martes, 4 de noviembre de 2014

Experimentos

En el rincón aquel, donde dormimos juntos 
tantas noches, ahora me he sentado
 a caminar. La cuja de los novios difuntos
 fue sacada, o talvez qué habrá pasado. 

Has venido temprano a otros asuntos,
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
 poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra               a                 sombra.

César Vallejo, Trilce XV

Sería un acto de vanidad pensar que a estas alturas voy a descubrir a alguien quién era César Vallejo o la importancia que tiene dentro de la literatura en lengua castellana. Su nombre figura en los manuales escolares  - o debería, hace mucho que dejé el colegio - y su obra ha sido objeto de profundos estudios, mucho más acertados y meditados que lo que puedan ser cuatro párrafos escritos deprisa y corriendo en una entrada de un blog apenas visitado.

Baste decir aquí que es uno de mis poetas favoritos, de esos que tienen la capacidad de acompañarte durante toda la existencia y a los que vuelves una y otra vez, a reencontrarte con él, a reencontrarte contigo, sin que se produzca el efecto de la desilusión y desencanto - como me ha ocurrido, por otra parte con otros poetas de fama, caso de Machado -. La intención de estas notas apresuradas no es otra que dejar constancia de mi admiración e intentar explicarla un tanto, a mí y a mis lectores.



La obra poética de Vallejo gira en torno a dos libros principales, mejor dicho, a un libro y a un no libro. El libro es Trilce, de 1922, uno de los hitos de la literatura castellana y una excepción en esa misma literatura,  apenas sin igual con el que compararse. Lo singular en Trilce es que se trata de uno de los primeros intentos por crear poesía vanguardista en castellano - la generación del 27 aún quedaba lejos - y que aparece muy lejos del centro geográfico de estos movimientos de la cultura occidental, en un Perú que, como ahora, quedaba un tanto a trasmano de los asuntos mundiales.

Si se hubiera quedado en mero experimento, Trilce no habría pasado de ser una curiosidad, uno de tantos hitos literarios que figuran necesariamente en las historias de la literatura, pero que nadie lee. El libro de Vallejo, sin embargo, es una obra plena, completa y perfecta, impensable en un poeta joven, primerizo, que sólo había publicado anteriormente un libro como Los Heraldos Negros, donde las influencias del modernismo de Dario eran aún demasiado evidentes, demasiado astragantes. Trilce parece pertenecer a otro poeta, a alguien de profundo saber y experiencia, capaz de crear un nuevo lenguaje a su medida, más aún, de sacudir hasta sus cimientos el edificio del castellano, que ya no se podría volver a escribir de la misma manera.

Lo anterior suena a exageración - o a tópico vacío - pero Trilce es un libro que exige mucho del lector y que aún hoy en día parece hermético e incomprensible, necesitando muchas y atentas lecturas antes de que se pueda caminar con seguridad a través de él.  De nuevo, existía el peligro de que Trilce acabara convertido en monumento imponente, pero al que nadie mira y que sólo sirve para que se posen en él las palomas. El genio de Vallejo, aparte de esa revolución del lenguaje que constituye el núcleo de Trilce, es que sus versos, incluso cuando más formalistas y experimentales son, no pierden de vista al ser humano, cuyas miserias y penalidades constituyen el auténtico centro de su obra.

Así, por muy obscuros, por muy incomprensibles que sean sus poemas, la emoción continúa ahí, poderosa, urgente, de manera que al acabarlos, independientemente de que los hayamos entendido o no, el lector se siente conmovido y emocionado.

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


César Vallejo, Poemas Humanos

Trilce se convertiría en referencia constante de la obra posterior de Vallejo. Ya nunca abandonaría la exigencia y el rigor formal conseguidos en ese libro, la necesidad de buscarle las vueltas al lenguaje para adentrarse en territorios desconocidos; pero la humanidad, la empatía y solidaridad de sus poemas que rezumaban los poemas de Trilce se acentuaría. Una característica que sería fundamental en su otro libro, el no-libro al que me refería, que suele recibir el nombre de Poemas Humanos.

Hablo de no-libro, porque en el periodo que va de Trilce a la muerte de Vallejo en 1938, el poeta se adentró en otros campos literarios, como la novela o el teatro, sin volver a publicar en vida otra recopilación de sus poemas. Los que componen Poemas Humanos lo fueron póstumamente, por su viuda, y no dejan de ser un revoltijo - excelso, pero revoltijo - en el que se mezclan poemas compuestos justo tras la publicación de Trilce, mezcalados con una buena cantidad de composiciones fechadas en el último año de su vida - entre ellas el magnífico España aparta de mí este cáliz - y otros muchos sin fecha que es difícil de atribuir a un periodo biográfico o creativo. El problema, por tanto, es determinar qué hubiera conservado, qué hubiera descartado Vallejo en el caso de haber podido publicarlos, y como habría estructurado esa colección sin nombre, fuera de la muy cuidada España aparta de mí este cáliz, que se suele añadir como apéndice.

No obstante, a pesar de estos problemas, los poemas de este no-libro son en su gran mayoría de excelsa calidad y mucho más accesibles que los de Trilce, aunque sin ceder un ápice en su tensión vanguardista. Esta facilidad ha llevado a que la fama y consideración de Poemas Humanos haya  sido habitualmente mayor que la de Trilce, puesto que nos llegan más directamente que los de su antecesora, nos resultan más cercanos, más "compartibles". Unas obras cuyo impacto no proviene tanto de su esfuerzo formal y experimental, aunque éste permanezca en primer plano, sino de ese indefinible que podríamos llamar solidaridad, hermandad, consciencia del sufrimiento del otro, simpatía o empatía.

En resumen, Trilce quedaría así como el hito, como punto sin retorno en la evolución del castellano, mientras que Poemas Humanos, sin tener ese carácter de definitivo, nos resulta más cercano y amable, más para reeler y visitar, no porque su dificultad nos obligue a repasarlo, sino por el mero placer y disfrute... aunque claro está, ninguno de los dos deba eclipsar al otro. Bueno, un poquito Trilce, o según uno se sienta, un poquito Poemas Humanos.

O quizás ninguna de las dos. Quizás la mejor sea esa otra obra singular, única e inclasificable que es España aparta de mí este cáliz, última composición de Vallejo, larguísima y sentida elegía de una España sumida en el horror de la guerra civil.  De esa España que sólo ha sido símbolo y madre para los extranjeros, para quienes no tienen que vivir en ella, para los que pueden permitirse el lujo - y el privilegio - de amarla, sin sufir su odio, su rencor y su inquina. Porque España no es una creación nuestra, sino algo que los de fuera debían utilizar para referirse a nosotros y que nosotros utilizamos para matarnos sin remordimientos.

Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que esta
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera, aquélla de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla!...


César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz