jueves, 18 de agosto de 2016

Silencios (II)


















Les había hablado ya de la radicalidad de D'Est (Del Este,1993) de Chantal Akerman, viaje sin palabras por los países del antiguo bloque del este, apenas caído el comunismo. En ella, la nueva situación política venía reflejada por abarrotadas salas de esperas, calles y paisajes desolados, multitudes que vagaban sin destino. Mejor dicho, gentes errantes de las que no sabíamos a donde iban o que esperaban, porque D'Est es también una crónica del aislamiento y la soledad. Del inmenso abismo creado por el idioma que nos separa de los habitantes de cualquier país que visitamos.

Sud (Sur, 1999) es más locuaz en su exposición, puesto que trata de exponer y comprender un repugnante suceso criminal sucedido en un pueblo del sur de los EEEUU, en ese Bible Belt donde el odio racial puede estallar en cualquier momento.  En concreto, el asesinato de un hombre negro por parte de unos jóvenes blancos exaltados sin que hubiera una razón objetiva para ello. Ninguna aparte de que la víctima tenía por costumbre pasear por una barriada blanca y sus asesinos decidieron poner término a ello, para así aterrorizar a la población negra y que no se atrevieran a salir de sus ghettos. En su acto criminal, no se limitaron a darle una paliza hasta que perdió el sentido y dejarlo por muerto, como hubiera sido de esperar, sino que luego le ataron al parachoques del coche y le arrastraron por las barriadas negras, hasta que su cadáver quedó desmembrado y esparcido por el camino.

Este material de partida podría haberse prestado a un tratamiento tradicional, que buscase reconstruir fielmente los hechos y trazar sus causas partiendo de los testimonios de testigos, familiares de la víctima y los perpetradores, ellos mismos y las autoridades del lugar. Sin embargo, Akerman elige un camino muy distinto, muy propio de ella y de la variante experimental del documental, próxima incluso a las soluciones de otro gran nombre de este mismo género, como James Benning. Se trata no tanto de contar y narrar, enfocando directamente el desarrollo de la película en el hecho que se supone central, como de proceder primero a un ejercicio de aclimatación al entorno en que tuvieron lugar esos mismos sucesos. Escuchar las vivencias cotidianas de los habitantes de ese lugar concreto, de ese momento preciso, sin interrumpirles con preguntas, distraer la mirada fijándose en detalles o quebrar sus declaraciones mediante el montaje. Al mismo tiempo, la cámara de Akerman nos acompaña en largos paseos silencios por las barriadas donde donde habitan los protagonistas, tanto víctimas como perpetradores, único medio, tenue y lejano, pero sincero, de recrear en nosotros la sensación de estar allí.

Es un método lento, moroso, desconcertante y desesperante, de empezar una película y de ilustrar unos hechos. Lejano y opuesto a las maneras tradicionales, tan pendientes y sujetas a capturar la atención del espectador, pero el único realmente sincero y honesto, veraz y riguroso, puesto que impide que el horror del crimen tiña y distorsione nuestra visión de ese lugar y esas gentes. El efecto conseguido es el contrario, ya que el acento narrativo se sitúa en la normalidad de esas vidas anónimas, en las muchas humillaciones y discriminaciones que aceptan como naturales, como propias de su existencia. De esa manera, y de forma paradójica, el hecho sensacional de ese crimen racista con ensañamiento resulta al mismo tiempo lógico y previsible, al ser testigos de la tensión acumulada. Aún más espantoso y excepcional, debido a su absoluta irracionalidad y a la naturalidad con que se acepta o disculpa, dependiendo de quien lo presencie y narre.

El enfoque de Akerman es así valiente y necesario, personal e independiente, pero también fallido en cierta manera. Algo, no sé muy bien decir qué, impide que Sud sea más que una película interesante fuera del tema que trata, ése racismo que nunca acaba de desaparecer por mucho tiempo que transcurra y muchas reformas políticas que se emprendan. Y ése algo que no sé identificar me preocupa, porque no sé si el fallo está en las secuencias mudas, esos largos paseos por el escenario de los hechos, o en las largas entrevistas sin preguntas que poco a poco van aproximándose a los detalles del crímenes. Hay un desequilibrio, una ausencia, un exceso que acaba por lastrar y malograr la película.

Un error en la proporción que la propia Akerman debió de percibir. Porque en su siguiente documental, De l'Autre Côte (Al otro lado, 2002) la misma mezcla, los mismos métodos, las mismas estrategias, sí dieron lugar a una película mayor, como ya veremos.