miércoles, 4 de febrero de 2015

En circulos (y II)

Aber der Vetter beharrte. “Ich frage aus einem Grund, den ich ungefähr angeben kann: Ich will wissen, ob Sie schon das Verlangen kennengelernt haben, dass alle Menschen - ich denke dabei auch an die ärgsten Scheusale, die nebenan in ihren Zimmer Sind - sich nackt auszuziehen, einander die Arme um die Schultern schlingen und statt zu reden singen möchten; Sie aber müssten von einem zum andern gehen und ihn schwesterlich auf die Lippen küssen.”

 Robert Musil, Der Mann Ohne Eigenschaften (El hombre sin atributos)

Pero su primo insistió. “Lo pregunto por una razon que aproximadamente puedo explicar así: Quiero saber, si ya ha conocido la necesidad, que todos los seres humanos - pienso tambíen en los animales que comparten su habitación - de desvestirse hasta quedar desnudo, enredar los brazos sobre los hombros del otro y en vez de hablar, cantar. Ud, por el contrario, iría a su encuentro y le besaría en los labios como una hermana

En la entrada anterior de esta serie - que espero no quede truncada, como otras, aunque en el caso de esta novela sería bastante pertinente - malgasté el poco espacio del que dispongo en narrar aspectos íntimos de mi biografía que a pocos deben interesar, ni siquiera a mí. El caso es que al final de un texto largo y enrevesado, no les había contado nada de la novela, ni de lo que podían esperar de ella.

La culpa no es completamente mía, ya que pocas tareas hay más arduas que intentar trazar de qué va la novela de Musil.


Parte de esa dificultad se debe a que El hombre sin atributos es una novela multiplanar, en la que, como en un laberinto, cada piso que se explora lleva a otros nuevos y éstos a otros, sin que parezca haber final, ni conclusión, como acabó ocurriendo con la propia obra. Por un lado, tenemos la peripecia del protagonista, ese hombre sin personalidad del que sólo conocemos el nombre de pila, Ulrich. Sin embargo, por razones que veremos más adelante y que contaminarán a todos los protagonistas, la atención de Musil pronto se desvía de su protagonista para ampliar el campo de visión y adentrarse en nuevos horizontes.

Ese cambio de ámbito, de la casa, los encuentros y los pensamientos de Ulrich, a las apetencias,  aspiraciones y frustraciones de una sociedad entera, en casi todos sus ámbitos, se realiza con la excusa de describir la formación y evolución de la llamada Parallelaktion o Acción Paralela. El concepto de esa organización es uno de los grandes hallazgos de Musil, cargado de su habitual ironía y sarcasmo, no exenta, sin embargo, de compasión y humanidad, si es que eso es posible. Esa acción es un intento, por parte de las elites del Imperio Austrohungaro - travestido en Kakania durante la novela - de vencer a un antiguo enemigo, ahora aliado hasta la muerte, en la batalla propagandística entre ambas coronas, ya que militarmente el triunfo siempre había recaído en uno de los lados: El  Segundo Reich Alemán.

El arma definitiva en ese combate de ideas no puede ser más inofensiva: anunciar al mundo que en 1918 se cumplirá el 70 aniversario de la ascensión al poder del emperador  austriaco Francisco José, lo que le convertiría en el soberano de reinado más largo y otorgaría a la monarquía austriaca el rango honorífico de decana de las coronas europeas. La elección de esa fecha es una de las crueles ironías tan propias de Musil. Como bien sabe el narrador, aunque nunca lo señale, y como bien deberían saber los lectores de 1930, para 1918 Francisco José ya había muerto, en 1916, mientras que el Imperio Austrohungaro y la monarquía que había constituido su centro habían sido barridos por los vientos de la Primera Guerra Mundial, esa guerra a la que ambos imperios se habían embarcado tan alegremente.

El esfuerzo de la Parallelaktion está así destinado al fracaso desde un principio. Un peso ominoso que lastra toda su narración y tiñe su actuación de un sentimiento de impotencia e inutilidad, sin que nada venga a compensarlos. En manos de otro escritor ese podría ser el caso, al mostrar ese trabajo desde un punto de vista casi heroico, frustrado por una guerra que nadie podía prever. Sin embargo, Musil deja bien claro que si la Paralleaktion es estéril no se debe a causas externas, sino internas. La monarquía austrohúngara, sus instituciones, sus dirigentes, sus gentes no son otra cosa que un inmenso decorado en diversos grados de ruina, decadencia irreparable que los propios actores conocen a la perfección.

De ahí que la Parallelaktion nunca llegue a superar el estado de embrión y que toda su acción no sea otra cosa que simulación. Fingir que se está haciendo algo, cualquier cosa, aunque el único resultado sea haber atado en un manojo, propuestas dispares y contradictorias, irrealizables e irreconciliables. Conclusión que ninguno de los protagonistas quiere aceptar, excepto nuestro hombre sin atributos, puesto que supondría reconocer que ellos también son un fracaso, que ellos mismos también son hombres y mujeres sin atributos. Esas élites, como las de nuestro tiempo, han sido educadas en el culto al éxito, en lo que entonces se llamaba vida de héroe, en que su educación y formación les hacía candidatos perfectos, elegidos del destino, para transformar el mundo, para conducirlo de manera revolucionaria a nuevos estados de orden superior, tanto desde el punto de vista filosófico y científico, como artístico y moral.

No es fácil aceptar que no se es un genio, sino un mediocre. De ahí que todos ellos sin excepción se sumerjan en cualquier actividad que les permita negar esa evidencia, aunque ese trabajo en realidad no sea otra cosa que un eterno caminar en círculos, sin destino ni puerto. Círculos viciosos que no pueden ser abandonados,  puesto que fuera de ellos no hay nada, si no es la soledad y la locura, así que no es extraño, que en la concepción de Musil uno de los protagonistas de la novela,  tan abundante en falsas luminarias pagadas de sí mismas, no sea sino un tal Moosbrugger, enfermo mental, vagabundo al borde de la mendicidad, y asesino sin compasión. Persona y personalidad diametralmente opuestas al idealismo y las aspiraciones de las élites que pueblan el resto de la obra, pero al mismo tiempo su reflejo más claro. No tenebroso, ni sórdido, sino a su misma imagen, reconocible y fiel, puesto que lo único que diferencia a Moosbrugger es su incapacidad para expresar su locura individual mediante palabras... o de disponer del dinero necesario para que eso no importe.

La vida de todos los personajes, personas sin atributos, por tanto, al igual que el protagonista principal, no es sino un continuo ejercicio de negación, en el que el vacío, el fracaso y la frustación que sienten, se intenta suplir con ideales, con la lucha por alcanzarlos. Proceso en el que todos pierden, o en el peor de los casos reprimen, sentimientos y experiencias, mucho más importantes.

Pero de eso hablaremos en una próxima entrada, aunque ya se lo he adelantado en el fragmento que encabeza esta entrada.