jueves, 30 de octubre de 2014

False Paradises































No tengo pruebas para sustentarlo, pero es fácil imaginar que al director francés Jean Epstein, sus contemporáneos de la década de los 30 del siglo XX le empezasen a considerar como una antigualla.

En el tramo final del periodo mudo, Epstein se había mostrado como uno de los impulsores - no me atrevo a decir renovador - de las posibilidades que ofrecían las limitaciones acarreadas por la falta de sonido, creando obras que no sólo estaban entre las primeras de su tiempo, sino que aún siguen sorprendiendo por su audacia, su fuerza y su alarde visual. El sonoro, como sabemos, lo cambio todo, tanto por la necesidad de armonizar palabra e imagen, como porque el peso de los nuevos equipos hacía imposible las acrobacias de cámara de apenas unos años antes. El resultado fue la creación del clasicismo cinematográfico, fundado sobre los pilares del plano secuencia y el guión literario, en cuya consecución brillaron nombres nuevos - como el de Jan Renoir - y algunos pocos de los antiguos - como King Vidor -.

Epstein, por el contrario, quedó un tanto entre dos aguas, buscando una tercera vía, a caballo entre el mudo y el sonoro, sin llegar a encontrarla plenamente. El resultado, supongo, especulo, fue el separarse, aislarse de la mayoría y del nuevo estilo que empezaba a esbozarse, soledad subrayada por su obsesión con la Bretaña francesa - escenario único de sus obras últimas -, que se transforma en una especie de paraíso en la tierra - o al menos un lugar donde los hombres no se esconden tras los disfraces de la civilización - donde se representan dramas arquetípicos, casi estereotípicos, cuyos personajes son símbolos eternos, independientes e indiferentes al tiempo presente.

Este alejamiento de la actualidad debía casar mal con un cine que en los años 30, los de la gran depresión, era social, político, en mayor o menor medida, de manera que Epstein debería pasar por conservador, incluso retrógrado, aunque en realidad sus fábulas visuales no fueran otra cosa que recreación con las técnicas modernas de historias que venían contándose desde hacía siglos. En ese sentido, Chanson d'Ar-Mor (1935), a la que pertenecen las capturas representadas, es bien característica de este este periodo de la obra de Epstein, tanto de sus virtudes como de sus defectos. Su historia es el viejo mito de los dos amantes cuyo amor es imposible y de final trágico: por un lado la joven prometida a un noble, sin posibilidad de negarse a esa unión; por el otro, el joven pobre desheredado por su familia, tras no haber seguido el camino impuesto por el cabeza de familia. Como tal mito, sucede en un tiempo indefinido, congelado desde hace siglos, que sólo sabemos presente por la inclusión discordante de elementos de la vida moderna, el turismo, el automovil.

En tanto que mito, la personalidad de sus personajes es casi inexistente, quedando descritos por los pocos rasgos propios de su arquetipo/estereotipo. En otras manos, esta restricción hubiera sido una receta segura para el desastre, pero Epstein, en su nueva manera, lo resuelve aceptando que no está realmente narrando una historia realista, un informe de la vida de esas gentes de la Bretaña, sino un poema en imágenes, en el que el ensueño, lo mágico, debe ser parte fundamental. Con ese punto de partida, al personaje del joven desgraciado se añade el detalle de convertirlo en una suerte de bardo/juglar itinerante, lo que no sólo le ayuda a sobrevivir en sus andanzas, sino que permite a Epstein la inclusión de canciones populares, mediante las que la narración puede detenerse, la mirada del cineasta tornarse descriptiva, observar de manera impresionista las gentes y los lugares que visita el protagonista.

Es en eso momentos cuando la película brilla con más fuerza. Las canciones han sido claramente grabadas en estudio y sincronizadas luego con la imagen, de manera que Epstein puede así recobrar la libertad de cámara de tiempos del mudo, embarcándose en complejos montajes experimentales, cuya yuxtaposición de imágenes le permite narrar, expresar, lo que la palabra es incapaz de mostrar o, como mucho, como es el caso, ilustrar. Son estos caracteres mixtos, anfibios, del cine de Epstein los que debían hacerlo difícil de entender y aceptar en su tiempo, especialmente si se considera que el camino de este director se apartaba del de sus contemporáneos, pero lo vuelven más que interesante, extrañamente próximo a nuestra sensibilidad, que también es impura y mestiza, que gusta de esos cruces, casi antinatura, de formas, artes  y expresiones.