lunes, 7 de diciembre de 2009

Faces in the mirror


Los (pocos) habituales de este blog habrán notado ya mi mala constumbre de comentar las exposiciones de arte madrileñas cuando están a punto de cerrar, un vicio que tiene su origen en otro vicio, mi manía por visitar las exposiciones un par de veces, la primera para tomarles el pulso, la segunda para ir sobre seguro.

Así, dentro de un par de semanas, se cerrará en la Fundación Mapfre la exposición Mirar y ser visto, dedicada al género del retrato (hay otras dos buenas exposiciones en esa misma sede, la de la fotografía decimonónica italiana y otra dedicada a las relaciones entre el arte de primeros del siglo XX y la danza, que desgraciadamente no voy a poder comentar), una exposición que, a pesar del pequeño número de obras, es importante por dos razones, por realizar un recorrido por ese género del XVI al XX, sin que sea imposible encontrar un cuadro que sobre u otro que falte, y por tratarse de un recordatorio de uno de los museos más inverosímiles e importantes del mundo, el Museo de Arte de Sao Paulo.

Entiéndase lo de más importante y lo de inverosimil. La importancia del museo de Sao Paulo no está en el número de obras que contiene, sino en su calidad, ya que al igual que otros museos singulares de fundación reciente, como la Fundación Gulbenkian o el Museo Thyssen, basadas en antiguas colecciones particualres, se las ha arreglado para obtener un poco de todo lo importante, permitiendo así que el visitante obtenga una visión completa del arte occidental del cuatrocento a la vanguardia. Un gusto y un cuidado que ya pude presentir hace muchos años, cuando visitando el Van Gogh de Amsterdam, me tope con una exposición temporal de los fondos modernos del Sao Paulo, que superaba, en un tiempo en que en Madrid no contábamos aún con la Thyssen, cualquiera de nuestras colecciones estatales.

Da ahí lo de inverosímil, puesto que una colección de ese calibre, podría suponerse en Europa o en nuestros hermanos culturales del otro lado del Atlántico, los EEUU, que tienen el dinero suficiente para montarla, pero no en los países empobrecidos del cono sur, a los cuales no debería sobrarles el presupuesto para esos dispendios. Pero sin embargo, por unas razones u otras, se produjo el milagro, y el Museo de Sao Paulo se convirtió en una de esas colecciones modélicas, con pocas piezas, pero cada una de ella representativa y de altísima calidad, una cualidad que esta nueva exposición corrobora y confirma.

No obstante, esta exposición no es un anuncio del museo, sino que el origen de las piezas queda muy en segundo plano, lo que interesa es ilustrar la evolución de ese genero, el retrato, que ha constituido, hasta finales del XIX, uno de los pilares de la pintura europea. Una evolución que podría caracterizarse, de manera muy grosera, como una transición de los deseos del comitente por mostrarse al resto del mundo, perfectamente ilustrados por los Tizianos y Velazquez que abren la exposición, al deseo del artista por reflejar lo que rodea, plasmando en ello sus propias apreciaciones y apetencias, hasta convertir al modelo en un objeto más, no muy diferente del mobiliario que le rodea, y sujeto a los mismos criterios de experimentación formal, como se puede apreciar en los Picasso y Modigliani que cierran la exposición.

Una deriva cuyo punto de inflexión podría situarse en los Hals que se exponen, especialmente en el que he elegido para ilustrar la entrada, donde el retrato de un capitán de la época, orientado como tantos otros a mostrar la grandeza y prestancia del modelo, aunque fuera por los medios de la corrección y el embellecimiento de su rostro, su atuendo y su postura, se convierte para Hals en un medio de desplegar toda su pericia técnica, en ese rasgo suyo, tan fascinante para nosotros los espectadores de cuatrocientos años más tarde, consistente en pintar de manera muy fluida, casi taquigráfica, insinuando texturas y detalles con rápidos toques de pincel, pero al mismo tiempo, gracias a esa ambigüedad e imprecisión, darnos la apariencia de una persona viva, que acaba de sentarse ante nosotros, cuya posición y expresión se modificará en el instante siguiente.

Y no sólo eso, puesto que nada hay en el pincel de Hals de la adulación de otros pintores, y en ese retrato, que podemos suponer fuera encargado para mayor gloria de su comitente, triunfa el realismo más radical, y podemos apreciar el desaliño de su indumentaria, el polvo acumulado a lo largo de marchas y batallas, el cansancio y el envejecimiento, tantos y tantos detalles que, nuevamente, nos hacen pensar que estamos ante una persona de verdad, y no un conjunto de manchas de color.