jueves, 26 de diciembre de 2013

A Proust Odissey: Le Temps Retrouvé (II)

Mais qu'un bruit, qu'une odeur, déjà entendu ou respiré jadis, le soient de nouveau, à la fois dans le présent et dans le passé, réels sans être actuels, idéaux sans être abstraits, aussitôt l'essence permanente et habituellement cachée des choses se trouve libérée, et notre vrai moi qui, parfois depuis longtemps, semblait mort, mais ne l'était pas entièrement, s'éveille, s'anime en recevant la céleste nourriture qui lui est apportée. Une minute affranchie de l'ordre du temps a recrée en nous pour la sentir l'homme affranchi de l'ordre du temps. Et celui-là, on comprend qu'il soit confiant dans sa joie, même si le simple goût d'une madeleine ne semble pas contenir logiquement les raisons de cette joie, on comprend que le mot de "mort" n'ait pas de sens pour lui: situe hors du temps, que pourrait-il craindre de l'avenir?

Pero basta que un ruido, un aroma, ya escuchado o respirado antes, lo sea de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado, reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, que inmediatamente la esencia permanente y habitualmente escondida de las cosas se halla liberada, y nuestro verdadero yo, que desde largo tiempo parecía muerto, pero no lo estaba enteramente, se despierta, se reanima al recibir el alimento celestial que se le ofrece. Un minuto arrancado del orden del tiempo ha recreado en nosotros su alegría, incluso si el mero sabor de una magdalena no parece contener lógicamente las razones de este gozo, se comprende que el nombre de "muerte" no tiene sentido para él: colocado fuera del tiempo, ¿qué puede temer del futuro?

Pasada la mitad de Le Temps Retrouvé, la conclusión del ciclo novelístico de À la Recherche, el largo camino que hemos recorrido hasta entonces parece haber concluido en un callejón sin salida. Mejor dicho, ha terminado en la muerte, la extinción, la desaparición.


Desaparecidos son todos los sueños, los deseos del protagonista. Aquellos que deberían haber incitado y guiado su vocación artística, pero que se han desvanecido en medio de la indiferencia, la desidia y la pereza, hasta que que incluso la sensibilidad extrema y dolorosa que le caracterizaba, y que le colocaba aparte de sus contemporáneos, al borde de la incomprensión, pero que ahora, con el paso del tiempo, con la llegada de la vejez, se ha embotado e insensibilizado, hasta confluir en la indiferencia, en ese estado preludio y anuncio de la muerte, en el que el mundo deja de tener importancia y significado, en el que simplemente nos limitamos a avanzar, empujados por la inercia, hasta que esta también desaparezca y nos detengamos definitivamente.

Ese punto final no parece estar muy lejano para el protagonista, cada vez más desconectado del mundo y de sus semejantes, huésped recurrente de casas de reposo debido a una enfermedad cuya gravedad y nombre se nos ocultan. Incluso podría decirse que el desenlace inevitable se ha visto acelerado por las circunstancias históricas, por la catástrofe inesperada de la primera guerra mundial - recordemos, no prevista en el plan original del ciclo novelístico -, que además de su coste humano ha servido para llevarse por delante las estructuras carcomidas, los usos podridos a los que sólo la calma de una larga paz permitía continuar en funcionamiento.

Ese conflicto mundial, descrito con particular pasión en el fragmento central de Le Temps Retrouvé - sección inconclusa, pero aún así reveladora, central y clave - se ha llevado por delante todo lo que el protagonista conocía, todas las personas que el amaba, bien consumiéndolas en su hoguera, bien tornándolas en sombras de lo que fueron, en presencias inútiles. El orden social, el de la sociedad de postín, el de las recepciones de tantas duquesas y princesas - encabezadas por la familia de los Guermantes - ha sido completamente trastocado, dislocado. Los que ahora lo ocupan, lo que se llevan el elogio y la admiración de las gentes, son actores completamente nuevos, en muchos casos advenedizos, o simplemente personas que nadie hubiera pensado antes en invitar o siquiera en citar, pero a las que la revolución propiciada por el conflicto ha llevado a un inesperado primer plano, incluso adoptando - usurpando - el nombre de los que antaño lo merecieron por méritos propios.

