martes, 21 de febrero de 2012

Past, Versions & Renderings (y II)


















Hablaba la semana anterior de la desmedida Cleopatra de Mankiewick. Parte de esa desmesura, sus cuatro horas largas de proyección, se debe a que en realidad la obra completa no es otra cosa que dos películas independientes cuyo único lazo de unión es el personaje que da nombre al conjunto. Una cisura que permite verlas de manera completamente independiente y que queda resaltada porque su tono y atmósfera no pueden ser más distintos, incluso en la caracterización de sus protagonistas.

La primera parte, la sección cesariana de la historia, en la que se narra la relación entre Julio César y Cleopatra VII, tiene un evidente aura de triunfo. Ambos, César y Cleopatra, son figuras en ascenso, con pleno dominio de sus facultades y poseedores de un poder casi omnímodo, que no tienen miedo en ejercer hasta sus límites. Son perfectos animales políticos, conscientes de sus virtudes y sus defectos, y por tanto dotados de la suficiente serenidad de espíritu y claridad mental, para elegir los objetivos que pueden ser alcanzados con sus medios y aplicar estos a su consecución. Nada humano, ninguna pasión o debilidad, podrá apartarles del camino fijado, de forma que su resolución y perspicacia, habrán de sorprender a amigos y enemigos, asombrados por el detalle en que estos planes han sido preparados y planeados.

Será sólo al final de la primera parte, con el asesinato de César, cuando las primeras sombras empezarán a manifestarse. Los intrincados vericuetos de la política romana se revelarán un obstáculo insuperable para el mismo César, mientras que la vejez cercana de éste, recordemos que en el año 44 contaba ya con más de 60 años, una edad más que respetable para la época, empezaran a enturbiar la visión del dictador perpetuo, a ocultar a sus ojos lo que es evidente para todos.

Puede ser que la historia no fuera así, que el moralista Plutarco hubiera modificado la historia para crear otra de sus lecciones morales, el orgullo sin límites (la υβρις) que derriba finalmente al poderoso también sin límites, y que nuestra mirada esté también distorsionada por la interpretación Sespiriana, de un César que al final sólo contaba con la virtud de un valor rayano en la temeridad. Pero no es menos cierto que esa imagen de un Julio César en decadencia, tal y como se muestra en la película, cuya mente ya no es poderosa, ni aguda, ni certera y que se pierde en los detalles tiene una especial resonancia, como conviene a una buena tragedia, en la que son las acciones de los hombres las que los conducen a la perdición.

Es esa atmósfera de perdición la que se acentúa en la segunda parte, la Antoniana, creando una clima de catástrofe inevitable en la que las decisiones de los protagonisas, conscientes del destino que les depara, no sirven para apartarles del destino fijado, sino a acelerar su caída.  En esta ocasión, la pasión incontenible que abrasa al romano Marco Antonio y a la Egipcia Cleopatra, esa pasión que asombró al mundo romano, que Horacio cantara apenas sucedida en versos que parecen los de un enamorado y no los de un enemigo a muerte, y que un siglo y pico más tarde aún dejara huellas de evidente emoción en los escritos del griego Plutarco, esa pasión, como digo, se convierte en el auténtico motor de la historia, en una fuerza incontenible que convierte a sus víctimas en marionetas y que las transforma, de seres sobrehumanos, en personajes más que humanos, a las que la menor contrariedad puede quebrar y abatir, como si fueran meras cañas y no los dioses que su propaganda predente.

De esta manera, curiosamente, es en la segunda parte de esta segunda parte, cuando los ejércitos de Cleopatra y Antonio, ha sido abatidos en Actium, por culpa de su propio orgullo y sus propios errores (aunque historiador tras historiador moderno ha intentado corregir lo que nos dicen las fuentes, puesto que era impropio, nos cuentan, de tan altas personas), es cuando la película alcanza su mayor altura, con un Antonio presa de la depresión, convertido en un mendigo que vaga por la las habitaciones de Cleopatra, y una reina que intenta que por última vez, vuelva a ser lo que fue, de manera que, aunque derrotadas ambos pasen a la historia con gloria en vez de con vergüenza.

Un último hurra que tendrá lugar y en el que Antonio será derrotado por la traición y no por las armas, y que culiminará en el doble suicidio de ambos, única salida ante la razón de estado, despiada y brutal, representada por el Octavio que pasará a la historia con el nombre de Augusto. Un suicidio que consituirá la única salida honrosa ante la derrota y que bastará por sí sólo para que los romanos, tan aficionados a los actos de coraje y valor, sepan convertir a un enemigo en una de sus grandes figuras históricas, como muestran la capturas que encabezan la entrada, y para que su leyenda acabe convirtiendo a Cleopatra, la última de los soberanos helenistas, en un nombre que 2000 años más tarde es aún recordado por cualquiera en Occidente, como el del fundador Alejandro.