sábado, 1 de mayo de 2010

What we've been told

Y sin embargo, no faltaron quienes durante largos años adornaron su tumba (la de Nerón) con flores en primavera y verano y expusieron en la tribuna de los oradores tanto sus imágenes con la toga pretexta, como edictos cual si viviera y que en poco tiempo tuviera que volver para la perdición de sus enemigos.

Suetonio, Vida de Nerón en Vidas de los doce Césares

He estado leyendo estas últimas semanas el libro (o libros) que Suetonio, el secretario de Adriano, escribiera a principios del siglo II de nuestra era, relatando las vidas de los doce primeros césares del imperio romano, de Julio César a Domiciano, de mediados del siglo I a.C al año 88 d.C.

Suetonio como es sabido no llega a la altura de Tácito, ni por su rigor ni por su método, aunque el hecho de que este último sea de un historiador con una agenda política obligue a tomar con ciertas precauciones lo que se nos narra. Suetonio por el contrario, se limita a acumular datos biográficos de muy diferente calidad, en una especie de cáos narrativo que no sigue un orden cronológico preciso y que ha motivado que se le compare con un catálogo de chismorreos muy similar a los programas de cotilleo de ahora mismo.

No obstante, este defecto no impide que Suetonio sea un historiador de primera categoría. Si bien muchos de los hechos que se nos narra puedan ser simplemente rumores, sin fundamento alguno, y de los que desgraciadamente es imposible comprobar su veracidad, al haber desaparecido las fuentes documentales (lo lleva a los postmodernos extremos a rechazar de plano todo intento de reconstruir la historia, cuando en realidad lo que debería hacer es recordarnos los problemas que esto tiene y la necesidad de ser rigurosos), no es menos cierto que durante su narración Suetonio nos suministra con multitud de detalles sobre la vida y la costumbres del imperio romano y, quizás aún más importante, sobre su mentalidad y lo que pensaban que era probable o habitual.

O dicho de otra manera, cuando leemos de las orgías de Tiberio o de los excesos de Caligula, existe la posibilidad de que todo ellos no haya ocurrido nunca, pero el simple hecho de que nos sea narrado nos hace darnos cuenta que los antiguos romanos lo veían verosímil y que por tanto esos comportamientos, aunque no se produjeran, eran esperables del poder imperial, ilimitado y por tanto fuera de las normas que ataban al resto de personas, pero que debían ser practicadas por los altos estamentos de la sociedad romana.

No menos importante son los momento en que Suetonio nos hace vislumbrar hechos que contradicen la versión transmitida. Así por ejemplo, la imagen de Nerón es la de un tirano que decidió exprimir hasta el extremo las posibilidades del poder absoluto y que descuidó por completo las obligaciones del gobierno, para entregarse a sus caprichos. Sin embargo, al final de su biografía, se nos señala como hubo sectores de la población que lo recordaban con cariño e incluso deseaban su vuelta. Una situación que Tácito también recoge, al narrar el asesinato de Galba, motivado por todos aquellos que deseaban la vuelta de la relajación de costumbres Neroniana, como sus más estrechos colaboradores no fueron perseguidos a pesar de sus crímenes o de como uno de sus amigos íntimos y compañero de correrías, Otón, fue elegido emperador tras Galba.

Una referencia inesperada, la de Suetonio, que debería llevarnos a revisar toda la historia del periodo, pero que al mismo muestra el abismo que nos separa de ese tiempo y esas gentes, ya que Suetonio se calla lo que a nosotros nos parecería más importante: las razones por las que ciertos sectores romanos continuaron considerando a Nerón como un gran emperador. Más aún, como una figura querida y recordada con afecto.