martes, 29 de diciembre de 2009

A new light

En los últimos días del año, como es de rigor, los medios se han dedicado a compilar listas de "lo mejor del año". Por supuesto, aquellos medios que se ufanan de "compromiso con la cultura" han publicado una lista con las mejores exposiciones y, como era de esperar, se han dejado llevar por los grandes nombres (Sorolla y Bacon) o las grandes instituciones (El Prado y la Thyssen)

Sin embargo en esas listas no han figurado varias de las para mí han sido esenciales este año, la magnífica sobre la escultura real de Ifé, a la que dedique un par de entradas, o la no menos sorprendente sobre el arquitecto italiano Palladio, abierta en la sede madrileña de la Fundación La Caixa.

Una exposición ya de por si notable por la dificultad que plantea, puesto que si los cuadros se pueden trasladar y las estatuas con un poco de más dificultad, los edificios están anclados a sus cimientos, convirtiendo una exposición sobre arquitectura en poco menos que un imposible. La forma en que este inconveniente físico se ha solventado es convirtiendo la exposición en una auténtica lección de historia. Sala tras sala se explican con todo lujo de detalles los diferentes edificios que Palladio construyera, utilizando maquetas para que podamos contemplarlos de un vistazo, tanto por dentro y por fuera, haciendo visible lo que se suele escapar en una visita al propio monumento, pero sobre todo, mostrando las fases por las que paso el proyecto, las soluciones que el arquitecto barajara y las que definitivamente adoptó, ilustrando su proceso creativo y la importancia del resultado final.

Una labor que no deja lado un punto crucial, que muchas veces se suele olvidar. Un edificio en particular, una obra de arte, en general, no es algo que fue creado en un fiat semejante al divino y que se ha mantenido hasta nuestros días inmutable. Accidentes y dificultades pueden haber interrumpido el proyecto, dilatando su construcción hasta mucho tiempo después de la muerte del artista, cuya finalización recaería en otras manos, más o menos respetuosas. Así vemos como Palladio termina a su manera las obras que Giulio Romano deja inacabadas, recortando su locura manierista para tornarlas más sobrias, o como los discípulos de Palladio corrigen asímismo a su muerte las construcciones de su maestro, puesto que sus soluciones les parecen demasiado audaces, como es el caso flagrante de San Giorgio Maggiore, cuya fachada es una simplificación del proyecto original de Palladio.

No obstante, esto no pasaría de ser una exposición bien montada sino fuera porque su objeto es uno de los más grandes arquitectos, no ya del renacimiento, sino de la historia. En primer lugar Palladio es un teórico, que estudia la arquitectura pasada (la romana, evidentemente) y crea una nueva manera de construir completamente original, que expone con todo lujo de detalles en Los Cuatro libros de Arquitectura, de manera que sus ideas se extenderían por toda Europa, influyendo la arquitectura occidental hasta el final del siglo XIX.

No obstante, ha habido otros grandes teóricos como Alberti, de tanta importancia como Palladio. La diferencia estriba en que la mayoría de los arquitectos del Renacimiento apenas pudieron construir un par de obras reales, limitandose su aportación a diseños, proyectos y teorías, mientras que Palladio, por el contrario, pudo construir una larga lista de edificios, entre iglesias, palacios, villas y edificios públicos, de forma que pudo experimentar sus teorías en la práctica, comprobar si eran correctas, mejorarlas y modificarlas con cada proyecto y verlas completadas tal y como él las imaginaba.

Una oportunidad que sólo él pudo disfrutar entre tantos otros, con otra ventaja añadida, que su corpus arquitectónico está concentrado en los territorios de Venecia, en la ciudad misma, en Vicenza y Padua, en las villas repartidas por la campiña del Véneto, de manera que cualquier viajero puede disfrutarlo por entero casi de una sentada, permitiendo estudiar su evolución y sus diferencias con la experiencia fresca, casi como si visitase un museo Palladiano al aire libre.

Una figura tan grande, por sus teorías, por sus resultados, por la concentración de su obra, que sólo hay otra contemporánea que pueda comparársele, aunque sea en otra cultura completamente distinta.

Se trata por supuesto de Sinán, el arquitecto de los Sultanes Otomanos.