sábado, 28 de mayo de 2011

Loyal Betrayals











Si alguien ha seguido este blog con atención, no debería sorprenderles que considere a Jan Svankmajer como uno de los grandes cineastas y artistas del final del siglo XX y principios del XXI, pese a quien pese, apreciación mía que me llevaría a seguir mi usual diatriba sobre como auténticas nulidades cinematográficas están en boca de todos, incluso de los guardianes de cinematográfo, mientras que de artistas de primera categoría apenas se habla, de forma que pasan desapercibidos para el aficionado medio o simplemente sin acceso a ciertas vías de información... lo que lleva a que muchos, como yo, descubramos repentinamente el pan de molde cuando éste lleva vendiéndose desde años.

No seguiré esa vía, sin embargo, pues al final termino por perder el norte y se me consume el tiempo sin hablar de lo que realmente importa, por qué me gusta el artista del que hablo y que importancia tiene. El caso es que hace pocas horas he visto por segunda vez el primer largometraje de Svankmajer, Alice, realizado en 1988, cuando ya el realizador checo tenía a sus espaldas un buen puñado de cortos excepcionales, que le habían granjeado una más que merecida reputación como maestro de la animación fotograma a fotograma y como continuador del surrealismo en su versión más pura, sin vulgarizaciones ni componendas, convirtiéndole en uno de los últimos modernistas en un mundo que empezaba a desconfiar de las premisas de ese movimiento, cuando no las negaba por completo.

la película a la que dedico esta entrada, Alice, no es otra cosa que una versión à la Svankmajer, del cuento de Lewis Carroll, la cual, a pesar de ser ante todo una obra del Checo y rebosar hasta los bordes de todas sus señas de identidad y constantes de estilo, puede ser quizás la versión más fiel y cercana al relato original, aunque, como digo, el mundo en que se mueve esta Alice no pueda ser más Svankmajer, y se realicen continuas variaciones, omisiones e interpolaciones sobre el texto original.

Lo anterior, por supuesto, necesita una explicación. La mayoría de las adaptaciones, incluso la muy reciente de Tim Burton, director cada vez más perdido en el laberinto de sus propias limitaciones, se limitan a ilustrar el texto, siguiendo de manera muy cercana no sólo la peripecia argumental, excepto alguna pequeña variación, sino incluso las ilustraciones originales de la época, y que se han convertido en consustanciales al relato y a la visión popular de Alicía. De esta manera, se pueden dar dos casos distintos, el representado por la producción de la Disney del 51, donde se resaltan los aspectos más infantiles de la narración, reduciéndolo a una simple narración fantástica, despojada de todos los posibles aspectos inquietantes o discordantes, que convierten al cuento original en un libro para adultos avisados. La otra posibilidad, por supuesto, es la de la película de Tim Burton, donde el desapego y desconfianza con la  que el espectador contemporáneo contempla a los clásicos se convierte en simples toques cosméticos aplicados al vestuario y los decorados.

Nada de eso ocurre con la película de Svankmajer. Por supuesto el hecho de que el realizador checo sea un surrealista de los de antes ayuda un tanto, ya que su postura estética está bastante más cerca de la de Carroll que lo que podrían estar Disney o Burton. En primer lugar, como puede apreciarse en las capturas, Svankmajer es capaz de ilustrar de forma personal y convincente lo que puede constituir lo más dífícil del relato de Carroll, la transición del mundo real al país de las maravillas, de manera que este, en su extrañeza, nos parezca completamente verosímil y al mismo tiempo alejado de todo lo que conocemos, sin que esa parte extraordinaria chirríe.

Este pequeño milagro lo consigue Svankmajer mediante con su experiencia de la animación fotograma a fotograma, de manera que todos los personajes e incluso la propia Alice en ocasiones, sean interpretados por muñecos, animales disecados u objetos cotidianos que cobran vida propia repentinamente. Unos objetos que han sido elegidos no por lo monos que sean, sino en función de su extrañeza y su absurdo, cuyo mejor ejemplo son los criados del conejo al que Alicia persigue en el relato y en la película, convertidos en esqueletos de animales imposibles, mezcla de varias especies distintas, y cuyo movimiento mecánico, similar al de los insectos, les hace aparecer especialmente peligrosos y amenazantes.

Y esta es precisamente la pincelada que Svankmajer al relato y que lo hace tan cercano al espíritu de la obra original. No es sólo que esos objetos cotidianos de repente cobren vida y representen una posible amenaza, es que el propio mundo donde se mueve Alicia, gobernado por reglas completamente distintas a las de la realidad a las que estamos aconstumbrados, cobra un carácter inquientante y ominoso, donde la salida es dudosa y la catastrofe siempre cierta. Un efecto reforzado porque al transcurrir siempre bajo tierra, detalle pronto olvidado en la mayoría de las versiones, lo utiliza Svankmajer para extraviar a Alicia en un laberinto de corredores, sótanos y habitaciones en diferentes estados de abandono y decadencia, completamente opuestos a esa imagen infantil y luminosa del resto de las versiones, pero que, como digo, lo acercan especialmente al ambiente del relato original.