martes, 14 de octubre de 2014

Just the sea and the sky



































Una vez terminada La Chute de la Maison Usher (1928), la carrera de Jean Epstein dio un giro de 180 grados, coincidiendo con los momentos finales del periodo mudo. El punto de inflexión coincide con Finis Terrae (1929), su última película muda, pero ya en las antípodas de lo que habían sido sus producciones anteriores.

Este cambio no quiere decir que su obra dejara de ser menos experimental - los hallazgos visuales de sus películas anteriores son bien visibles en Finis Terrae - sino que se van a expresar de otra manera. Temáticamente, Epstein pasa de una figuración imaginada del mundo - sea en la forma de adaptación literaria de clásicos o en la de textos de la modernidad - a un intento de narración quasidocumental, en el que el acento está en la reconstrucción de los modos de vida presentes de los personajes capturados por su cámara. Unos modos que no son cualesquiera sino que se circunscriben a un lugar muy concreto, la Bretaña francesa, donde se ilustra la lucha constante del ser humano contra una naturaleza poderosa y salvaje.

El cine de Epstein desde ese instante se convierte en una búsqueda de un hombre elemental, primigenio, libre de las ataduras de la sociedad urbana moderna, sumergido en el eterno discurrir de unos ciclos naturales de los que es un elemento más y contra los que no puede luchar abiertamente, sino a lo sumo dejarse llevar, aprovecharlos en su propio beneficio. Es esta negación de la modernidad, esta búsqueda de un mundo más simple e inocente, la que le acerca a ciertos posicionamientos políticos actuales, pero asímismo la que puede explicar porque en su tiempo - de revolución y contrarrevolución - llevó a estas obras a quedar en la penumbra frente a sus obras anteriores, debido a su aparente carácter retrógrado y conservador, juicio crítico que se prolongaría en décadas sucesivas.

Sin embargo, esta búsqueda del hombre natural, puro y libre, no es muy distinta de la otros directores coetáneos, como es el caso claro de Flaherty. Por otra parte, este cambio de objeto de su visión, no supone que Epstein, como ya he dicho, sea menos experimental. El cine de Epstein no deviene de buenas a primeras un conjunto de planos largos con la cámara fija - como sería del gusto del cine ascético contemporáneo -, en los que el director busca distorsionar lo menos posible la realidad que filma. Epstein continua haciendo ficción y para ello el montaje, la alternancia entre planos de diferentes profundidades, el subrayado oportuno de los detallles, el encadenamiento de significados visuales, incluso el ralentí - poco tiene que ver su uso delicado con la impersonalidad sesentero -  continúan siendo sus armas preferidas, aunque otros efectos, como la superposición de imágenes o la inclusión del negativos han desaparecido por completo, como inapropiados para el realismo que se pretende.

¿Realismo? Sí, pero mágico, porque la historia que Epstein narra se pretende intemporal, suspendida entre un futuro y un pasado en el que esas conductas, esas situaciones, se repetirán inevitablemente. Los personajes se transforman por tanto en símbolos, en arquetipos, quedan reducidos a sus elementos esenciales, los marineros que pasan el verano en una isla pelada para quemar algas y transformarlas en fertilizante, sus madres que les esperan con ansiedad creciente, el doctor que encabezará una expedición de rescate ante el temor de que les haya ocurrido un accidente. Nada más será necesario para dar comienzo a la película y mantenerla en marcha durante casi hora y media. Ninguna otra caracterización, ningún esbozo de caracterización psicológica, de pasado o de secretos serán precisos.

Porque los auténticos protagonistas no son los seres humanos. Son el mar y las rocas, las olas y las corrientes, el cielo y los vientos, su poder y su fuerza, el dominio absoluto que tienen sobre los destinos humanos, capaz de conseguir que la isla en la que trabajan los protagonistas, a pesar de hallarse separada por un estrecho brazo de mar se encuentre en realidad casi al otro extremo del mundo, inalcanzable, separada por obstáculos infranqueables que superan las fuerzas y la voluntad de los protagonistas. Ese y no otro es el tema de la cinta, la impotencia de los marcharon y de los que quedaron para superar el abismo que los separa, la lucha incierta por superarlo y vencerlo, sin que haya seguridad de superar el reto, ni de sobrevivir al intento.