamos contemplando una historia nueva y original, sin paralelos ni referencias.

Parte de ese éxito se debe a una característica típica del anime, sorprendente para nuestra mirada occidental: el tratamiento del cuento y del mito. La victoria del postmodernismo en nuestras sociedades ha hecho imposible que miremos estas narraciones, mucho menos que las contemos, sin dejar bien de manifiesto que no creemos ya en ellas. Si la utilizamos como material artístico es simplemente para realizar un ejercicio de ironía y desencanto, como es propio hacer con aquello que ya no tiene influencia ni importancia en nuestra vida diaria. 

Sin embargo, el anime aún es capaz de encontrar el aliento y el ritmo propio de la manera popular de narrar esas historias, sin que esto las torne anticuadas, sino al contrario, actualizándolas y modernizándolas. Sabe, de forma inconsciente, que el mito, la leyenda y el cuento son herramientas especialmente efectivas a la hora de transmitir lecciones morales. Su inocencia y falta de pretensiones, propias de narraciones destinadas a la infancia, permiten transplantar los conflictos a mundos imaginarios donde las normas de la realidad no tienen aplicación, donde reinan la magia, el milagro y lo maravilloso, pero también lo terrible y destructor. Una libertad que hace brillar con más fuerza esos contenidos, mientras que su ambientación en lo cotidiano quebraría su efecto ilusorio, incitando nuestra sorna y desprecio.

Esa elección de mundos imaginarios no significa una atenuación del mensaje moral, de su dureza, seriedad e irreversibilidad. Al contrario que nuestras sociedades asépticas y protectoras, donde se evita que los niños conozcan el mal y la desgracia, ambos conceptos, unidos al de la crueldad y la injusticia, están presentes en todo mito, leyenda o cuento. De hecho, podría decirse que son esenciales a ellos, puesto que su labor educativa consiste precisamente en indicarnos donde se esconden los peligros, quienes pueden amenazar allí nuestras vidas.

Así, Kokoro ga Sakebitagatterunda, como todo buen cuento de hadas, se construye sobre una dinámica de retiro y retorno, de pérdida y reconquista. Retiro y pérdida porque el inicio de la historia es la destrucción del mundo idílico en el que vivía el protagonista hasta entonces - ilustrado por ese castillo de fábula en el punto más alto de la ciudad que en realidad es un refugio para relaciones ilícita - y con su destierro a un exilio interior que le coloca fuera del ámbito de la sociedad y de sus semejantes. Retorno y reconquista cuya narración constituye el resto de la película, dolorosa y plena en calamidades, puesto que el infierno puede llegar a ser considerado como el hogar y el abandonarlo, perder la frágil seguridad de que allí se goza, parecer la peor de las condenas.