lunes, 9 de mayo de 2011

AMGD Capítulo XVII: En algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C

Este capítulo "XVII" de la versión 9 de Ad Majorem Gloriam Dei iba a servir de epílogo de la novela, al narrar el destino del único protagonista superviviente en el bando judio, ese hombre maduro, desengañado de todo, que había decidido seguir al joven idealista al que asaltaban repentinas visiones de la divinidad, para acabar convertido en un eterno fugitivo, siempre escondido de una justicia romana que nunca se aplacaría.

Este final era demasiado artificioso y desapareció en las dos versiones posteriores, la 10 y la 11, las perdidas al romperse mis disco duro, que preferían un final abierto, en el que este personaje se enfrentaba a un destino incierto, en el que todo lo que conocía y amaba había sido irremediablemente destruido. No obstante, aquí lo tienen, como ejemplo de lo que podía llegar a escribir hace no tanto tiempo y que ahora me sería imposible.

Con este capítulo acaba Ad Majorem Gloriam Dei y queda vacante este lunes. Quizás lo llene con los artículos que han desaparecido de Tren de Sombras, para que puedan leerse en algún lugar. Permanezcan sintonizados.

Capítulo XVII: En  Algún lugar del Mediterráneo, año 80 d.C.

Obscuridad.
    
Densa y cálida.
    
Acogedora
    
Extiendo los brazos. Madera bajo mi cuerpo. Madera sobre mi rostro. Madera a mis costados.
    
Mi ataúd. Mi sarcófago. Mi tumba.
    
Estoy encharcado en sudor, me falta el aire, pero aún así no intento revolverme, no lucho, no dejo lugar al pánico, ya me he acostumbrado.
   
Con cuidado, tanteo las paredes y el techo. Siento su calor ardiente. Aún debe ser de día. Aún debemos estar en verano. El sol debe caer a plomo sobre la cubierta. Los marineros deben protegerse como pueden de sus rayos, tras la vela, bajo las bordas, en toldos improvisados.
    
Hay actividad, sin embargo, escucho pasos sobre la cubierta. Corren de un lado a otro. Se gritan los unos a los otros. Arrastran pesadas cargas y luego vuelven de vacío, más ligeros, para cruzar de nuevo, con pasos cortos y pesados, sobre mi cabeza.
    
Me doy cuenta entonces. No oscila. No se balancea de un lado a otro, como debería hacer si estuviéramos aún en alta mar, si aún navegásemos. Estamos en un puerto. En uno más de tantos a los que me han llevado escondido. En otro que sólo conoceré de noche, cuando la luz haya desaparecido, en otro que me será indistinguible de los demás, una interminable sucesión de calles obscuras y vacías, de paredes mudas y silenciosas, de puertas y ventanas cerradas.
    
Golpean suavemente en la pared de mi encierro. No hables, susurran, no tengas miedo. Somos de los tuyos. Aguarda un poco más. Ya vendremos a buscarte.
     
Ya vendrán a buscarme. Rostros desconocidos. Personas que nos saben nada de mi, excepto que yo estuve allí. Que yo puedo contarlo.
      
Ya los veo reunidos. Observo sus rostros. Serios y atentos. Iluminados por la luz vacilante de las lucernas. Se acurrucan los unos contra los otros, temerosos de la osadía que han cometido congregándose allí, viniendo a escucharme, aterrorizados ante mi sola presencia, la del hombre que lucho contra los romanos, que combatió por el único dios que existe, mientras ellos humillan la cabeza ante sus señores y veneran públicamente los dioses que sus amos adoran.
     
No encontraré comprensión en sus miradas. Para ellos sólo eres un monstruo, un espanto salido de entre los muertos, alguien que debería estar muerto y dejarles en paz, un peligro que, pasada esa noche, enviarán pronto a otra ciudad para zafarse de la responsabilidad, una molestia que pronto olvidarán en el ajetreo cotidiano.
   
Mirará a sus rostros y no comprenderás porque debes hablarle. Las piernas te fallarán, intentarás retroceder, pero los que te han traído hasta aquí te empujarán hacia adelante. Agarrarán tus débiles brazos, los de un anciano, y clavarán sus dedos en su carne, te alzarán en vilo y te expondrán a la mirada de todos, a los ojos fríos y duros, desconsiderados, que no entienden porque no hablas, que no comprenden por que no asisten al espectáculo por el que han pagado, por el que están corriendo ese pequeñísimo riesgo.
    
¿Qué podrás contarles? No puedes hablarles de los muertos. De todos los compatriotas que matasteis para purificar ese mismo pueblo, en nombre del auténtico dios, de la auténtica religión. No puedes hablar de todos aquellos que partieron con una sonrisa en los labios, camino de la muerte, creyendo que su sacrificio serviría para consumar el reino de dios, creyendo que ese mismo dios les acogería en su seno, acabada la batalla. No puedes hablarle de la ambición humana, ni de su codicia, ni de la lucha despiadada por ser rey y señor de unos despojos, cuando la guerra estaba ya perdida.
   
No.
    
