martes, 22 de diciembre de 2009

Off Balance


A punto de cerrar en la Fundación Canal Madrileña, se exhibe una magnífica recopilación de fotografías de Alexander Rodchenko.

No voy a descubrir nada a nadie si digo que Rodchenko es uno de los grandes de la fotografía. No. Lo que quería señalar es lo extrañas que parecen sus obras ahora mismo, ya en otro siglo distinto al suyo, y con infinidad de revoluciones, tanto artísticas como políticas, terminadas, desvanecidas y olvidades.

Uno ve sus fotografías y siente la tentación de llamarlas modernas, en el sentido de contemporáneas, lo cual es una falsedad y una ilusión, producida por el hecho de que yo crecí cuando el ciclo cultural que iniciaran Rodchenko y otros, eso que damos en llamar modernismo/formalismo, vanguardias del XX, aún permanecía vigente. El mundo post en que vivimos es muy distinto y en el sólo cuenta, sólo merece la pena, la cita irónica, la distorsión y la disociación, la consciencia íntima de que no hay nada nuevo, de que todo es repetición, y que por lo tanto sólo puede mirarse con desapego, con ironía, con sarcasmo.

Distintos, muy distintos eran los tiempos de Rodchenko. Por un instante, pareció que lo imposible se había hecho imposible, que al fin el hombre era dueño de su destino, y que las puertas del paraíso en la tierra se habían abierto de par en par, forzadas por nosotros mismos, sin que hubiera que deberle nada a nadie. Luego, llegaría la resaca, el descubrimiento de que todo era mentira, propaganda, cortinas de humo, porque nuestros peores temores se habían hecho realidad, y el paraíso, convertido en infierno, no porque se hubiera malogrado el experimento, sino porque no podía ser de otra manera.

Entretanto, en el mundo que daba parto a la modernidad, donde privilegios, prejuicios, costumbres ancestrales entorpecían el camino del progreso, aquello era algo en lo que merecía la pena creer, la luz y el símbolo, la energía incontenible del futuro, del mañana que nos esperaba. Por eso, las fotografías de Rodchenko parecen, parecían, esencialmente modernas. En ellas no quedaba nada del pasado, todas las reglas, todas las normas que regían la fotografía hasta ese instante habían sido abolidas y la cámara, roto sus cadenas, sin temor a apuntar en cualquier ángulo, a aceptar cualquier encuadre. Una ruptura que afecta a los temas elegidos, la juventud, los artistas, el deporte, la diversión, la vida ciudadana, lejos de cualquier sentimiento de culpa o prohibición, cantando siempre a la alegría de vivir y estar vivo.

Tiempos como digo, en que todo parecía posible, en que todo estaba por descubrir, construir y levantar. Una década, la de los 20, donde el arte ruso alcanzaría cotas imposibles, cabalgando la ola de la revolución que arrasaba todo lo viejo y en cuyo seno estaban permitidos todos los caminos, todas las alternativas, todos los experimentos.

Un tiempo, una década, que acabarían brutal y repentinamente, cuando la revolución necesitase hacerse respetable, cuando entre las altas esferas cundiese la desconfianza hacia ese arte que sólo se necesitaba así mismo, y cuyos productos no proclamaban de forma suficientemente clara y contundente la línea general del partido, ésa que cambiaba a cada momento, pero que siempre era racional, verdadera y necesaria.

Una reacción que acabó tragándose a todos, impulsanado a unos al suicidio, como Mayakovski, modelo favorito de Rodchenko, a otros a morir en el GULAG, como Mandelstan o Bábel, a negarse a sí mismo y a su arte, en espera de tiempos mejores, como Eisenstein o Sostakovich.

O como el arte y la política no pueden seguir juntas mucho tiempo el mismo camino, y como la segunda siempre desconfiará de la primera, temerosa de que sus mensajes puedan significar lo contrario de lo pretendido.