jueves, 16 de enero de 2014

Under the Shadow of Postmodernism (IX)

Born on December 18m 890, just twenty days before his father was murdered by one of his uncles on the order of his grandfather, Abd al-Rahman III was the longest reigning and most powerful of the Umayyad rulers of al-Andalus. Like Charles I of England, he looked tall on horseback, but was actually very short in stature, with fair hair, light-coloured skin, and blue eyes (like his grandfather). Several of these characteristics that he may be inherited from his mother, a Christian slave from the north of Spain, but she was by no means the first contributor of such genetic characteristics to the dynasty. Abd al-Rahmab II, Muhammad I, al-Mundir, Abd Allah, Hisham II, and all the ephemeral last Umayyads also had Christian slave mothers. The result was a family physical appearance that did not sit comfortably with an Arab racial stereotype, especially as the foremost representatives of the Prophet's own tribe of Quraysh. One source suggest that Abd al-Rahman resorted to dying his hair and beard black as to better conform to the desired image.

Roger Collins, Caliphs and Kings, Spain 796-1031

Esperaba con ilusión la publicación de la obra citada de Roger Collins - último tomo que quedaba por aparecer de la historia de España dirigida por John Lynch - por dos razones principales. La primera que hasta no haberla leído no podía continuar con mi lectura - y comparación - en paralelo con la Historia de España de Critica/Marcial Pons. La segunda era el buen sabor de boca que me habían dejado los dos tomos anteriores escritos por este mismo autor, tanto el dedicado a la Hispania Visigoda como el centrado en el primer siglo, el VIII, de la conquista musulmana.

Debo confesarles que esta obra - escrita casi dos décadas tras las anteriores - me ha defraudado un tanto y la razón es bastante simple. En el haber de Collins está presentar con detalle las fuentes textuales en las que se basa la reconstrucción del periodo, indicando sus defectos, problemas, contradicciones e distorsiones ideológicas, ya sean conscientes o inconscientes. En el debe está ese fenómeno tan común en tiempos postmodernos, en el que la narración histórica se desvanece sin dejar nada tangible, como si quiséramos atrapar un puñado de arena en la mano y apenas llegásemos a retener unos granitos.


Esta impresión de vació es más fuerte entre aquellos que aún nos educamos en ese tiempo en el que las fuentes escritas de la historia de la península en ese periodo - especialmente las del lado cristiano - eran admitidas sin reparo alguno, sin abrigar duda alguna acerca de su validez, hasta cocinar una especie de batiburrillo en el que todo valía, desde las falsicaciones de un obispo - como el de Oviedo en el siglo XII - por justificar la primacía de su sede, o las fabulaciones novelescas de los romances de siglos posteriores.

En descargo de Collins hay que admitir que la documentación referente a los siglos IX y X es bastante escasa y en su mayor parte escorada hacia el siglo X en sus fechas de composición, cuando no directamente salta a los siglos XI y XII, con todos los problemas de embellecimiento y dramatización del relato histórico que esto conlleva. Este retraso en las fuentes tiene razones más que objetivas y se debe a una doble destrucción de documentos, provocada por el doble movimiento conquistador de flujo árabe y reflujo  cristiano que tuvo lugar en la España de tiempos de la Reconquista.

Por supuesto cuando hablo de destrucción de documentos debe entenderse en un sentido laxo. Al bando vencedor, ya fuera cristiano o musulmán no le interesaba conservar los escritos del bando contrario, excepto en muy contadas excepciones generalmente basadas en su antigüedad, con lo que pasadas varias generaciones y a medida que la población iba convirtiéndose a la religión del vencedor, los manuscritos dejaban de ser conservados y copiados, para irse tornando ilegibles o acabar convertidos directamente en polvo.

Este descuido ha provocado que apenas tengamos testimonios directos de lo que pensaban los mozárabes de Al-Andalus, cuyo testimonio sería crucial, por ejemplo, a la hora de determinar lo ocurrido en las zonas periféricas del Emirato/Califato - en general todo lo que no era Córdoba - un área en la que abundan las rebeliones en las que se entrecruzaban miembros de diferentes religiones y razas, y donde las fronteras eran tan porosas que miembros de una misma familia, aunque con nombres en lenguas distintas, gobernaban a cada lado.

Esa pérdida nos impide encontrar también la solución a un viejo problema: hasta que punto se hallaba avanzada en el siglo la conversión de los mozárabes en una minoría que utilizaba cada vez más el árabe. Sabemos que en el siglo XI esto ya había ocurrido, al igual que en otras partes del Dar-al-Islam mediterráneo, pero no sabemos cuando empezó y con qué velocidad. Collins parece bastante escéptico en que este proceso estuviera muy avanzado en el siglo X, así que lo retrasa al XI y a la llegada de los almoravides, llegando incluso a descartar la evidencia arqueológica en forma de prácticas funerarias (sobre la espalda, este/oeste en el caso cristiano, sobre un lado, norte/sur en el caso musulmán).

A obscurecer esta situación se añade el hecho de que la documentación administrativa del estado Cordobés se ha perdido por completo, con lo que no podemos obtener la información fiscal que nos permitiría realizar un estudio de población, ni siquiera intuirla de los contratos de compraventa que empiezan a ser comunes en el lado cristiano. Tampoco nos queda el recurso de utilizar las obras historiográficas que hubieran podido ser llevadas al norte de África por los refugiados árabes. La asimilación de estos fugitivos restó poco a poco interés a los recuerdos de una Al-Andalus perdida, de manera que la obra de grandes historiadores como ibn Hayyam se conserva incompleta, y aún esta en copias manuscritas realizadas por escribanos apresurados.

No es de extrañar, por tanto, que ese periodo de tres siglos que va del siglo VIII al X, sea el criadero de todo tipo de mitos fundacionales y espejismos edénicos. Al-Andalus ha sido al mismo tiempo el enemigo perfecto y continúo, aquel cuya expulsión daba sentido a cierta España, o el estado perfecto que prefiguraba nuestras sociedades multiculturales actuales, sin darnos cuenta que, como en toda sociedad de la edad media, la violencia extrema como método de gobierno era moneda corriente, o que muchas de las fronteras sociales y religiosos que aún ahora nos parecen infranqueables no lo eran entonces.

Obscuridad que acarrea también que ciertas verdades sean imposibles de tragar por los proponentes de los diferentes nacionalismos - regionales y nacionales -, como que el origen del castellano y de Castilla son producto de la migración hacia el sur de los habitantes del actual Euzkadi - el castellano como un latín pronunciado por un vasco - como vendría a demostrar que los primeros indicios de esa lengua se encuentran en un óvalo que englobase el sur de Álava, La Rioja y el Norte de Burgos. 

The origin of the county of Castille, which became a kingdom through its unification with Leon in 1037, lie in the Basque-speaking region known to classical authors as Vardulia. Although difficult to fix precise boundaries, this certainly included most or all the present provinces of Vizcaya and Guipuzcua on the Biscay coast and at least some of that of Alava to the south of it. The history of early medieval Castile is largely that of a movement of settlement southwards from this core region, firstly into the upper Ebro valley and then beyond, across the Sierra de la Demanda and the Picos de Urbión, into the upper Duero, as this is the process most fully documented in our records. The northern regions out of which not just the county of Castile but also its eastern neighbour, the county of Alava, expanded are barely touched upon in the sources. Even so, it is assumed that both counties had the Biscay coast as its most northerly point. Alava included much of became Guipuzcua and the western part of the modern province of Alava, while Castile incorporated what is now Vizcaya. The exact boundaries to east and western between the two counties cannot be easily defined, owing to lack of information.