sábado, 7 de febrero de 2015

Muros invisibles


En Madrid, como ya les había comentado, se está produciendo una proliferación de espacios destinados a exposiciones de arte. A los creados de nueva planta, se han unido los que yo llamo espacios-Guadiana, como el río. Se trata de instituciones que funcionan a ráfagas, con interrupciones que pueden llegar a acumular años enteros, para luego descolgarse con una exposición única, que si no se está atento se corre el peligro de perdérsela.

Uno de estos espacios se halla en el vasto centro cultural que ocupa el antiguo matadero de Madrid, donde se acaba de abrir una muestra dedicada a un activo grupo de reivindicación política en el mundo del arte: Las Guerrilla Girls. Éste grupo de mujeres anónimas, siempre escondidas en sus apariciones públicas tras unas máscaras de gorila (Guerilla y Gorila son casi homófonos en inglés) buscan que los principios de igualdad promovidos por el feminismo se extiendan al mundo del arte. Es decir, que en los museos y colecciones se de una representación cada vez mayor a los artistas de género femenino, enderezando así una continuada injusticia histórica.

Y antes de entrar en el análisis, les confesaré algo. Mientras visitaba la exposición, en ciertos momentos me sorprendía trazando elaborados argumentos con los que rebatir los eslogans de la Gerrilla Girls. Momento en que me veía obligado a reconocer que tenían razón. Que las ideas del pasado, de ese pasado en sólo era válido el arte realizado por hombres y además de raza blanca, siguen actuando sobre nosotros y condicionando nuestras decisiones, perpetuando así el racismo y la discriminación en un mundo que se enorgullece y presume de no serlo.

Mi modo de pensar, esa traición a las ideales que digo defender, es más frecuente de lo que se puede suponer. En el documental que se proyecta en la exposición, donde se describe la trayectoria de la Guerrilla Girls desde su aparición en 1985, aparecen diferentes coleccionistas, galeristas, críticos y directores de museos. Todos ellos comienzan haciendo profesión de su amor al arte, de la manera en que buscan establecer una relación espiritual con el artista, de sus esfuerzos por deslindar lo mejor, lo digno de conservarse, de lo mucho que se produce en la actualidad. Sin embargo, una vez enfrentados a la pregunta central de por qué no hay más mujeres en el arte que promocionan (excepto claro está las que actúan de modelo), el castillo de naipes de sus pretensiones se desmorona. Sólo quedan incómodas excusas que cuanto más se elaboran más traicionan su falsedad.

Unos no pueden dar cifras sobre el número de mujeres (o de personas de otras razas) con las que han trabajado, de las que han escrito artículos, a las que han organizado exposiciones. Otros simplemente inventan alambicadas explicaciones culturales que impiden que ese arte marginal, como no puede ser de otra manera tratándose de mujeres, se inserte en el circuito de galerias. Incluso los hay finalmente que descubren que sólo están ahí por el dinero que esos objetos artísticos puedan producirles, por lo que solo van a valor seguro, es decir, arte creado por hombres. El resultado es un círculo vicioso en el que sólo se promueve un tipo de arte porque es el que consigue el mejor rendimiento ecónomico, mientras que este éxito crematístico determina que ése sea el único arte posible.

Contra ese estado de cosas se rebelan las Gerrilla Girls, intentando quebrar el círculo vicioso en el que se haya sumido el arte. Un combate en que sus armas no son menos originales que los ideales que las inspiran. Porque frente a un conformismo según el cual el arte político es completamente inútil, ellas han tenido el atrevimiento de resucitar un arte comprometido, cuya  difusión conseguirá que el mundo cambie.



 La palabra clave en el párrafo anterior es difusión. La actividad de las Guerrilla Girls niega la cárcel en la que las salas de los museos se han convertido, de la que busca escapar resucitando las viejas ideas del surrealismo y el dadaísmo,  a su vez recicladas por la contracultura de los años sesenta. Se trata de conquistar la calle, de llamar la atención, de asaltar esas instituciones, museos y galerías, encastilladas en su privilegios, para mostrar la mentira en la que se basan. Una acción que se realiza mediante técnicas de guerrilla, en las que las cámaras de los medios de comunicación se vean obligadas capturarlas, y en las que su autoría quede perfectamente determinada, gracias a esa firma visual que son las máscaras de mono que les dan nombre.

Máscaras que demuelen esa falsa igualdad que hace a la mujer el único repositorio de la belleza, al provocar que la fealdad sea parte constituyente de la imagen de las Guerrilla Girls, mientras que a su vez, dan la vuelta a otro concepto que el machismo aplica de manera contradictoria sobre la mujer: ellas como fuerza irracional de la naturaleza, como bestia devoradora contra la que toda discusión racional es imposible. Acciones que, enfocadas como las de un partido en su propaganda polñitica, ponen en tela de juicio las seguridades en que todos vivimos y muestran como aceptamos como naturales las mayores falsedades, como todos somos inconscientemente defensores de la discriminación y del machismo, al negar que la historia y la experiencia de la mayor parte de la humanidad sea conocida y compartida, porque, ya se sabe, el canon artísitico era así, entonces, en ese pasado donde las mujeres no tenían presencia, y que además, incluso si y cuando se les dio la oportunidad, nunca llegaron al nivel de su colegas masculinos.

Ideas subversivas que se transmiten con las armas de la ironía, simplemente señalando  los datos más simples e inconstestables. Por ejemplo ese curioso efecto de centrifugado que lleva a que sólo un exiguo porcentaje de proferes, criticos y directores de instituciones de arte sean mujeres, cuando la paridad hace mucho que se alcanzó entre el alumnado - y no, no vale recurrir al abismo entre generaciones, porque el feminismo hace ya muchas décadas que pinta canas -. El curioso fenómeno de exclusión que hace en las publicaciones, las críticas, los estudios, y las exposiciones apenas aparecen nombres femeninos, excepto si se trata de artistas muertas. O su famoso slogan de que es más fácil entrar en un museo si estás desnuda que si eres una artista.

Queda la pregunta de si realmente la acción de las Guerrilla Girls sirve o ha servido para algo. Una pregunta que no es inocente, ya que su respuesta negativa muchas veces se convierte en la última línea de defensa del machismo (o del sexismo) aún subyacente a nuestra cultura. Pues bien, hay que decirlo claro, sólo porque su voz se oiga, sólo porque su acción sirva para que reparemos en las falsedades que apoyamos sin ser conscientes, habrá merecido la pena.

Porque como Socrates decia, la raíz del mal está en la ignorancia. Y para combatirla y eliminarla, ellas han elegido el mejor de los caminos.