No quiere decir que unos fueran mejores o peores, o que unos fueran más nobles, más elevados, más cultos, más sensibles. La esencia de la alta sociedad, de su brillo, es precisamente ser irrelevante, refractaria a todo lo que tenga el menor indicio de profundidad, atraída por el contrario, por todo aquello que no es más que oropel y purpurina. No, lo que ha ocurrido simplemente es que el tiempo ha hecho su labor, que no es otra como decía el poeta, que mudarlo todo, hasta que ha terminado por ser irreconocible, y se nos torne casi un insulto, una ofensa a lo que ya conocimos, al igual que ese estado de cosas, al que nos habituamos en nuestra juventud, era también un escándalo para los que eran viejos en ese entonces.

Un tiempo que poco a poco nos va matando interiormente, convirtiéndonos en extraños, en extranjeros, a aquellos que fuimos, a aquello que amamos entonces, en claro presagio del instante en que nosotros devengamos un frágil recuerdo, consignado al olvido más absoluto. Un destino del que no hay escapatoria posible, perdón, remisión o indulto, sino que todos tendremos que sufrir y aceptar, aunque sea a regañadientes, o con el recurso a la pataleta, hasta que lo aceptemos y nos dejemos envolver, impregnar, por su indiferencia e insensibilidad, la propia de los muertos.

Si no fuera por esos momentos milagrosos en que una concatenación de causas y de efectos, normalmente tan humildes e irrelevantes que tendemos a apartarlos inmediatamente de nuestra mente y de nuestros afanes, en los que repentinamente el tiempo queda abolido, el pasado se vuelve presente. Los muertos - todos los yo difuntos que hemos sido y que seremos - salen de sus tumbas, resucitan y reclaman sus derechos, lo que amaron, lo que ansiaron, lo que nunca obtuvieron.

Y para ellos basta un sabor, un olor, un ruido. Para que el mundo se revele pleno de significado, repleto hasta los bordes de todas las promesas que creímos nunca se cumplirían, para que el arte no quede reducido a mero juego, a entretenimiento, sino que sea nuestro único salvavidas, nuestro único asidero en medio del horror de la existencia.

Aunque el destino haya de ser el mismo, irremediable e inmutable, pero entre medias queden todos esos instantes sagrados, esas transfiguraciones, cuyo descubrimiento, cuyo atesoramiento es nuestra misión, la única que dará sentido a nuestra vida.

Ainsi j'étais déjà arrivé à la conclusion que nous sommes nullement libres devant l'ouvre d'art, que nous ne la faisons pas à notre gré, mais que préexistant à nous, nous devons, à la fois parce qu'elle est nécessaire et cachée, et comme nous ferions pour une loi de la nature, la découvrir. Mais cette découverte que l'art pouvait nous faire faire, n'était-elle pas, au fond, celle de ce qui devrait nous être le plus précieux, et que nous reste d'habitude à jamais inconnu, notre vraie vie, la réalité telle que nous l'avons sentie et qui diffère tellement de ce que nous croyons, que nous sommes emplis d'un tel bonheur quand un hasard nous apporte le souvenir véritable?

Así había llegado a la conclusión que no somos libres en absoluto frente a la obra de arte, que no la construimos a nuestro capricho, sino que preexistente a nosotros, debemos, porque es a la vez necesaria y oculta, y como haríamos con una ley de la naturaleza, descubrirla. Pero este descubrimiento que el arte podría hacer que hiciéramos... ¿no era, en el fondo, aquel que debía sernos más precioso, y que de costumbre permanece desconocido para siempre,  nuestra propia vida, la realidad tal que la habíamos sentid y que difiere de tal manera de lo que creemos, que nos sentimos inundados de tal alegría cuando el azar nos trae el auténtico recuerdo?