sábado, 20 de agosto de 2016

Leyendo a Camus (III): Caligula

CALIGULA: Tu as raison. Je voulais seulement savoir si tu pensais comme moi. Couvrons-nous donc de masques. Utilisons nos mensonges. Parlons comme on se bat, couverts jusqu'à la garde. Cherea, pourquoi ne m'aimes-tu pas ?
CHEREA: Parce qu'il n'y a rien d'aimable en toi, Caïus. Parce que ces choses ne se commandent pas. Et aussi, parce que je te comprends trop bien et qu'on ne peut aimer celui de ses visages qu'on essaie de masquer en soi. 
CALIGULA: Pourquoi me haïr ?
CHEREA: Ici, tu te trompes, Caïus. Je ne te hais pas. Je te juge nuisible et cruel, égoïste et vaniteux. Mais je ne puis pas te haïr puisque je ne te crois pas heureux. Et je ne puis pas te mépriser puisque je sais que tu n'es pas lâche.
CALIGULA: Alors, pourquoi veux-tu me tuer ?
CHEREA: Je te l'ai dit : je te juge nuisible. J'ai le goût et le besoin de la sécurité. La plupart des hommes sont comme moi. Ils sont incapables de vivre dans un univers où la pensée la plus bizarre peut en une seconde entrer dans la réalité - où, la plus part du temps, elle y entre, comme un couteau dans un cœur. Moi non plus, je ne veux pas vivre dans un tel univers. Je préfère me tenir bien en main. 

Albert Camus, Caligula

CALIGULA: Tienes razón. Sólo quería saber si pensabas como yo. Pongámonos entonces las máscaras. Hagamos uso de nuestras mentiras. Hablemos como si nos batiésemos, protegidos hasta la cabeza. Querea: ¿Por qué no me amas?
QUEREA: Porque no hay nada que amar en tí, Cayo. Porque eso no se ordena. Y asímismo, porque te entiendo demasiado bien y no se puede amar a quien muestra el rostro que uno mismo intenta ocultar.
CALIGULA: ¿Por qué me odias?
QUEREA: En eso te equivocas, Cayo. No te odio. Te considero dañino y cruel, egoísta y vanidoso. Pero no te puedo odiar porque no creo que sea feliz. Y no puedo despreciarte porque sé que no eres un cobarde.
CALIGULA: Entonces ¿Por qué quieres matarme?
QUEREA: Ya te lo he dicho, te considero dañino. Amo y necesito la seguridad. La mayor parte de los hombres son como yo. Son incapaces de vivir en un mundo donde el pensamiento más extraño puede hacerse realidad en un segundo - donde entre, la mayoría de las veces, como un cuchillo en el corazón. Yo tampoco quiero vivir en ese universo. Prefiero tenerlo todo controlado.

En Caligula, Camus continúa su investigación sobre qué significa vivir en un mundo que es esencialmente absurdo y donde el único acto consecuente es aceptar ese mismo absurdo, seguir sus reglas, convertirlas en las tuyas. Negar, en definitiva, el efecto deletéreo de ese absurdo sobre nuestra persona y nuestras acciones, convirtiéndose en su agente para luchar contra él usando sus propias armas. Caligula, no obstante, es también una obra de combate, escrita en tiempo de guerra como acto de resistencia contra la ocupación nazi. Porque en ella de lo que se trata es del uso arbitrario del poder, de su utilización sin límites, cortapisas o miramientos. En este caso, por un exponente de ese tipo de hombre absurdo con el que había teorizado en las obras anteriores.

Esa intencionalidad política es manifiesta desde un principio, puesto que ese uso ilimitado del poder lleva inevitablemente al abuso, el exceso, la arbitrariedad y el crimen. Su conclusión es la dictadura, el totalitarismo y el terror organizado, independientemente de los justas y necesarias que fueran las intenciones de partida. Sin embargo, aquí se detienen la similitudes entre la ocupación nazi, cuyas acciones, por definición, no se sometían a ley alguna excepto las que permitieran mantenerla mediante el terror, con la denuncia en la ficción de ese uso ilimitado de la fuerza, el poder y la violencia. Porque Caligula, el protagonista de su tragedia, es un personaje tan humano como cualquiera de nosotros. 

Sometido al sueño de la fe y la esperanza. A los errores y desilusiones que se derivan de querer hacer realidad sus ideales.
Esta disociación del tiempo presente y del tiempo de la ficción es producto en parte de esa misma ocupación que se pretende denunciar. Un ataque más directo - o más explícito - no habría sido tolerado por las autoridades militares alemanas, así que todo escritor se veía obligado a tornarse vago e universal, refugiándose en un mundo de mitos y fantasías, de historias que por su ubicuidad parecieran inocentes, de forma que en caso de peligro siempre se pudiera invocar su significado primigenio... o el consagrado por el uso.

Tal era el caso, por ejemplo, de la Antígona de Jean Anouilh, y así ocurre también con este Calígula, personaje histórico famoso por su locura y el modo absoluto en que ésta se expresó en sus actos de gobierno, hasta que ellos mismos le llevaron a ser asesinado. Sin embargo, ese distanciamiento forzado por las circunstancias, e incluso la misma denuncia política oculta bajo él, se explican también por la tendencia de Camus a llevar su pensiamiento a un nivel superior, a hablar de problemas que se salgan del estrecho marco de unos sucesos concretos y determinados. Obsesión afortunada, puesto que torna sus obras en algo más que productos de circunstancias y consigue que se sigan leyendo.

Porque el problema es que este totalitarismo - y esa arbitrariedad del poder absoluto - que se denuncia en la obra no obedece a maldad, ni siquiera a locura. Calígula, por el contrario, está preocupado por la felicidad de sus súbditos, mejor dicho, porque estos no sean felices ni puedan llegar a serlo, tal y como está organizado el mundo. Los ve atados a multitud de actos sin sentido, se llamen éstos fama, riquezas, honor, poder o prestigio, y pretende que despierten de ese sueño para vivir vidas auténticas, vidas de auténticos hombres. El método para conseguir ese objetivo es el de mostrar de manera innegable las incoherencias e inconsistencias de nuestra vida diaria, llevando sus acciones habituales, sus justificaciones y sus objetivos, hasta su última conclusión lógica, sea o no sea absurds.

Caligula pretende así hacernos conscientes del absurdo de la existencia, utilizando para ello ese mismo absurdo, convirtiéndose al mismo tiempo en su agente y nuestro salvador. En esa tarea liberadora que debería acercarnos a la felicidad fracasa, sin embargo, lamentablemente. No sólo porque la humanidad no desee ser despertada, porque vivamos más a gusto, como dice Querea, protegidos por nuestros ensueños y asesinemos a quien pretenda disiparlos. No, el problema es que toda transformación, toda auténtica modificación de la realidad, implica lucha y combate, por tanto, víctimas y crímenes. Que no estarán sólo entre nuestros enemigos, sino que se llevarán por delante a nuestros aliados y simpatizantes. Incluso a aquéllos que eran neutrales y nos miraban con simpatía... especialmente a quienes les desgarraba ver como marchábamos sin titubeos hacia la destrucción.

Al final nos quedaremos solos. A merced de todo el odio que hemos concitado. Sin nadie que nos defienda.