sábado, 27 de agosto de 2016

Silencios (IV)






















Ya les había hablado de la tendencia hacia la soledad y el aislamiento que recorre casi toda la obra de Chantal Akerman. Por lo que sé - o más bien intuyo - esa inclinación tiene raíces personales y es tanto más perceptible cuanto más personales y autobiográficos son los temas de sus películas. Especialmente, por tanto, en documentales como Lá-bas (Allí abajo, 2006) que narra la estancia de varias semanas de la directora en Tel-Aviv. 

No me queda claro qué fue a buscar Akerman a esa ciudad de Israel. Lo que si es patente, según el relato narrado por ella misma que acompaña las imágenes de la película, es que apenas llegada a ese país se enclaustró en el piso de alquiler que había contratado y permaneció allí casi toda su estancia. Sin apenas relacionarse con nadie, excepto para responder las múltiples llamadas de teléfono que recibía de amigos y conocidos, tanto de su patria de origen como del país en el que estaba de visita. Sin salir tampoco del piso que se había convertido en su celda, excepto para reponer sus escasas provisiones, comprar cigarrillos o pasear a solas por la playa. 

Lá-bas es, por tanto, un diario en imágenes de ese tiempo de encierro, pérdida y extravío, al igual que News from Home (1977) lo fue de una estancia no menos similar en Nueva York. Sin embargo, en esta otra película la narración era por intermediarios - las cartas que le escribía su madre -, mientras que las imágenes que veíamos eran de lugares públicos, estaciones de metros, avenidas sin fin que cruzaban todo Manhattan. Aquí, sin embargo, la voz es de Akerman y el punto de vista es mucho más estricto, angosto, incluso asfixiante. Nos vemos forzados a mirar siempre desde dentro del piso alquilado, hacia las fachadas imperturbables de las casas que lo rodean, hacia los vecinos que desarrollan su vida sin saber que les estamos observando.

Esa mirada, a la vez de prisionero y de espía, de mirón y de notario, es especialmente turbadora. Por una parte, todos somos como esas personas que son contempladas sin saberlo. Consideramos nuestras casas como refugios, espacios inaccesibles a salvo de cualquier intromisión, donde podemos comportarnos como nos apetezca, sin tener que rendir a cuentas a nadie. No es así, nunca lo ha sido, nunca lo será, a menos que renunciemos a acercarnos a las ventanas, bajemos las persianas por completo sin volver a levantarlas, o mejor, aún tapiemos los huecos por entero. En cualquier otro caso, siempre estaremos expuestos a la mirada de los otros. Y a su juicio, siempre condenatorio.

Por otra parte, eso es precisamente lo que hace Akerman; aislarse, encerrarse, borrarse del mundo. Si bien ella observa las acciones de sus vecinos, pone todas las precauciones para tornarse invisible, indetectable. No solo frente a ellos, sino también frente a nosotros, los espectadores de su película, puesto que en ningún instante la veremos frente a la cámara, como si el piso estuviera completamente vacío y nadie hubiera ido a ocuparlo. La única prueba de que no es así, de que realmente allí dentro hay una persona viva, son sonidos vagos, sordos, precisamente los que traicionan en nuestra vivienda, que tras la pared, o al otro lado del techo, o bajo nuestros pies, hay otra persona viva.

Sonidos normales, sin significado aparente, pero característicos y acusadores, a los que se une esta vez la propia voz de Akerman como narradora, al contrario que en News From Home. Palabras que callan lo esencial, pero cuyas omisiones son estentóreas, porque se percibe en ellas la incapacidad de vivir en otra parte que no sea el lugar la origen, la imposibilidad de reconstruir en esa tierra lejana una vida normal. La dependencia de lo que se dejo atrás y de lo que se encontró al llegar, el miedo a que una vez rotos todos los vínculos, agotadas todas las reservas, materiales y espirituales, no que quede otro camino que desaparecer definitivamente, sin dejar rastro ni recuerdo.

Miedos que también son los míos y que temo que jamás podré disipar, mucho menos vencer.