martes, 25 de noviembre de 2014

La muerte es la vida, la vida es la muerte





























Watership Down, dirigida en 1978 por Martin Rosen, es una película de animación de la que hasta ayer mismo no sabía nada, si no llega a ser por el anuncio de su edición en BD por Criterion que hizo la afamada página Cartoon Brew. Por supuesto, mi desconocimiento no viene a significar nada, ya que la historia de la animación, como sabe cualquier aficionado, está repleta de obras maestras desconocidas, olvidadas o inalcanzables, a las que sólo la casualidad y la fortuna nos permiten verlas. Y sí, tras verla, debo decir que Watership Down es una obra maestra, otra más de la larga lista de esa forma cinematográfica.

Estoy tentado de catalogarla como excepción, en primer lugar por provenir de una cinematografía como la británica, a la que se suele dejar injustamente de lado, pero resulta que esa excepcionalidad no es tal, ya que la animación británica de 1945 hasta el presente siempre se ha caracterizado por su importancia e influencia. En ese periodo pueden contarse figuras principales como el tándem John Halas y Hay Batchelor, cuya productora mantuvo viva la animación británica en un tiempo en que sólo existía Disney, sirviendo además de criadero para la siguiente generación de animadores. La entrada de esto creadores jóvenes se produjo con una explosión, el estreno de Yellow Submarine en 1968, en el que colaboraron un buen número de futuros grandes nombres de la animación británica bajo la dirección de George Dunning, cuyas carreras continuarían luego en el terreno de la animación vanguardista/independiente. La última fase, por ahora, ha sido la labor de promoción de la animación realizada por el Channel 4 de la BBC, bajo cuyo paraguas pudieron desarrollarse gran parte de los maestros de la animación reciente.

Dicho esto y subrayada la importancia de Watership Down, hay que señalar que esta obra no está exenta de defectos. Para muchos su animación puede parecer avejentada, sin el brillo y perfección de esa 3D que demasiados consideran como única forma válida. Aquí y allá se cuelan errores, incongruencias, originadas por la inexistencia de una industria asentada y experimentada, como la Disney, en la que los largos años de experiencia asegurase que se evitan los errores de aficionado, mientras que en este caso hablamos de una obra que tuvo que construirse casi de la nada y reinventar prácticamente todo. Por otra parte, la propia estructura de la obra presenta rupturas y saltos que pueden desconcertar al espectador, ya que rompen la lógica y el ritmo interno de la película.

Defectos, cierto. Algunos muy graves, pero que quedan perfectamente compensados por la pasión evidente con la que la película ha sido rodada, la sinceridad y la expresividad de su animación, y especialmente por la originalidad de su planteamiento y de su correspondiente plasmación en imágenes, aún más clara en 1978 que ahora mismo, como se verá. En aquel tiempo, el mayor peligro que corría Watership Down es el de haberse convertido en un Disney de segunda, puesto que la historia que narra era susceptible de haber recibido ese tratamiento, si hubiera caído en otras manos. Muy resumido, el argumento consiste en la huida de un grupo de conejos en busca de un nuevo hogar en el que asentarse, trama manida que se presta al sentimentalismo, tanto mayor cuanto menor sea la edad de los protagonistas, doble truco para granjearse la complicidad de los niños y la ternura de los padres, piénsese solamente en The Land Before Time (En busca del Valle Encantado) de Don Bluth de 1988.

Sin embargo, los creadores de Watership Down decidieron ser fieles al espíritu de la obra original, una novela que aunque dirigida a la infancia, se movía en el campo de los conflictos adultos. Es decir, dejaba bien a las claras desde el principio que el mundo que habitaban los protagonistas era un mundo poblado por depredadores, en el que el miedo y la muerte eran realidades constantes y cotidianas, de las que no se podía escapar por mucho que se intentase. Depredadores omnipresentes que no sólo pertenecían a otras especies, sino que también estaban instalados en la mismas sociedades de los conejos protagonistas, organizadas casi a modo militar, siguiendo una estricta jerarquía, donde la disensión se trataba con especial dureza, con  rapidez de relámpago para evitar cualquier rebeldía, hasta llegar a asimilarse a auténticas dictaduras fascistas.

Un estado de cosas cuya inhumanidad se traslada a la propia plasmación en imágenes, en la que la muerte no es algo lejano, algo narrado, sino una realidad visible que ocurre en la pantalla y cuyo horror, su inutilidad, escapa a toda explicación, toda justificación. Estas características hacen de Watership Down una de esas pocas películas que consiguen impresionar, horrorizar, a pesar del tiempo transcurrido y de los explícita y naturalista que la animación se ha tornado en ese tiempo, especialmente en su rama japonesa.

Pero claro, estamos pensando en animación Europea, pensada y orientada para niños, que debería seguir el estilo Disney, para al final ofrecernos seguridades, salvaguardas y finales felices. No de una obra en que el vivir se muestra como lucha y combate, casi siempre sin esperanza, sin futuro, ni mucho menos recompensas o reconocimientos