sábado, 7 de diciembre de 2013

What could not be


Telemaco Signorini, Marina a Viareggio
 En la fundación Mapfre madrileña, se puede visitar aún la exposición dedicada a un grupo de pintores italianos del siglo XIX, los Machiaioli, muy poco conocido en España. Este olvido se debe en gran parte a que no dejaron de ser una excepción en el arte Europeo, sin continuidad en su país, mientras que su periodo pleno, apenas abarca los años finales de la década de los cincuenta y los primeros de la de los 60. De hecho, si se les recuerda es simplemente porque su arte, como el de otros grupos de la misma época, tiene más de un lazo de unión - "recuerda", en definitiva - al de los impresionistas franceses de la década de lo setenta.

No obstante, resultaría  equívoco etiquetarlos como preimpresionistas o protoimpresionistas - o como hace de forma ambigua la exposición, realismo impresionista, expresión que por su indefinición es completamente inútil - ya que ese movimiento aún ni se sospechaba en el momento de madurez de este grupo. Es más útil intentar encuadrarlos en los muchos realismo de la primera mitad del siglo XIX -  Corot y Courbet, la escuela de Barbizon - todos esos pintores que empezaron a pintar la realidad tal y como la veían, ya fuera por convencimiento estético o político, y descubrieron que los modos y técnicas de la pintura académica - o de los muchos romanticismo - no les servían para ese propósito.



Característica de estos pintores, en mayor o menor grado, son su afán por hacer partir la obra del natural, objetivo estético que les hacía abandonar el estudio e intentar capturar en el lienzo lo que encontraban en sus paseos y caminos. No obstante, a diferencia de los impresionistas, este afán no llegaba a ser una completa pintura à plein air, puesto que estos bocetos más o menos completos eran terminados luego en el estudio. Aún así, el hecho de abandonar la ciudad, con sus academias y sus salones, y marchar hacia la naturaleza, pura y simple, conllevaba que sus cuadros fueran cada vez más abocetados, producto tanto de la premura por captar el momento pasajero, como de su utilidad para reflejar en el lienzo lo que era transitorio.

Por un instante, ese breve periodo a caballo de 1860 al que hacía referencia, los Machiaioli se situaron al frente de la vanguardia Europea. No es ya que empezasen - sin llamarlo así - a realizar una auténtica pintura à plein air o que el soporte que utilizasen fuera tan pobre y frágil como las tapas de las cajas de pura, es simplemente que se embarcaron en un proceso de depuración y simplificación formal, la utilización de la mancha como el fundamento de su pintura, que si hubiera fructificado podría haber dado un vuelco a la pintura Europea y quizás prendido la vanguardia diez años antes de lo que estamos aconstumbrado.

No ocurrió así, y los Machiaioli se quedaron en nada, por mucho que la exposición se empeñe en demostrarnos lo grandes que fueron una vez que dejaron de ser. Porque ése es el problema y no otro, que los Machiaioli, tras su breve periodo de gloria, se convirtieron en perfectos pintores académicos, de gran calidad, cierto, pero completamente intrascendentes, indistinguibles de tantos otros muchos. Las causas de esta decadencia son múltiples y discutibles, pero que se produjo ese viraje a hacía la irrelevancia es irrefutable, como demuestran los denodados esfuerzos que realiza la muestra por llenar sus salas con material extra, apelando tanto a Fortuny como a Visconti, ya que las obras del gran periodo Machiaioli se le acaban enseguida.

Telémaco Signorini, Aguadoras en La Spezia
No presten mucha atención, sin embargo, a lo anterior. Lo cierto - y lo importante de esta exposición - es que cuando los Machiaioli estaban en su mejor momento podían ser comparados a otros pintores de primera categoría. Debido al desconocimiento en que han permanecido para el aficionado su pintura tiene una frescura que ha desaparecido completamente en la obra de los grandes, desgastada de verlas tantas veces.

En mi caso, lo más llamativo de estos pintores no es la mancha, el manido enganche con el impresionismo que tanto atrae a demasiados, hasta el extremo que contemplan sus cuadros desde una equivocada lejanía. No, lo realmente sorprendente para mí es como componen sus cuadros con un insospechado rigor geométrico, de forma que los mejores pueden descomponerse en una serie de líneas horizontales y verticales, construyendo un espacio bidimensional, casi teatral, en el que los personajes representados parece actuar ante un decorado. En otro pintores este sometimiento a un patrón geométrico, de raíces renacentistas, hubiera encorsetado el resultado final, arrebatándolo cualquier atisbo de vida y naturalidad.

No ocurre así en sus cuadros de su época plena. De ellos les salva el abocetamiento que suministra el necesario temblor y desenfoque que asociamos con la visión directa, así como un uso del color que reproduce la luz mediterránea con una precisión pocas veces conseguida. Este equilibrio imposible entre una composición racional y matémátíca, contrapesada con una ejecución sumaria y abocetada, se vería roto en su época de decadencia, cuando un acabado más académico, más preciso y dibujístico, sacó a la luz los defectos que tenía su modo de pintar.

 Queda la pregunta de hasta qué punto los Machiaioli se dieron cuenta de que su manera juvenil era la "correcta", mientras que su evolución posterior no fue otra cosa que un gran equívoco. Me atrevería a decir que ellos vieron su primera época como un "pecado" de juventud del que sanaron completa y afortunadamente, para su desgracia y la nuestra. Bueno, quizás sólo para la nuestra, porque ellos se granjearon así una clientela fiel y agradecida.

Pero no se dejen arrastrar por mi pesimismo. Disfruten de ese momento de gloria de la pintura occidental y piensen en cuanto similares pueden estar perdiéndose.

Telemaco Signorini, La Luna di Miele