jueves, 5 de febrero de 2015

Penumbras Morales (y I)
























No les descubro nada señalando que la figura de Claude Lanzmann es inseparable de su obra magna, el documental Shoah de 1985. Con más de nueve horas de duración y una década larga de trabajo, entre entrevistas y montaje, Lanzmann se las arregló para compilar una historia oral del exterminio de los judíos europeos a manos de los nazis que aún no ha sido superada. La complejidad del tema tratado y la imposibilidad física de condensarlo en los exiguos términos de un largometraje, aunque fuera mastodóntico, llevaron a que ciertos aspectos de ese genocidio quedaran sin contar, para así evitar distraer al espectador del tema principal. De ese manera,  testimonios esenciales para la comprensión de ese hecho histórico fueron también eliminados de la obra final.

Debido a esta necesaria labor de selección y destilación necesaria para construir Shoah, la filmografía posterior de Lanzmann se ha convertido en una serie de extensos apéndices a esa obra, donde el director francés de origen judío, ha rescatado esos testimonios que fueron eliminados o recortados en el montaje final. De esa manera, el espectador ha podido conocer la historia completa del polaco Jan Karski (Le rapport Karski, 2010), encargado de infiltrarse en el Ghetto de Varsovia y comunicar su situación a los dirigentes de las potencias occidentales; la sentida crónica del levantamiento de los reclusos del campo de exterminio de Sobibor (Sobibor, 2001)  contra sus ejecutores nazi; o, finalmente, el turbador y ambiguo testimonio de Maurice Rossel (Un vivant qui passe, 1997), comisionado de la Cruz Roja que, consciente o inconscientemente, sancionó el engaño propagandístico creado por los nazis sobre el campo de concentración de Theresienstadt. .

Sobre el campo de Theresienstadt versa la última película de Lanzmann, que dada su avanzada edad puede convertirse en la última obra de su filmografía. No obstante, Le dernier des Injustes (El último de los injustos, 2013) no trata en realidad de ese campo de concentración, supuesto Ghetto modelo paras judíos privilegiados, alemanes y austriacos, que habian rendido servicios de importancia a sus respectivos estados, y a los que, teóricamente, se les permitió languidecer allí hasta su muerte, en vez de enviarles a Auschwitz. Lanzmann, obviamente, deja bien claro desde el principio que ese trato de favor no era sino otro más de los repelentes trucos utilizados por los nazis para mantener sumisas a sus víctimas hasta el último instante, pero el centro de gravedad de la película, no es ese, sino la larga  entrevista a un personaje esencial en la historia de ese campo y del exterminio de los judíos: El testimonio de Benjamin Murmelstein, miembro y presidente del consejo judío que intermediaban entre los asesinos nazis y sus futuras víctimas.

El testimonio de Murmelstein es de importancia extrema y no resulta difícil imaginar porque Lanzmann lo eliminó de Shoah, ya que se corría el peligro de que modificase el clima y las intenciones de toda la película. Murmelsein es el único de aquellos "ancianos", que sobrevivió al holocausto. Él sólo, de entre todos los que se terminaron colaborando con el verdugo nazi, no fue asesinado por ellos una vez que su función de mediador ya no fue necesaria, una vez que ya no quedaban víctimas a las que engañar, personas a las que exterminar. Debido a la causalidad de su supervivencia personal, lo que Murmelstein cuenta es esencial, no sólo por mostrar los problemas, las traiciones, las mentiras dirigidas hacia sí mismo y hacia los otros, con que aquellos hombres afrontaban su labor, sino porque su cercanía a los ejecutores del exterminio, la relación casi de compañerismo y confianza, por muy retorcida y degenerada que ésta fuera, nos permite acceder a la mente de los perpetradores, esos monstruos inhumanos que en realidad son tan parecidos, tan iguales, a cualquiera de nosotros.

El principal problema al que se enfrenta Lanzmann al analizar la figura de Murmelstein es que un ser anfibio, al mismo tiempo victima y verdugo, en su calidad de colaborador del exterminio, aunque fuera forzado y a regañadientes. Si a esto se une que el entrevistado, a pesar de su edad avanzada y de las penalidades que tuvo que sufrir, se muestra como alguien de amplísima cultura y de aguda inteligencia - no se olvide que era rabbi en la misma Viena - tanto Lanzmann como el espectador no pueden evitar sentir una cierta simpatía hacia ese hombre tan educado, tan afable y colaborador, que poco a poco va desgranando los sucesivos pasos y etapas por las que el exterminio fue construyéndose, de la segregación a la deportación, para culminar finalmente en el genocidio.

Parte de la ambiguedad moral que rodea a estos "colaboradores" judíos de los nazis se debe a que no es posible juzgarlos en bloque, como se hace con los asesinos nazis, sino que es preciso juzgarlos uno a uno. En un extremo estaría Adam Cerniakow, presidente del Consejo Judio del Ghetto de Varsvia, quien al descubrir que su componendas y traiciones no iban a salvar a nadie, opto por suicidarse; mientras que en el otro se ubicarñia una figura despreciable como Chaim Rumkowski, dirigente del Ghetto de Lodz, quien básicamente creo una dictadura personal, destinada a salvarse él y lo suyos, cayera quien cayera, y cuyo gobierno se basó en el despotismo, el abuso y la corrupción.

En ese sentido, nuevamente, Murmelstein vuelve a quedar en unatierra de nadie moral en la que nadie habita, ni se atreve a habitar. Está claro que en sus acciones hubo claras aspiraciones de justicia, de entrega y altruismo, de intentar salvar al menos a algunos de los suyos, aunque él pereciera. Pero no es menos claro que en ese proceso de negociación con el diablo acabó perdiendo su alma, aceptando lo inaceptable, condenando con sus propias decisiones a los suyos, convertido en un lacayo que aceptaba los peores trabajos para que sus amos, los asesinos nazis, no se mancharán los manos.


Peor aún que un lacayo. Un payaso, un bufón, el loco del pueblo. Aquel al que se le permite gozar del poder un instante, para así reírse de él y una vez acabada la diversión, ejecutarlo.