jueves, 19 de febrero de 2015

Penumbras Morales (y 3)

















En mis análisis anteriores de Le dernier des Injustes (2013), el (pen)último epílogo que Claude Lanzmann ha añadido a su Shoah (1983) quedaba siempre una pregunta por responder: ¿Cómo debemos juzgar a Murmelstein, el injusto? En mi descargo, debo decir que Lanzmann tampoco sabe muy bien como resolver ese problema, salvo que al final, debido a la simpatía que siente por las víctimas del holocausto, por su propio pueblo, acaba por absolverle de cualquier responsabilidad que pudiera tener.

Desde un punto de vista objetivo, desapasionado, la situación no debería tener mayores complicaciones. Estos injustos, los dirigentes de los consejos que los nazis crearon en cada Ghetto o  comunidad judía, fueron colaboradores más o menos voluntarios, más o menos conscientes, de los nazis, de manera peligrosamente similar a los muchos europeos de derechas que recibieron al nazismo con brazos abiertos tras la conquista de sus países. En ese sentido, su acción fue decisiva a la hora de facilitar el exterminio de su propio pueblo, ayudando a mantener tranquila la población, preparando las listas de deportados e incluso colaborando en el traslado de los seleccionados. Un proceso en el que algunos de estos injustos se ensuciaron incluso más, al utilizar esos métodos de esclavitud y exterminio para su propio beneficio y enriquecimiento, abriendo la puerta a la corrupción y al favoritismo, aunque fuera mediante las muertes de sus correligionarios.

No les aprovechó para mucho, ya que una vez que cumplieron su misión, los nazis los metieron en el último tren hacia los campos de exterminio, si no los habían eliminado antes para substituirlos por personas más acomodaticias, serviles incluso. Se podría hablar de justicia poética, de bien merecido castigo, pero estaríamos cayendo en una fácil simplificación del asunto, ya que se suele olvidar que en los países del este de Europa, la existencia de esos consejos judíos era habitual, un hecho consagrado por la constumbre, como medio natural y sencillo de poner en contacto a una comunidad religiosa con los organismos del estado.

La restauración de los ghettos y de los consejos judíos no debió parecer por tanto nada fuera de lo ordinario a la población de esos países, ni anunciar el cataclismo que se avecinaba, especialmente si se tiene en cuenta que la historia del pueblo judío había sido la de periodos de tranquilidad separados por violentas persecuciones. El dominio nazi, por tanto, no era sino una de esas fases destructivas a las que se podía sobrevivir con las armas tradicionales: sumisión y negociación. Lo que no sabían estos injustos, ni los judios, ni el mundo entero, es que los nazis no se conformarían con arrebatarles los derechos, hacinarles en los ghettos y someterles a desnutrición. Su objetivo final era la eliminación de los hebreos en el área germana, y si no podían hacerlo mediante la deportación, lo conseguirían mediante el exterminio.

De esa manera, las buenas intenciones de estos injustos se vieron enfrentadas a unas exigencias que no tenían fin. Pronto ya no se trató de ceder en lo accesorio para mantener lo esencial, se trataba directamente de sacrificar a parte del pueblo para salvar al resto. Un proceso de amputación autoinfligida en el que se comenzó por los elementos menos útiles de la comunidad: ancianos, débiles, pobres, para extenderlo luego a enemigos políticos o los que no podían pagar su remisión, y concluyó con que ya no quedaba nadie más con quien aplacar a los asesinos, excepto los propios colaboradores. Una lenta progresión que asímismo estaba en consonancia con los métodos nazis de utilizar a las víctimas como verdugos de sus propios compañeros, permaneciendo así con las manos limpias y demostrando de paso la razón de sus designios de exterminios, ya que personas capaces de cometer esas bajezas contra los suyos no podían ser otra cosa que infrahombres, elementos nocivos que había que eliminar sin misericordia.

No es de extrañar que, llegado el momento, muchos de estos injustos decidieran acabar con su vida, incapaces de colaborar un instante más o que, en una última pirueta, decidieran ser los últimos en perecer, vivir a lo grande esos últimos días, abandonando completamente cualquier tipo de consideraciones morales.Extremos y destinos que podrían servirnos para salvar a unos, condenar a otros.

Muy bien ¿Pero dónde queda Murmelstein en todo esto? Él procedía de una de las comunidades más integradas de toda Europa, la austriaca, en donde los usos de antaño se habían transformado en auténticas antiguallas, impropias de un mundo moderno e ilustrado. No ayuda tampoco a su defensa que la fecha en que Murmelstein se convirtió en un injusto fuera muy temprana, 1938, y que por su relación especial con uno de los arquitectos del exterminio, Adolf Eichmann, hubiera tenido tiempo más que de sobra para descubrir el juego de los nazis. Tampoco contribuye a aclarar la situación el hecho de que el testimono de Murmelstein es claramente apologético - ¿podía serlo de otra manera? - en el que se destacan sus supuestos logros, la emigración de los judios austriacos y la preservación del ghetto de Theresienstadt, mientras que se ocultan sus fracasos, el expolio de esos mismos emigrantes, las sacas continuas con destino a Auschwitz que tenían lugar en Theresienstadt.

Como bien señala Lanzmann, la persepectiva de Murmelstein es la de un ingeniero, un tecnólogo, un burócrata - casi como su némesis Eichmann - que sólo ve los aspectos organizativos de sus decisiones, pero no los costes humanos. Un testimonio, el suyo, donde la realidad del holocausto, su horror queda difuminado y desdibujado, mientras abundan las contradicciones con los presentados por otros testigos. Un relato en fín, que si procediera de uno de los auténticos asesinos, lo consideraríamos completamente condenatorio, sin eximentes.

No en este caso, o al menos, no para Lanzmann, quien no puede quitarse la idea de que este hombre, este injusto, a pesar de las muchas sombras que envuelven su figura, es también una de las víctimas. Alguien que en vez de estar aquí, hablando ante nuestros ojos, podría haber quedado convertido en un puñado de cenizas tras un corto viaje a Auschwitz