lunes, 30 de diciembre de 2013

In Turmoil





















Fényes szelek (El Enfrentamiento o La Confrontación), realizada en 1968 por el director húngaro Miklos Jancsó, es una de las obras pertenecientes al periodo de gloria de este autor, cuando la crítica avanzada aún le consideraba como "uno de los nuestros". Si han seguido mis reseñas durante las últimas semanas, recordarán como su estilo puede resumirse en unos cuantos rasgos esenciales: uso al máximo del cinemascope, utilización de la estepa húngara como escenario donde al mismo tiempo todo es visible y del que nadie puede escapar, renuncia a cualquier tipo de explicación psicológica que permita elegir entre los "buenos" y los "malos".

Si estas características se aplicasen de forma mecánica, nos encontraríamos con un director formulaico, alguien que habiendo acertado una vez se limitase a repetir indefinidamente la receta que le brindó el éxito. Jancsó por el contrario se caracteriza - para bien y para mal - por buscar continuamente nuevos caminos, que le permitan explorar las posibilidades apuntadas en sus obras  anteriores. En ese sentido, Fényes szelek constituye una nueva muestra de la fuerza y energía del estilo de este director, pero también una ruptura de este corsé, la primera muestra de una evolución que haría que muchos de sus admiradores se apartasen de él.

La primera traición que se permite es abandonar las inmensas estepas que habían albergado sus historias, para encerrarnos en el recinto de un seminario húngaro, que ha sido ocupado por los alumnos de un colegio rival de inspiración comunista, embarcados en llevar a cabo una acción directa mediante la cual logren convencer a los seminaristas de abandonar la tutela de la iglesia católica. Esta restricción visual no significa que Jancsó abandone su habitual exuberancia en la puesta en escena. Su cámara continua moviéndose sin encontrar punto de reposo, descubriendo los más secretos rincones de ese monasterio, mientras señala a los estudiantes de uno y otro lado que cobran protagonismo, sea o no momentáneo.

Como debería ser claro a estas alturas, no hay nada de arbitrario, ni de exhibicionista, en esta cámara inquieta. Su intención es crear un clima de inquietud, de desequilibrio en el espectador, anticipándole que algo - y algo terrible - habrá de ocurrir pronto, unos hechos ante los que se verá forzado a tomar partido, aunque tenga que equivocarse. Este desequilibrio constante, esta falta de puntos de referencia visuales que nos impiden prejuzgar antes de ver, se imbrica con el otro hecho discordante de esta cinta con respecto a la filmografía anterior de Jancsó: se trata de su obra más diáfana y cristalina en lo que respecta a su significado y su intencionalidad.

Al verla, todo espectador descubre , más tarde o más temprano, que el director húngaro está realizando una profunda alegoría de la revolución... ¿pero de qué revolución? Por un lado, supuestamente los hechos tienen  lugar en los primeros años cincuenta, los de implantación del estalinismo y la abolición de todo lo viejo y caduco, incluyendo en ellos la iglesia católica; pero por otro la ambientación nos remite a hechos contemporáneos a la película, la revuelta estudiantil europea del 68, con su traslado de la lucha social al campo cultural, un proceso paralelo a la revolución cultural china - aunque en realidad esencialmente opuesto y contrario -, que se caracterizaba por su invasión de los espacios del (supuesto) enemigo por el entusiasmo de la juventud.

Ahí podría haberse quedado la cosa, en un simple guiño a la actualidad política completamente olvidable.  Jancso, por el contrario, transforma ese microcosmos temporal en un análisis de la dinámica de las revoluciones, de cualquier revolución, cuyos ejemplo paradigmático serían la revolución francesa de finales del siglo XVIII o la rusa de principios del XX. Si los primeros enfrentamientos entre estudiantes y seminaristas son simplemente dialécticos, un proceso en el que la confrontación de los argumentos habrá de irlos depurando, dejando sólo aquellos que realmente representen la verdad, pronto este espacio de libertad se revela viciado. Un bando tiene claramente el apoyo del poder, de la policía, del ejército y del estado, instituciones prestas a intervenir cuando su poder y supremacía se vean entredicho. Por esas razones, uno de los bandos, sabiéndose protegido, tomará la voz cantante, mientras que el otro se refugiará en un incómodo silencio, temeroso de desencadenar una represalia.

El resultado es un bloqueo al cual las palabras y el diálogo no ofrecen salida alguna. Sólo queda un medio, que pronto será aplicado por los elementos más extremistas del bando en el poder. Se trata del terror, de la violencia ciega e indiscriminada, plasmada en una doble purga, primero contra los tibios de tu propio bando, luego contra todos aquellos del contrario que no obedecen tus órdenes con el entusiasmo esperado. Una involución que destruye cualquier pretensión de democracia, de supremacía moral, que el bando que utiliza el terror pudiera tener y que acaba convertido en una lucha despiadada por el poder y por su ejercicio.

Al final, el terror, la violencia, la revolución acaba consumiendo a aquellos que lo desencadenaron y lo promovieron. Sus acciones, como queda demostrado al final  de la cinta, sólo serán toleradas mientras sirvan a los propósitos de aquellos que realmente ejercen el poder: La policía, el ejército, el estado. Un paso en falso y los más puros de entre los revolucionarios serán purgados a su vez, derribados de un papirotazo, castigados con el mismo rigor con que ellos ejercían poco antes contra sus víctimas.