sábado, 14 de diciembre de 2013

Light of Darkness

Michael Wolgemut, Baile de los Esqueletos
Si el invierno pasado fue el tiempo de los impresionistas en Madrid- con dos megaexposciones en la misma calle - este otoño ha sido el tiempo de los surrealistas, con dos exposiciones más que interesantes, aunque quizás no por las razones que pensaban sus organizadores.

La primera de ellas que voy a intentar reseñarles es la abierta en la fundación Juan March, con el nombre Surrealistas antes del Surrealismo. Como es habitual en esta instución - casi la decana del panorama expositivo madrileño - el nombre que se ha dado a la muestra define bastante bien su propósito: Trazar la permanencia de lo fantástico y lo irracional en el arte occidental, fenómeno del cual el surrealismo es la última - y más ruidosa - manifestación.

Ese rigor temático puede haber tenido el indeseable efecto de confundir al público. Como ya saben suelo visitar las exposiciones dos veces, separadas por varias semanas de  distancia. Pues bien, si en mi primera vista la asistencia era bastante importante, aunque no masiva, en esta segunda ocasión, la muestra estaba casi completamente vacía. Circunstancia que ayuda mucho a verla, pero que supone un pequeño fracaso para una exposición tan apartada de los tópicos que rodean a ese movimiento en el mente popular: El sueño y Dalí, por decirlo brevemente.



Otro factor que puede haber ayudado al desinterés del público es simplemente la gran cantidad de obras expuestas - aunque esto no perjudicó en absoluto a la pasada muestra de Paul Klee -. Esa sobreabundancia de material es irónicamente una consecuencia perversa de la reforma del espacio expositivo de la fundación Juan March. En su antiguo formato, esta institución podía albergar exposiciones de pequeño, medio y gran extensión, mientras que ahora sólo admite las tallas grandes, de forma que se tiende a acumular material sobre material venga a cuento o no.

No es el caso de esta muestra del surrealismo, puesto que el campo de estudio es lo suficientemente amplio para resultar inagotable. El hecho de comparar las diferentes manifestaciones del surrealismo con fenómenos análogos en el pasado de la cultura occidental, se torna en una labor reveladora y enriquecedora. No es ya que esa búsqueda nos revele obras, autores, regiones enteras desconocidas, en una historia del arte que pensábamos cerrada y fijada, es que en el camino de vuelta es el propio surrealismo, el que resulta transfigurado, apartado del puñado de nombres que siempre quedan en la memoria del espectador, y asímismo restituido en su auténtica dimensión, la de arte encaminado a la revolución, que puede ser practicado y cultivado por cualquiera, y que para su realización sólo necesita de los materiales más humildes, aquellos precisamente al alcance de todos.
Hans Rogel El Viejo/Lorenz Stoer Paisaje con ruinas fantásticas y poliédros

Esa universalidad e igualitarismo es precisamente una de las grandes lecciones olvidadas del surrealismo. La fuerza de ese movimiento no estriba en la pericia técnica - aunque algunos de sus cultivadores hayan sido grandes coloristas o dibujantes - si no en la audacia intelectual. En ser capaz de vez lo que la mayoría es incapaz siquiera de soñar, para convertirlo luego en imágenes que ponga lo imposible ante nuestros ojos, que lo vuelvan normal, cotidiano, sin perder por ello un ápice de su extrañeza y su irracionalidad.

Irracional puede ser la palabra. Un problema de la historia del arte es precisamente que la permanencia del surrealismo en la memoria popular no ha sido igualdad por ningún otro movimiento de la vanguardia, si exceptuamos lo inevitables impresionistas. El surrealismo sigue vivo, sigue siendo contemporáneo, de manera que sus obras continúan aún afectándonos, estremeciéndonos, asombrándonos. La única explicación que se me ocurre a esta longevidad es que todos, sin excepción, incluso los que niegan y rechazan ese estado de cosas, vivimos en un mundo dominado por la ciencia y la tecnología, que impregnan nuestras vidas hasta el extremo de que ya no concebimos la existencia sin esas herramientas, sin el móvil, sin el ordenador, sin coches y aviones.

Pues bien, lo que el surrealismo viene a demostrar es que todo ese saber, todo ese conocimiento, todo ese poder y dominio en definitiva, no son otra cosa que un leve barniz. Un vestido que hemos dando en portar pero bajo el cual sigue habitando nuestra desnudez esencial: las fuerzas de lo irracional, de lo absurdo, de los monstruoso y de los inconcebible, más poderosas, más definitivas que cualquiera de los logros que nos han otorgado la ciencia y la tecnología.

Es por ello también que la comparación entre un movimiento artístico del siglo XX y las obras de arte de los siglos XV y XVI funciona a la perfección, sin que a nadie se le ocurra plantearse su pertinencia u oportunidad. En aquellos tiempo, lo maravilloso, lo diábolico, lo milagroso, era realidades que ninguna mente se atrevía a negar. El mundo de nuestros antepasados era surrealista y lo imposible, lo irracional, lo monstruoso, cotidiano. Presencias con las que uno podía cruzarse en el camino diario, a las que se podía evocar y convocar, con las que se podía pactar, a las que había que combatir, porque con ellas compartíamos y disputábamos el mundo sensible.

Y nos o guste o no, seguimos teniendo nostalgia de esos tiempos en que los dioses, lo sobrenatural, caminaban sobre la tierra.

Andreas Geiger/Theider A. Falconière El Jugador de Billar