sábado, 21 de febrero de 2015

En círculos (y III)

"Das sind Delirien des Liebeshungers" sagte Ulrich " die mit der Sattigung vergehen"

"Ésos son delirios del hambre de amor" dijo Ulrich " que se pasan con satisfacerla"

El Hombre sin atributos, Robert Musil

En unas semanas de lectura - de lento avance a través del complejo alemán de Musil - mi idea de lo que iba a escribir en esta entrada ha dejado de tener validez. Digamos que el desarrollo interno de la novela, los giros e incidentes que casi había olvidado, ha trasformado los signos que creía ver desarrollarse en realidades muy distintas a las que pensaba.

Como recordarán, el núcleo dramático de El hombre sin atributos es la irreconciliable discordancia entre lo que desearían ser los protagonistas y lo que realmente son. Cada uno de ellos ha sido educado para devenir un genio, de la misma categoría y a la misma altura de los que supuestamente le precedieron, pero en realidad no cesan de dar vueltas en círculos, sin que sus ideales, ni la labor con la que desean plasmarla, les conduzca a parte alguna, como no sea repetir los mismos rituales estériles que les aprisionan y constriñen.



La tragedia compartida por todos esos personajes es precisamente el descubrimiento de ese fracaso personal y social. El ideal con el que sueñan no puede ser plasmado, completado, precisamente por su hallarse situado en un mundo que no es el sensible, aquel en el que habitamos y actuamos, so pena de dejar de ser ideal si se transforma en real, de perder toda capacidad transformadora, metamórfica, liberadora y revolucionaria.

Ante este problema, cada vez más insoslayable, cada vez más urgente en su necesidad de resolución, los personajes toman el camino de exacerbarlo, de exigir y exigirse la consecución de ese destino a cualquier precio. El resultado es el bloqueo, el impasse, la parálisis, bien en la forma del año sabático que se ha impuesto así mismo el propio hombre sin atributos para encontrarse a sí mismo y darse una misión, un destino - y si no, eliminarse de ese mundo en el que no tiene cabida -, o bien en la forma de la negación, del rechazo de cualquier otro deseo, por muy necesario que sea, por muy innegable, inevitable, inseparable de lo que es, de lo que se debe ser, que esas pulsiones sean.

De ahí esas locuras provocada por el hambre de amor, de la necesidad inextinguible hacia la consumación física del mismo. Hambre que no es tal, sino ayuno mortificante, impuesto como castigo ante esas ideas indignas que nos desvían del ideal puro y etéreo que no debemos traicionar. Sacrificios rigurosos a los que nosotros mismos nos condenamos, que sólo llevan a la desesperación, a la autodestrución, al descarrilamiento de nuestra personalidad, cuando sería tan fácil aplacarlos y satisfacerlos.

Ich schlage also als erstes vor: Versuchen wir einander zu lieben, als ob Sie und ich die Figuren eines Dichter wären, die sich auf den Seiten eines Buchs begegnen.

Como primer paso le propongo esto: Intentemos amarnos el uno al otro como si Ud. y yo fuésemos las creaciones de un poeta que se encuentra en las páginmas de un libro.

Sencillo ¿No es cierto? Y sin embargo, nuevamente se nos cruza el ideal por medio. Los personajes de Musil - y nosotros sus lectores, con ellos - somos hombres de letras. Seres humanos a los que  nuestra lecturas, esas letras heredadas, nos han hecho concebir el amor de una manera precisa y determinada, que en el caso de la cultura occidental no puede - o no podía  - estar más lejos que la simple y sencilla satisfacción de nuestros apetitos.

Ese amor romántico es encuentro entre almas, plenitud, liberación, eternidad. Sueño, en otras palabras. Reflejo de algo que no existe y no existirá. Lugar y término al que ningún camino nos llevará y que si nos embarcamos en su búsqueda, no nos reportará otra cosa que decepciones y frustraciones. Porque los otros seres humanos no son estatuas talladas por un escultor de la Grecia clásica, ni conceptos supremos y cristalinos definidos, descritos y precisados por la mente de un filósofo.

Toda persona es demasiado parecida a nosotros mismos. Con sus puntos ciegos, sus manías, sus temores y sus furores. Alguien que también puede pensar, tan equivocadamente, que nosotros podríamos ser su salvador, cuando ni siquiera sabemos encontrar nuestro propio camino, ni un pequeño remanso de paz o tranquilidad. No es de extrañar, por tanto que las parejas, los amantes de la novela de Musil se dediquen a atormentarse el uno al otro, en venganza por tantas promesas nunca formuladas, pero siempre incumplidas. En castigo por esa salvación, por esa plenitud, por esa transfiguración que nunca llegó, ni llegará.

Y así, el amor, el amor físico y su consumación termina por ser otro más de tantos callejones sin salida. Porque al final cuando consigue manifestarse ese ansia que anida detrás de todas las fachadas con las que se protegen los protagonistas, de todas las máscaras detrás de las que se esconden,  amenazando con romper todos los obstáculos, todos los diques y protecciones, anegándo y carbonizando todo, lo hará por el contrario de forma fría, incompleta, fallida.

Casi en términos de violación y violencia. O mucho peor, porque de lo anterior quedaría cicatriz, una señal en nuestro cuerpo al menos que nos recordara ese amor y lo permitiese seguir viviendo, aunque fuera de forma sublimada, mientras que una vez consumado el sueño, alcanzado, poseído y apurado por completo, sólo nos queda el sentimiento de su inutilidad, de su fealdad, de su trivialidad, de su completo y absoluto vacío.

Que no siquiera permanecerá con nosotros, sino que será inmediatamente olvidado.

Aber nun, wo Licht brannte, war er ihr neuer Geliebte und weiter nichts.

Pero ahora, a la luz, el era su nuevo amante y nada más.