sábado, 8 de noviembre de 2014

Solo hay un combate y es el del amor


Si je vous dis : " j'ai tout abandonné
" C'est qu'elle n'est pas celle de mon corps,
Je ne m'en suis jamais vanté,
Ce n'est pas vrai
Et la brume de fond où je me meus
Ne sait jamais si j'ai passé.

L'éventail de sa bouche, le reflet de ses yeux,
Je suis le seul à en parler,
je suis le seul qui soit concerné
Par ce miroir si nul où l'air circule à travers moi
Et l'air a un visage aimant, ton visage,
A toi qui n'as pas de nom et que les autres ignorent,
La mer te dit : sur moi, le ciel te dit : sur moi,
Les astres te devinent, les nuages t'imaginent
Et le sang de la générosité
Te porte avec délices.
Je chante la grande joie de te chanter,
La grande joie de t'avoir ou de ne pas t'avoir,
La candeur de t'attendre, l'innocence de te connaitre,

O toi qui supprimes l'oubli, l'espoir et l'ignorance,
Qui supprimes l'absence et qui me mets au monde,
Je chante pour chanter, je t'aime pour chanter
Le mystère où l'amour me crée et se délivre.

Tu es pure, tu es encore plus pure que moi-même.
Si te digo: "He abandonado  todo"
Es que ella no es ya en mi cuerpo.
Nunca me he enorgullecido
No es cierto
Y la bruma de fondo en la que me hallo
No sabe jamás si yo he pasado.

El abanico de su boca, el reflejo de sus ojos,
Yo soy el unico que habla de ellos
Yo soy el único preocupado
Por ese espejo tan vano que el aire circula a mi través
Y el aire tiene un rostro amante, tu rostro,
A ti que no tienes nombre y los otros ignoran
La mar te dice: sobre mí, el cielo te dice: sobre mí
Lo astros te adivinan, las nubes te imaginan
Y la sangre de la generosidad
te lleva con delicias
Canto a la gran dicha de cantarte
La gran dicha de tenerte y de no tenerte
El candor de esperarte, la inocencia de conocerte

O tú que suprimes el olvido, la esperanza y la ignorancia
Que suprimes la ausencia y me sitúas en el mundo
Yo canto para cantar, te amo para cantar
El misterio por el que el amor me crea y se entrega.

Tú eres pura, tú era aún más pura que yo mismo.

Paul Eluard, Capital de la douleur

He estado leyendo estas semanas una antología de los poemas de Paul Elouard recopilada por el propio poeta, cuyo nombre J'ai un visage pour être aimé (Tengo un rostro para ser amado), dice mucho de qué temas consideraba este escritor como centro de su labor poética, aunque fuera a regañadientes. Desgraciadamente, esta compilación ha resultado ser una pequeña decepción, en parte provocada por la profunda impresión que me había causado hace unos años otro de sus libros: Capital de la Douleur (Capital del dolor) de 1926.

Pero vayamos por partes.

Cuando leí Capital de la Douleur me hallaba yo en proceso de enamoramiento, en los umbrales de un amor que creí gozoso pero que luego resultó ser otra más de mis catástrofes sentimentales. En ese momento, el de mi lectura, yo no sabía aún eso, pero digamos que me hallaba en el estado anímico preciso para conectar con el libro de Elouard, aunque, paradójicamente, esa colección de poemas no sea otra cosa que un intento de hacer balance tras un terrible desengaño amoroso, el que ligara y desligara en este tiempo a Elouard, su mujer Gala y el pintor surrealista alemán Max Ernst.



Dejando aparte la crónica rosa, Capital de la Douleur destacaba por ser un híbrido literario en el que se cruzaban, incluso dentro de un mismo poema, el dolor y la amargura por el fracaso de la experiencia amorosa con la loa y la proclamación de fe en un amor que trascendería a sus propios participantes; mientras que desde el punto de vista estético, la catarata de imágenes discordantes y contradictorias, casi ininteligible, de un surrealismo del que había sido uno de sus fundadores, se disolvía en el recuerdo de los clásicos, de su serenidad y armonía incluso en medio del cataclismo, dando origen así a un libro que era la vez moderno y antiguo, vanguardista y clásico.

Como pueden imaginarse, ese libro en particular es una cumbre de la poesía francesa, de tal categoría que pueden imaginarse los problemas que el poeta tendría para volver a alcanzar cumbres similares... o incluso que llegara a a tomarle algo de odio, como presencia que determinaba su poesía y le impedía tomar otros caminos que no fueran los allí trazados.  Huellas de este desapego posterior quedan en esta extensa compilación, que cubre el periodo 1914-1951,  y donde ese libro máximo queda un tanto arrumbado, reducido a un mínimo apenas reconocible, despojado los poemas más difíciles, más dolorosos o más atrevidos, como si el propio poeta hubiera querido llevar a cabo un ajuste de cuentas con su hijo preferido, más famoso que el resto de los otros.

No obstante, aunque sea en forma de ausencia la presencia de Capital de la Douleur queda, pero frente a ella se alza otra aún más poderosa: la del poéta Eluard al término de su vida, tan diferente del joven de treinta años antes. La cuestión es que gran parte de la compilación se dedica a la poesía de tiempo de guerra, de cuando Eluard militó en la resistencia y uno de sus libros, Poesié et Verité 1942 (Poesía y Verdad 1942) fue esparcido por los bombarderos aliados sobre la Francia ocupada como acicate para la lucha contra el invasor alemán. Elouard parece preferir así al final de su vida una imagen de escritor comprometido, en alianza con su pueblo y en lucha por un mundo mejor, más justo y libre, que se continúa en su poesía social de postguerra y en su militancia en el partido comunista.

Parece, repito, sólo parece, que el recuerdo que Eluard quisiera dejar de sí es el de un poeta serio, no la de un poeta que se limitó a cantar, en muchos estilos y formas, al amor humano, Propósito que no deja de traicionar una cierto ansia de respetabilidad, negado por otra parte por la propia antología, cuyas dos terceras partes no son otra cosa que poemas de amor sin necesidad de justificación o excusa, sean las del compromiso político o la de la vanguardia estética en su variante surrealisata.

Ni falta que le hace, porque Eluard es ante todo uno de los grandes poetas amorosos de la cultura occidental, alguien que cantó con voz segura y potente, apartándose de los lugares comunes y al mismo tiempo enriqueciéndolos, un sentimiento que para él, ante todo, era de gozo y plenitud. El único modo por el que el ser humano podía trascenderse, llegar a alcanzar lo que sólo era promesa, potencia, esbozada en su esencia, y que sin el amor nunca llegaría a manifestarse. ni mucho menos a dar fruto.