sábado, 21 de diciembre de 2013

Nothing else, Nothing less

Toyen, Mensaje del Bosque

Les contaba la semana pasada el curioso vacío en que se hallaba sumida la exposición del Surrealismo en la Juan March, como si el público la hubiera abandonada. Esta mañana he estado visitando la muestra El Surrealismo y el Sueño abierta en la Thyssen madrileña y ya tenía pensado de antemano como iba a orientar la entrada, dado lo bien que se les da la publicidad y la propaganda a los responsables de esa institución.

Sin embargo, no estaba preparado para la sorpresa que me aguardaba allï. También estaba medio vacía y muchos de los visitantes iban acelerando el paso a medida que pasaban de una sala a otra. Algo les espantaba, en el sentido de hastiar, y les llevaba a escapar cuanto antes de esa exposición, en la que evidentemente faltaba lo que estaban esperando, fuera lo que fuera.

Estaba claro que los Surrealistas no son los Impresionistas




Dora Maar, Mano-Concha
Si embargo, los Surrealistas comparten con los Impresionistas su condición de ser un movimiento nexo o cruce. En breve espacio de tiempo, las décadas de los años 20 y 30, el modo surrealista ligó de forma más o menos estrecha a importantes figuras de la vanguardia Europea. Como todos los "ismos", la mayoría de sus componentes acabó desligándose del grupo original, para continuar sus carreras en solitario, en algún caso sin relación alguna con esa etapa o incluso aborreciéndola.

El surrealismo podría haber acabado como cualquier otro ismo, un capítulo en los libros de arte cuyo interés es meramente histórico, sin huella alguna en el presente. No ocurrió así, sino que la sombra del surrealismo se proyecto en el futuro, de manera que es posible etiquetar como surrealistas a artistas cuyo ciclo vital no coincidió con los años plenos de ese movimiento, hasta alcanzar nuestro propio presente.

Por otra parte, el surrealismo continúa vivo en la conciencia popular, habiendo alcanzado una resonancia impensable en cualquier otro movimiento de la vanguardia - excepto los impresionistas, aunque haya sido en una forma bastarda y deformada, en la que la imagen de ese movimiento se reduce a la pirotécnia daliniana, la yuxtaposición de contrarios como en en los chistes o la exploración de los mundos oníricos.

Remedios Varo, Papilla Estelar

Este es precisamente el aspecto que ha querido explotar publicitariamente la exposición de la Thyssen, adoptando como un título un pleonasmo como El surrealismo y el sueño, cuyo ridiculez se hace manifiesto si pensamos en títulos como El Cubismo y el Cubo, el Impresionismo y la Impresión, o el Rayonismo y la Raya, que simplemente intentan subrayar lo evidente.

Esta política de titulado es muy habitual en la Thyssen como forma de atraer a las multitudes, pero en este caso parece haberles salido el tiro por la culata. Al hablar de sueño, de onirismo, la impresión que se transmite es de amable, de movimiento artístico domeñado por el comercialismo, válido sólo para llenar las arcas. Sin embargo, los organizadores parecen haber olvidado que el Surrealismo es un movimiento vivo, que siempre se ha caracterizado por ser irreductible, por negarse a ser descifrado, por buscar la revolución, por ser incómodo y contestatario.

Así, de manera inesperada, muchos de los cuadros aquí expuestos vuelven a ser una bofetada en una sociedad que se ha vuelto conformista y acomodada, y que sólo aspira - especialmente aquellos que poseen el dinero para costearse una de estas obras - a que se preserven sus privilegios contra toda subversión.

Leonor Fini, Entreacto del Apoteosis


A pesar de su título equivocado, la exposición resulta de las mejores que se han visto en la Thyssen últimamente, debido precisamente dos razones.

La primera es la irreductibilidad a la que hacía referencia. El intento enciclopédico por intentar encontrar como se ha representado el sueño onírico en el surrealismo al final lo que consigue es que la exposición se salga del Sota, Caballo y Rey que para el público español suponen Dalí, Miró y Buñuel, para acabar recogiendo un buen número de artistas surrealistas, en su mayoría completamente desconocidos para el aficionado medio o perennemente en la penumbra.

Esta variedad de nombres, de primera y segunda fila, conocidos y olvidados, acaba por mostrar al Surrealismo como un amasijo de fuertes personalidades - como el propio Impresionismo - unidos por unos lazos tenues y débiles, que hacen imposible encontrar una definición concreta y definitiva de lo que es el surrealismo, al tiempo que muestran lo absurdo de las fatwas que periódicamente emitía André Breton,  Papa del surrealismo.

Al final el surrealismo se revela como vasto territorio inexplorado, como inmenso espacio vacío en los mapas, auténtica terra incognita, donde cada autor es un vasto continente aún por explorar, sin que nada de lo ya cartografiado nos permita anticipar qué es lo que nos encontraremos tras esas montañas, al vadear ese río, al navegar ese océano

Kay Sage, El templo de la palabra
Esta imprecibilidad tiene su mayor exponente en como la exposición se las arregla para demoler - en silencio y como si nunca hubiera existido - uno de los dogmas mayores de análisis crítico del surrealismo: su condición de movimiento esencialmente masculino que la mujer sólo podía habitar como objeto.

Esto era una espejismo, producto de un mundo en el que el machismo aún era rampante. Lo cierto - lo auténticamente cierto - es que el carácter revolucionario del surrealismo creo un espacio en el que singulares personalidades femeninas pudieron desarrollarse, aunque luego los estudiosos masculinos tejieran una historia del movimiento en el que sólo se contaran los miembros masculinos.

Y éste ha sido para mí uno de los grandes descubrimientos - y sorpresas - de la exposición. Encontrarme con tantas grandes artistas que por merito propio deberían figurar entre los grandes de ese movimiento. No es que no supiera ya de la presencia de grandes mujeres en el Surrealismo, pero nunca hasta ahora las había visto a todas juntas, cada una con su personalidad y su individualidad, hasta constituir una realidad innegable.

De hecho ése y no otro debería haber sido el auténtico título de la exposición. Pintoras, Fotógrafas y Escultoras: El Surrealismo Femenino. Pero habría sido demasiado pedir para una institución como la Thyssen, institución al fin y al cabo.

Leonora Carrington, El templo de la palabra