sábado, 28 de diciembre de 2013

Growing Up

Velázquez, La Infanta Margarita
Más de una vez les he dado la lata con mi obsesión por los nombres adecuados de las exposiciones. Sé perfectamente que en este mundo en que vivimos es necesario hacer algo de publicidad - en castellano, decir medias verdades - si se quiere que las masas acudan a la exposición que tu institución ha organizado. Hasta ahí podría disculparlo, pero me da que muchas veces los efectos son los contrarios a los que se pretenden, puesto que más de un visitante va a salir defraudado y no se callará luego a la hora de vocear su descontento... a menos que lo que ocurra en realidad sea el famoso timo teatral que Mark Twain narraba en Huckelberry Finn.

La exposición Velázquez y la Familia de Felipe IV que aún se puede visitar en el museo del Prado pertenece a esa categoría de títulos poco representativos/afortunados. Me temo que muchos de los visitantes esperaban encontrarse con una apretada selección de cuadros de Velázquez que abarcase todo el reinado del rey que le empleó. Sin embargo, lo que tenemos es una serie de retratos de la etapa final tanto del monarca como del pintor, que de repente transita hacia el reinado de Carlos II y la obra de los dos pintores que sucedieron a Velázquez, Martínez del Mazo y Carreño Miranda.



El resultado, como puede comprobar todo el que haya visitado la exposición, es que mientras las primeras salas, las más Velazqueñas, están perennemente abarrotadas por el público, las últimas empiezan a decrecer en densidad humana... y si la exposición fuera más grande llegarían a estar casi vacías. ¿La causa? Aparte de que para la mayoría los nombres de Mazo y Carreño no tienen significado alguno - comparten el mismo limbo histórico del rey al que sirvieron -, la exposición muestra demasiado a las claras que ambos pintores no estaban a la altura de su predecesor, puesto que en demasiadas ocasiones se limitaban a copiar las fórmulas de su egregio maestro, por mucho que los paneles informativos de la exposición nos hablen de "transito" y "transformación" del retrato real en tiempos de los últimos Habsburgo.

Juan Martínez del Mazo, La Infanta Margarita

No quiere esto decir que la exposición sea una mala exposición, sino que está mal presentada y anunciada. Por una parte, nos permite contemplar un buen puñado de obras - algunas de ellas notables - de esos dos pintores españoles tan eclipsados por su maestro Velázquez. Por otra parte, el hecho de centrarse en la familia real en los años finales de Felipe IV y comienzos de Carlos II, permite apreciar los cambios catastróficos que en ella se produjeron - muerte de los potenciales herederos, muerte del propio monarca, viudez y regencia de la reína madre, ascenso del rey hechizado -  reflejada en los rostros y cuerpos de los protagonistas, en su crecimiento y su envejecimiento.

Cuatro personajes destacan de este panorama terminal de los Habsburgo, en la plasmación que de ellos dejaron los diferentes pintores de corte. Primero, el príncipie Prospero, gran esperanza de la corona, pero finalmente una nota al pie en la historia de España por su temprana muerte, de quien Velázquez dejó un retrato magnífico, el de un niño que apenas sabe que tiene que hacer excepto que le han dicho que pose, y en el que toda la vida, toda la energía del  cuadro, se concentra en un perillo sentado en una silla. Opuesto a la vitalidad y la esperanza de este retrato están los dos de Carreño Miranda retratando a un Carlos II aún adolescente, a quien le viene demasiado grande el boato y lujo de las ropas con la que ha sido vestido. Cuadros a los que nuestro conocimiento de los hechos dota de un amargo presentimiento de futura desgracia.

Dramática es también la evolución de los sucesivos retratos de Mariana de Austria. Los primeros, aún de Velázquez, la muestran como reina orgullosa, sabedora de su poder y la grandeza de la corona que representa. Los últimos, ya de Carreño, nos enfrentan con una joven viuda, que al luto ha unido los hábitos religiosos del retiro que espera alcanzar, pero a quien su deber la obliga a continuar viviendo en el mundo, en tanto que su hijo no alcance la mayoría de edad.

No obstante, los más emocionantes son los dedicados a la Infanta Margarita, los tres que he recogido en esta entrada, puesto que en ellos la vemos pasar de niña inocente a mujer adulta. El primero de ellos es otra de las grandes obras de Velázquez, en el que la figura humana se disuelve en los densos ropajes que la visten y la rodean, deviniendo un objeto decorativo más, tan importante en la estructura de la pintura como el jarrón con flores que se haya a su lado, apenas esbozado pero de una realidad completa, tan perfecto que no es de extrañar que toda la vanguardia, desde los impresionistas, idolatrase a Velázquez. Los segundos, ya producto del pincel de Mazo, son menos logrados, pero lo que pierden en pintura pura, lo ganan en humanidad. No es ya un objeto decorativo lo que tenemos ante nuestros ojos, sino una persona real, a la que suponemos dotada de una personalidad, de una voluntad propia, con unas ideas y unos propósitos claros. Alguien quizás, a quien las sucesivas desgracias ha amargado prematuramente.

Y es aquí cuando la ilusión se derrumba. Porque todos estos retratos no son otra cosa que obras de propaganda. La de una monarquía que tiene que demostrar su fortaleza, que vela por la integridad del reino y el bienestar de sus súbditos, sin que los incidentes y los contratiempos, alcancen a turbar su serenidad. la claridad de su juicio. Una misión que sobrepasa a la vida de cada componente de la familia real, cuya existencia está supeditada al mantenimiento y salud de esa monarquía.

Lo que vemos, por tanto, en esos retratos de la Infanta joven y luego ya adulta, es el poder del trono, mientras que ella, la persona cuyo cuerpo vemos, se nos escapa definitivamente, sin que jamás podamos aspirar a conocer sus pensamientos, definitivamente perdidos en el tiempo y en la historia.

Juan Martínez del Mazo, La Infanta Margarita