martes, 24 de diciembre de 2013

Naked Power








































Continuando con mi exploración de la obra del cineasta Miklos Jancsó, este fin de semana le ha llegado el turno a Szegénylegények de 1965, título normalmente traducido como La ronda de reconocimiento o La Redada, aunque la traducción literal sería algo así como Los desesperados o Los sin esperanza o Los casos sin remedio, en una traducción mucho más irónica.

Szegénylegények supone la irrupción del estilo pleno de Jancsó - o al menos el estilo que se le supuso pleno en la década de los sesenta - tal y como había sido apuntado en su película anterior Így jöttem (El camino a casa). El estilo mayor de Jancsó se caracteriza por un uso depurado del cinemascope - permitan que utilice esa mala etiqueta-, hasta casi apurar sus posibilidades, de manera que se le puede calificar como uno de los grandes maestros de ese formato, con el permiso de Antonioni. El conocimiento profundo de las posibilidades de los formatos alargados, se une en Jancsó con un uso especialmente personal y único del encuadre que puede resumirse en una contradicción visual: si el cinemascope pretende mostrar más y más espacio visible, Jancsó consigue transformarlo en una experiencia asfixiante, ya que fuera del plano se esconden presencias siniestras que no descubriremos hasta el último instante, cuando ya no tenga remedio.

Sin embargo, no quisiera hacer hincapié en los aspectos estéticos y formales de Jancso - ya los he reseñado más de una vez fuera y dentro de este blog - sino centrarme en los aspectos políticos. Szegénylegények supone también el inicio de una serie de películas en las que el autor húngaro va a analizar la historia contemporánea de su país - siglos XIX y XX - tarea en la que va a destacarse por su visión personal y original, única en la historia de la cinematografía.

Por resumirlo en un par de breves conceptos, su objetivo es desmenuzar los mecanismos del poder y la violencia que su ejercicio entraña, pero al contrario de lo que estamos aconstumbrados a ver y a esperar, en la aplicación del poder no hay lógica alguna, ni es posible distinguir entre buenos y malos - más allá de los que un momento dado son víctimas y torturadores. Por otro lado la representación de la violencia no termina por ser un espectáculo pornográfico, en el que la denuncia de la crueldad se confunde con el placer sádico que su contemplación produce en el espectador, sino que se muestra en todo momento con una frialdad inusitada, como si proviniese de un negociado del exterminio, para el que su ejercicio fuera tan rutinario - y tan monótono y aburrido - como el simple pegar sellos.

Vale la pena detenerse en ambos aspectos. Jancso, en sus películas pretende examinar el ejercicio del poder absoluto, tal y como fue ejercido por los totalitarismos históricos, Nazismo y Estalinismo, y tal como es ejercido en la actualidad por terroristas y conglomerados empresariales. La característica fundamental de ese poder absoluto se expresa en una cualidad paradójico: es esencialmente absurdo. Ser absoluto significa ni más ni menos que cualquier orden que emita será obedecida. independientemente de su racionalidad, su pertinencia y su eficacia. No es otra cosa lo que experimentan los personajes de Jancso, ellos - como nosotros en nuestra vida cotidiana - nos vemos sometidos a una serie de ordenanzas y legislaciones que suponemos dotadas de una razón última, pero que por mucho que intentamos averiguar se nos escapa. De esa manera, nosotros como espectadores, los actores, como representantes nuestros, asisten a todo tipo de escenas, cuyo significado se les escapa.

¿No hay entonces un significado? Sí, pero ése es precisamente el que no queremos aceptar. Todas esas órdenes, todos esos ritos, todas esas contradicciones y absurdos, lo único que pretenden es quebrar nuestra resistencia, convertirnos en un rebaño sumiso y obediente, que no se plantee dudas ni preguntas, que simplemente obedezca, que acate lo que se le ordene, que acaba al final metamoforseado de víctima en torturador. Es entonces cuando la violencia , especialmente esa violencia fría, anónima, desapasionada tan típica de Jancsó, cobra su significado. Primero busca eliminar a los elementos más refractarios, de forma que su ejemplo no constituya un núcleo de resistencia, luego ablandar a los que quedan, hasta convertirlos en una grey en la que cualquier atisbo de moralidad o de decencia ha quedado relegada al absurdo por el absurdo del propio poder descarnado al que se ven último.

Y por último transformarlos en colaboradores voluntarios y entusiastas, a los que se ha rescatado del absurdo para darles una misión. Víctimas promovidas en verdugos que contribuirán a extender ese poder bajo el que sufrieron, ese mismo horror que les quebrantó sobre otros inocentes, a los cuales consideraran culpables dignos del más cruel de los castigos.