sábado, 25 de octubre de 2014

From Beyond the Grave


Una de las consecuencias personales de la reapertura del Museo Arqueológico Nacional de Madrid es que mi biblioteca se ha incrementado en un buen puñado de volúmenes, comprados en la bien surtida librería de ese museo. Aunque la mayoría han acabado en la pila de pendientes sin fecha, ha habido un par que he sido incapaz de dejar para luego y que les iré comentando esta semana. El primero de ellos se llama La Llamada Muda, escrito por el estudioso francés Jean Christophe Bailly, y trata sobre esos retratos de época grecorromana hallados en Egipto que se conocen de ordinario como retratos de El-Fayyum, por la zona de ese país de donde procede la mayoría.

Si el nombre les suena, ya sabrán de qué estoy hablando y de su importancia. Si no lo saben, decirles que estos retratos fueron hallados sobre momias de los siglos I al IV de nuestra era, substituyendo a las características máscaras funerias, y se caracterizan por un realismo de rara intensidad, que no volvería a ser habitual en la historia del arte hasta el renacimiento italiano del siglo XV. De hecho, es ese realismo la causa principal de la fascinación que muchos tenemos por esos retratos, ya que su calidad es tal, su proximidad y su carnalidad tan conseguida, que en sus mejores ejemplos da la impresión de que nos encontremos ante el propio difunto redivivo, que mira y observa a través de un abismo de siglos, repentinamente abolidos.



La excepcionalidad de estos retratos, por lo dicho y por ser uno de los poquísimos conjuntos pictóricos conservados del mundo antiguo, ha llevado obviamente a que se intente profundizar en su conocimiento y a llenar un buen número de libros intentando aclarar su enigma. Enigma que sigue sin ser resuelto, porque a pesar de que el número de retratos llegue a varios centenares, de que algunos se hayan encontrado in situ, conservados con su contexto arqueológico, y que la variedad de estos retratos sea suficiente para que reconozcamos estilos, variantes y modas, seguimos sin saber exactamente por qué y para qué se crearon, cuales fueron las circunstancias de su utilización.

Este velo de misterio no es privativo de los retratos del Fayyum, sino que se extiende a toda la antiguedad clásica. Todo aficionado a ese periodo sabe que poseemos una ingente cantidad de datos del mundo grecorromano, cuya clasificación e interpretación llevará mucho tiempo, pero sin embargo, en cuanto se intenta profundizar un poco, son más que evidentes nuestras lagunas. Lo queramos o no, somos incapaces de imaginar - de recrear, por mucha novela histórica que lo pretenda - como vivían  y sentian esas gentes, ignorancia que se hace tanto peor cuanto más nos alejamos de los núcleos de poder, de las élites, y nuestras fuentes escritas se vuelvan más parcas, callando lo que ellos daban por sentado o no consideraban digno, pero que para nosotros no puede ser más valioso.

En el caso de los retratos del Fayum no disponemos de ningún escrito que se refiera a ellos, de ningún texto o noticia que pudiera orientarnos. Sabemos, es cierto, que son retratos para la élite, dada su evidente calidad y los rasgos étnicos de la mayoría de ellos. Sabemos también que debieron realizarse tiempo antes de la muerte del difunto, ya que algunos retratos de niños se han encontrado sobre momias de adulto, mientras que otros han sido recortados para adaptarlos a su nueva función y muestran trazas de haber sido colgados y expuestos durante largo tiempo. Sabemos asímismo que responden a un curioso sincretismo religioso y artístico, en el que elementos egipcios y grecorromanos se yuxtaponen sin que sean conscientes de su discordancia, como es el caso del magnífico sudario del museo Pushkin que abre esta entrada.

Fuera de ello, nada más. Ni por qué esta constumbre entró en boga a principio de nuestra era, ni para qué, cuándo o por quién se encargaban, ni qué uso recibían antes de la muerte del difunto. Tampoco sabemos si esta costumbre era exclusiva de Egipto, si en otras partes del imperio existían usos similares, o hasta que punto el estilo de los retratos era internacional o local, obra de talleres y artistas especializados o producto de artesanos locales que hacían un poco de todo.

Nada, sólo el misterio. La proximidad sobrenatural de esas personas muertas hace milenios, tan cercanas a nosotros en su carnalidad, pero al mismo tiempo, tan lejanas y extrañas, tan incomprensibles, puesto que entregaban a las arenas, a la invisibilidad y al olvido, obras de arte de primera categoría, que a nosotros nos conmueven profundamente y por ellos la atesoramos, pero que para ellos, evidentemente, eran prescindibles, ni siquiera válidas para ser recordadas, creadas para ser visto por otros ojos, por otras entidades que no pertenecían a este mundo pasajero. 

Nada, aparte de esas miradas, de esos rostros que han vencido al tiempo y que continuaran existiendo cuando nosotros y nuestro recuerdo se hayan desvanecido para siempre. Expresiones serenas y al mismo tiempo profundamente melancólicas. Ojos que se nos clavan, que nos interrogan sin que sepamos qué quieren, para los que seremos siempre desconocidos. Miradas que nos atraviesan sin vernos, como corresponde a los futuros fantasmas que seremos, sin que nos sea concedido encontrarnos reflejados en las pupilas de esos otros muertos..