jueves, 6 de noviembre de 2014

Como si nunca hubiera existido
















En el recuerdo del aficionado, la obra de Chris Marker suele organizarse alrededor de dos polos, La Jetée (1962) y Sans Soleil (1982), obras entre las que parecerse abrirse un abismo creativo, obscuro y vacío. Parte de este olvido, de esta penumbra que envuelve a Marker durante casi dos décadas, se debe a que en ese periodo sus obras eran fundamental y esencialmente políticas. Adviertase, no políticas en el sentido de vamos a criticar un poco al capitalismo, único sistema valido, justo y posible, como saben todos, sino políticas en el sentido de favorecer una revolución completa y definitiva del sistema social, encuadradas en el seno de un Marxismo que en esas dos décadas aún era central e influyente en la intelectualidad occidental, que aún contaba con ejemplos, con modelos, de su aplicación concreta en el mundo real.

Lo anterior no quiere decir que Marker se adhiera a esas posturas de manera ciega - muy lejos su praxis del lanzamiento olímpico de slogans propio de un Godard -, pero sí que el modelo de sociedad en el que Marker creía - y siguió creyendo hasta su muerte - tiene unas coordenadas ideológicas muy precisas, incómodas y molestas hoy en día para muchos, cuando las posturas socialdemócratas moderadas de antaño se consideran propias de peligrosos elementos antisistema que buscan minar los fundamentos de todo aquello que es noble, de todo principio de justicia.

Una obra como Le fond de l'air est Rouge (1977), que narra la autodestrucción de la izquierda marxista en el periodo 1967-1973, parece provenir de una realidad alternativa, que a muchos falsos modernos les gustaría borrar por completo de los libros de historia. Como ya he dicho, no es que a Marker le cieguen sus propios convencimientos. El hecho de haberla montado a toro pasado, en 1977, y de haberla remontado en 1993, caído ya el comunismo soviético, la dota de una profunda amargura, de un evidente desengaño, la de quien, en palabras del propio Marker, ha visto realizar todos los intentos por traer la revolución, así como fracasar todos sin excepción.

Sin embargo, estos sentimientos de fracaso y perdida no llevan al rechazo total ni a la conversión, como ocurrió con tantos, al sistema contra el que lucharon en su juventud. Para Marker, la revolución es aún posible, necesaria, no ha sido abolida, borrada de nuestra historia y nuestro futuro, sino que ha quedado pendiente, una tarea que algún día habrá que retomar, puesto que la sociedad, ese sistema capitalista que tantos cantan y alaban, sus estomagos llenos, sus bolsillos repletos de dinero, sigue siendo injusto, discriminatorio, explotador. El epítome de los males contra los que cualquier persona de bien debería revelarse, sin que esto implique cerrar los ojos - peor aún, negarlo de forma vehemente - a las bajezas y vilezas de los que militaban en nuestro lado.

Porque esta es precisamente la historia que cuenta Marker. No la de una izquierda que lucho noblemente por sus ideales y fue derrotada por las fuerzas abrumadoras de la reacción. Es la de una izquierda que o bien se dedicó a traicionarse a sí misma o bien que no estuvo a la altura de las circunstancias, de sus posibilidades. Una izquierda que procedió a abandonar y traicionar a sus propios héroes - caso del Ché - por razones de miopé táctica local;  que retrocedió ante los experimentos que parecían poner en tela de juicio la ortodoxia - caso de la Checoslovaquia de la Primavera del 68 - o que saltó de fe en fe, de falsa fe en falsa fe, sin preocuparse si la nueva encontrada - o la vieja abandonada - respondía a sus altos ideales.

Un izquierda en definitiva que, cuando la revolución estuvo a punto de ocurrir en el seno de Europa o en los EEUU - el Mayo del 68, la agitación contra la guerra del Vietnam - dio un paso atrás en el último momento, cedió la iniciativa a las fuerzas de la reacción - sin volver a recuperarla jamás - y prefirió apoltronarse encima de las conquistas ya conseguidas, aparentemente seguras e irrenunciables, o perderse en juegos y aventuras propias de adolescentes, equivocando demasiado a menudo el objetivo de sus dardos. Laberintos en los que acabó perdiéndose, extraviándose hasta desconocerse a sí misma, puesto que como señala bien Marker, la historia, mejor dicho lo realmente crucial y definitivo en la historia, no tuvo lugar en Paris en 1968, sino en Praga en 1968.

Porque la famosa revolución de los estudiantes, vino y pasó, sin dejar huella, aparte de las que podría dejar una función fin de curso, mientras que la otra, la que culminó con sus propios religionarios aplastándola, destruyo todo crédito que pudieran quedar a esas ideas, a su plasmación en la realidad, e hizo caer consigo a todo movimiento que se pretendiera de izquierdas, marcado para siempre por pecados que no habían cometido.

Y así seguimos, creyendo que ganamos, creyendo que avanzamos, mientras otros son los que hacen caja, los que nunca retroceden.

Los que realmente están cambiando el mundo, para nuestra desgracia.