martes, 17 de febrero de 2015

El lápiz y el ordenador























La historia de The Thief and the Cobbler (El Ladrón y el Remendón) de Richard Williams es de sobra conocida. A principios de los sesenta, este animador se embarcó en lo que debía ser la obra definitiva de la animación. Una película en la que los recursos de esta forma fueran llevados a sus últimas consecuencias, no replicando la realidad, sino aprovechando sus posibilidades metafóricas y metamórficas para crear un mundo paralelo en el que el auténtico protagonista no fuera la trama o los personajes, sino el movimiento puro. El placer y la alegría que producen verlos recreado de manera infiel, pero completamente verdadera.

El proyecto, ya lo saben, no llegó a buen puerto. Tras casi treinta años de trabajo, a principios de los noventa The Thief and the Cobbler no había superado el estado de copia de trabajo. Muy avanzada, es cierto, con escenas completamente terminadas, pero con otras aún en el estado de bosquejo o de prueba de animación. En el camino, varios de los animadores principales - algunos nombres míticos de la animación  - habían muerto, mientras que el perfeccionismo enfermizo de Williams, siempre intentando ir más allá de lo conseguido, de lo humanamente posible, no hacían presagiar que la pelicula fuera a finalizar en un plazo razonable. O simplemente que algún día fuera a ser concluida, excepto por la muerte del propio director.

Dado que, en el fondo, se trataba de un producto comercial, el desenlace era previsible y quizás la única cuestión es porqué no ocurrió antes. Williams fue expulsado de la producción de su propia película, sin derechos ni control sobre el material ya creado, mientras se encargaba a otras manos finalizarla, fuera de la manera que fuera. El resultado fue un producto bastardo, en el que se reformaba y distorsionaba la concepción de Willliams para que fuera más comercial y Disneyiana, la cual  a su vez fue remontada y descafeinada de nuevo, si eso era aún posible, en otra versión posterior. Humillación a la que se unió el robo descarado de ideas y personajes que la Disney perpetró con su Aladdin, película notable pero que no aguanta la comparación con el transatlántico, el rascacielos, que es - o debia haber sido - la película de Williams.

Sin embargo, a pesar del fracaso final y del eclipse que la obra sufrió durante las décadas siguientes, el recuerdo de The Thief and The Cobbler permaneció entre los profesionales y aficionados de la animación. Ha sido en la última década, sin embargo, gracias a la Internet y al ordenador, gracias al trabajo continuo de Garrett Gilchris y sus Recobbled's Cuts, que la obra ha resurgido de las sombras en las que se hallaba sumida. Con tal fortuna que no sólo podemos disfrutar de una versión muy próxima a la final, incluso en HD, a pesar de que muchas de sus secciones sólo perviven en estado fragmentario, sino que incluso el propio Williams ha consentido que se proyecte su copia privada de trabajo. Un acontecimiento que sólo podría ser superado con una buena edición en BR.

Dicho todo esto ¿es tan importante, tan grande The Thief and The Cobbler como pretendía ser? Vaya por delante que, como todas las grandes obras, es preciso aceptar su juego antes de poder juzgarla. La importancia de esta película, como ya les he adelantado, no está en su historia, que es más bien superficial y esterotipada, ni en sus personajes, que no pasan de ser presencias unidimensionales que la cinta necesita para desarrollarse. El auténtico valor, la importancia real de esta cinta, está en la obsesión de Williams con el movimiento, en tejer una película de animación donde la recreación del movimiento fuera el único protagonista, la última razón de ser, donde ni un sólo instante transcurriese sin que el movimiento fuera recreado, representado hasta sus últimas consecuencias, en toda su amplitud y belleza.

El efecto final es abrumador. Da igual, como digo que la historia y los personajes sean inexistentes. Hay escenas de un detallismo y una complejidad tal, como la destrucción final de la máquina de guerra definitiva de One-eye, que sólo pueden haber sido concebidas por una mente próxima a la locura, por alguien que hiciera caso omiso de todos los obstáculos, todas la limitaciones de la animación tradicional. Porque ese es el quid de la cuestión, The Thief and the Cobbler es una obra creada antes de la existencia del ordenador, pero en la que se consiguen resultados que sólo son posibles ahora mismo y aún con dificultad.

Dicho de otra manera, lo que hoy se conseguiría con días de procesado en servidores mastodónticos, Williams lo lograba con años de trabajo, que podrían acabar con la salud, mental y física, de cualquiera. Con la importantísima diferencia, en ejemplo perfecto de esa última barrera que le queda superar al ordenador para llegar a ser, que en la película de Williams toda esa perfección técnica extrema no está exenta de vida y de personalidad. Al final, en the Thief and The Cobbler, sabemos que se puede ir incluso un poco más allá, que basta con exagerar los trazos, complicar el diseño, para superar lo conseguido, sin que todo el edificio se derrumbe, mientras que los algoritmos del ordenador acabarán por romperse y dar errores.

Sin embargo, queda la sospecha, la certeza, la amargura ante lo nunca sucedido, de lo mucho que Williams podría haberse beneficiado de la existencia de los ordenadores. Y de la misma manera, de lo mucho que la técnica de los ordenadores podría haberse beneficiado de la experiencia y la audacia de un creador tradicional, pero de visión que superaba los límites establecidos, como fue William.