jueves, 2 de enero de 2014

A Proust Odissey: Le Temps Retrouvé (III)

D'abord, du moment que rien n'était commencé, je pouvais être inquiet, même si je croyais avoir encore devant moi, à cause de mon âge, quelques années, car mon heure pouvait sonner dans quelques minutes. Il fallait partir en effet de ceci que j'avais un corps, c'est-à-dire que j'étais perpétuellement menacé d'un double danger, extérieur, intérieur. Encore ne parlais-je ainsi que pour la commodité du langage. Car le danger intérieur, comme celui d'hémorragie cérébrale, est extérieur aussi, étant du corps. Et avoir un corps, c'est la grande menace pour l'esprit, la vie humaine et pensante, dont il faut sans doute moins dire qu'elle est un miraculeux perfectionnement de la vie animale et psychique, mais plutôt qu'elle est une imperfection, encore aussi rudimentaire qu'es l'existence commune des protozoaires en polypiers, que le corps de la baleine, etc., dans la organisation de la vie spirituelle. Le corps enferme l'esprit dans une forteresse; bientôt la forteresse est assiégée de toutes parts et il faut à la fin que l'esprit se rende.

Marcel Proust, Le Temps Retrouvé.

De entrada, puesto que todo estaba aún por hacer, yo podía estar inquieto, aun cuando creía tener aún ante mi, dada mi edad, varios años de vida, ya que mi hora podía llegar en cualquier instante. Era preciso partir del hecho de que yo tenía un cuerpo, es decir, que estaba perpetuamente amenazado por un doble peligro, exterior, interior. Pero yo no hablaba así más que por la comodidad del lenguaje. Porque el peligro interior, como una hemorragia cerebral, es tambíen exterior, al ser del cuerpo. Tener un cuerpo es la gran amenaza para el espíritu, la vida humana y pensante, de la que se debe decir sin duda alguna no que es un milagroso perfeccionamiento de la vida animal y psíquica, sino más bien que es una imperfección, aún tan rudimentaria como la existencia en común de los protozoos en políperos, que el cuerpo de la ballena, etc, en la organización de la vida espiritual. El cuerpo encierra al espíritu en una fortaleza, pronto esta fortaleza es asediada de todos lodos y es preciso que al final el espíritu capitule.

Como ya les había indicado en la entrada anterior, casi al final de Le Temps Retrouvé, la última novela de À la Recherche du Temps Perdu, el protagonista anónimo sufre una revelación, una epifanía/transfiguración,  a través de la que encuentra su auténtica vocación, mejor dicho, halla finalmente las fuerzas, la dedicación, la entrega que le permitan convertir en realidad su antigua vocación. La literatura, el trabajo de escribir, deja de ser un pasatiempo, mucho peor, una molestia, un estorbo continuamente retrasado a un futuro borroso que nunca llega, para devenir única y última realidad, trabajo y tarea diaria, irrenunciable puesto que se ha fusionado y confundido con la existencia, erigido en lo único que da sentido a este mundo y permite seguir viviendo en él.

Esa metamorfosis, de oruga a mariposa, es un reflejo de la que sufrió el mismo Proust, la que convirtió al ocioso y perenne invitado de las recepciones de sociedad, al escritor dilettante, al que de vez en cuando se le publicaba un artículo en un periódico, en un escritor en toda regla, para el que sólo tenía sentido el cultivo y perfeccionamiento de su arte, hasta límites auténticamente obsesivos. A pesar de esta coincidencia, no que hay que olvidar que la vida y su reconstrucción literaria son cuestiones muy distintas, casi opuestas. Andaría muy equivocado el que imaginase al hombre Proust sufriendo una revelación fulminante como la de su reflejo novelístico, del cual surgiera repentinamente un escritor - y una obra - completo, consagrado y perfecto.


Sabemos - ya lo he indicado aquí y allá, en estas torpes anotaciones - que el plan de À la Recherche no surgió entero, de una sola vez, de la mente de Proust, de forma que lo único que quedase por hacer es  completar lo que faltaba, decorarlo y embellecerlo. Del primer esbozo de lo que iba a llamarse el Contre Sainte-Beuve, que no iba a ser otra cosa que un tratado filosófico mal disfrazado con ropajes novelísticos, hasta el último borrador de Le Temps Retrouvé, pasaron 14 años, de 1908 a 1922. En ese tiempo, el ensayo se transformó en una novela completa, de ambiciones enciclopédicas, siempre en crecimiento, sin fin concreto y a la que se iban añadiendo sucesivas capas y niveles, tanto del presente del autor como de su presente. Un proceso de refinamiento y de destilación al que contribuyó no poco la casualidad, en forma de retrasos en la publicación, primera guerra mundial y relación trágica con su secretario Agostinelli, de manera que si los deseos de Proust se hubieran cumplido y el ciclo se hubiera publicado a mediados de la década de los 10, sería casi irreconocible en comparación con lo que todos conocemos.

Volviendo al final de Le Temps Retrouvé, podría pensarse que el descubrimiento de la auténtica vocación del artista, ya paulatino, como el caso de Proust, ya repentino, como el de su protagonista, llevase al ciclo a acabar en una nota de triunfo.

No es así.



Lo que ambos, Proust y su doble, descubren  es que esta misión puede verse truncada por la fragilidad de nuestra existencia, punto en el que coinciden y se confunden tanto el Proust agonizante que no pudo dar la última revisión a las tres novelas del ciclo, como su trasunto novelístico, que aún no ha comenzado su labor y puede que nunca la lleve a cabo.

Ambos descubren así qué limitado, qué escaso es nuestro tiempo, y que necios somos al derrocharlo a manos llenas en gentes, en pasatiempos, en conversaciones y reuniones, que de nada nos aprovecharan. Da igual cuanto atesoremos en nuestros cerebros, cuanto experimentemos, cuanto veamos y sintamos. Si no somos capaces de plasmarlo en un objeto físico, distinto de nosotros mismos, que pueda sobrevivirnos y hacer que nuestra voz se escuche cuando ya no estemos aquí, todo lo que somos, todo lo que pensamos, todo lo que creemos está expuesto al menor incidente, a la más pequeña enfermedad, que no ya es que acabe con nosotros y nos maté, sino que simplemente borre para siempre lo que guardamos en nuestros cráneos, creyendo que allí está seguro por siempre.

La vida, la creación, el arte, no son otra cosa que una carrera contra el tiempo. Para dar forma a esas ideas vagas, a esas corrientes obscuras que se esconden en nuestro interior, que son el auténtico nosotros, aunque las desconozcamos - o no queramos conocerlas - en la mayor parte de los casos. Un combate en el que lo más probable es que perdamos o, de forma más prosaíca, que no nos alcancen las fuerzas para llevarlo a su término y tendramos que abandonarlo.

Así, Proust no pudo llegar a revisar las últimas tres novelas del ciclo novelístico, que quedaron en forma de borrador avanzado, de materia continuamente maleable, variable de edición en edición y que desconocemos si el autor hubiera aprobado finalmente. De la misma manera, la novela acaba con un sentimiento de urgencia, de peligro inminente, ya que el reflejo literario de Proust sabe que su cuerpo le está traicionando, que en cualquier momento su obra puede quedar inconclusa, su vida malograda, puesto que puede fallarse a sí mismo, precisamente ahora cuando se había encontrado, descubierto a sí mismo.

Y es en ese sentimiento de urgencia, de posible derrota, de fracaso inminente, en el que novela y realidad se reúnen finalmente.