Sólo puedes contarles lo que quieren oír. Un relato emocionante. Una cadena de aventuras, a cada cual más inverosímil, donde la victoria siempre se alcanza, aunque sea tras innúmeros peligros o retorcidas peripecias. Una historia donde los muertos siempre caen del otro lado y ninguno del nuestro.
   
Como en todos los lugares a donde te han conducido, como fiera en su jaula o fenómeno en su tarro, miraré los rostros de tus espectadores, sus bocas abiertas en una expresión de asombro, sus ojos desorbitados como si vieran ante ellos las brutalidades que les enumeras.
    
No podré resistir la tentación. Comenzaré a arrojarles mentiras, por ver si alguno reacciona, si alguien se atreve a levantarse y señalarme con el dedo, diciendo, es un mentiroso, es un falsario, eso no puede haber ocurrido, eso nadie puede haberlo hecho.
   
Se las tragaran todas, sin excepción, incluso descubrirás un resto de desilusión si no exageras bastante, porque luego, los sabes, sabes que ése es el único motivo de su venida, la única razón por la que te han traído hasta allí, quieren presumir antes los no pudieron asistir, restregarles por la cara las historias que ellos, y no los otros, han escuchado, los hechos de los, podría decirse, han sido testigos, las batallas que han combatido, los enemigos que han derrotado, los triunfos que han alcanzado.
   
No podré terminar mi narración. También lo sé. Mi voz se quebrará. Mi brazo, que marcaba el ritmo de la narración, se dejara caer muerto, mis rodillas me fallarán y tendrán que sostenerme. Gritos agudos de sorpresa, medio sofocados por el miedo a ser descubierto, se elevarán de entre los espectadores, como lo haría el coro en una representación, al ver el destino desastrado del protagonista.
   
Se extrañaran al descubrir tu sonrisa en tu desmayo. No lo comprenderán. Intentarán traerte de vuelta, sacudiéndote, llamándote por tu nombre, y al final tendrán que dejarlo. Es un anciano, ya se sabe, dirá el que te ha traído allí, mientras murmullos de aprobación se elevan del auditorio. Es un anciano y éstas son las cosas que les pasan a los ancianos, repetirá, mientras los espectadores, un tanto defraudados abandonan la cueva donde se han reunido.
   
Pero yo habré huido, habré escapado a sus trampas.
   
Un momento antes de caer en la inconsciencia habré saboreado mi victoria.
   
Como estoy a punto de hacer ahora, como voy a fugarme de mi entierro, como voy a substraerme al calor sofocante y al aire pesado de mi tumba.
   
Hasta la noche entonces. Hasta la noche.
   
La fuerza del viento me sorprende. A punto está de derribarme por tierra. Tengo que caminar apoyándome en él, sujetándome las ropas, volviendo la cabeza para poder respirar.
   
A un lado el mar, la línea de costa baja y rectilínea, parte de un extremo del horizonte y llega hasta el otro, sin que ningún accidente señale el lugar en el que estás, sin que nada pueda indicarte cuanto, mucho o poco, llevas caminado. Sobre el mar las olas paralelas, surgiendo incesantes, señaladas por finas líneas de espuma en su cima, que avanzan hacia la costa, haciéndose más grandes, hasta romperse y desaparecer, retroceder y encontrarse con la siguiente, que viene ya, en apariencia incontenible, para sufrir el mismo destino, para continuar el ciclo que nunca se detiene.
   
Al otro lado las colinas, descendiendo suavemente hacia la playa, transformándose en dunas, sobre las que ondean algunas matas de hierba, las más audaces de entre sus congéneres, las que tapizan las colinas, imitando al mar agitado por el viento, ondulando a su soplo, las olas cruzando las laderas, franqueando las cimas, una tras otras, en otro ciclo eterno, hasta venir a morir en las arenas de las dunas, hasta disolverse y desaparecer.
    
Ya no hay mar. Camino entre dos hileras de  colinas, a orillas de un arroyo que se tuerce y retuerce en su descenso, que se precipita en pequeños escalones, que se remansa en breves charcas. 
   
Entonces la veo, sentada en una pradera junto a la corriente, vestida con ropas extrañas, como nunca he visto en este mundo gobernado por los romanos, de no menos extraña belleza, imposible de encontrar entre los hombres, posible solo entre los ángeles de ese dios en el que yo creía antaño.
   
Me acerco lentamente, en silencio, procurando no turbarla, pero me encuentro su mirada, sus ojos clavados en mí, sin que haya podido percibir cuando ha vuelto la cabeza hacia mí, como si siempre hubiera estado mirándome, observándome.

- Te esperaba.
   
No ha movido los labios. No ha variado su expresión. Es su voz , sin embargo, no cabe ninguna duda y su acento me roba las fuerzas, destruye mi armadura, me hace caer de rodillas, acurrucarme junto a ella, apoyar mi cabeza en su regazo.
   
Sus dedos acarician mi cabello, descienden por mi mejilla, rozan levemente mi mentón antes de separarse.

- ¿Por qué huías de mí?
   
No respondo. No tengo ninguna respuesta.

- No deberíais tenerme miedo. ¿En qué otra parte vais a encontrar refugio, si no es en mí? ¿Quién vais a encontrar que os ame, si no soy yo?

No respondo.

Cierro los ojos.

Dejo que el sueño me arrastre.