sábado, 26 de diciembre de 2009

All is well in this world


En la Fundación Juan March madrileña, aún se puede visitar la muestra Caspar David Friedrich: El arte de dibujar, centrada en los apuntes, bocetos y diseños que el artista alemán tomaba del natural, para luego, en el estudio, reunir vistas tomadas en diferentes lugares y tiempos para construir un cuadro completamente inventado, sin su correlato real, más allá de los elementos particulares. Unos paisajes imaginados que, no obstante, se nos aparecen reales, sin que sea fácil descubrir su artificiosidad, a menos que ésta nos sea señalada.

Una reconstrucción en estudio que se debe a que Friedrich es un pintor de ideas, las cuales intenta reflejar en cada una de sus obras. Puede decirse que casi el último pintor religioso, tras el cual cualquier intento de plasmar el cristianismo en el arte resultó una tarea estéril, incapaz de aportar nada a la historia, al contrario que lo que había sido norma en la tradición occidental, para finalmente desembocar en el Kitsch sin complejos, unos productos que nada tienen de la fuerza o la cercanía de los productos del pasado. Un pasado que aniquila al presente, de manera que el lenguaje del cristianismo es del del Gótico o el de la Polifonía, el de Bach o el de Miguel Ángel, y no el de sus sucesores actuales, en plena decadencia.

Una religiosidad que en Friedrich se presenta de manera inesperada, puesto que él ante todo es un pintor de paisajes, falto completamente de interés por la figura humana, que en sus manos es casi indistinguible de las formas naturales, de los árboles y las rocas, y que parece disolverse en ella. Una espiritualidad extraña para nosotros, puesto que para él, la naturaleza es la prueba manifiesta de dios, de manera que en ella, él siempre está presente, en un quasipanteismo, y sólo hace falta mirar a nuestro alrededor para creer, un ethos muy distinto del de los fundamentalistas de hoy en día quienes, sitiados por la ciencia, casi han acabado por concebir la naturaleza como trampa, puesta allí por el creador para probar la fe de los creyentes.


Por supuesto, no hace falta ser creyente para apreciar a Friedrich, mal artista sería aquel cuya importancia pudiera reducirse a un ideario, puesto que entonces mejor hubiera hecho dedicándose a la política o a la filosofía. Es cierto que es posible leer un cuadro de Friedrich e identificar el significado de cada elemento colocado en el lienzo, su importancia e intención, pero lo que hace grande a Friedrich hoy, 200 años más tarde, es que en su esfuerzo por mostrar a dios en la naturaleza, el la reproduce en sus dibujos y en sus lienzos con absoluto realismo.

No, no es así, si fuera con absoluto realismo, no pasaría de ser una fotografía, una reproducción fría y congelada, lo que caracteriza a Friedrich es como, a pesar de que sus cuadros son una reconstrucción en estudio de vistas tomadas aquí y allá, es capaz de insuflarles vida, de conseguir que esos paisajes soñados, inventados, recreados, trasunto de problemas teológicos, nos parezcan lugares reales, que podemos visitar, en los cuales casi se puede identificar la hora del día, la estación del año.

Sentir el frío de las montañas, el soplo del viento, el olor del mar, el silencio que atruena los oídos. Sensaciones comunes a todos los humanos y que no necesitan de una religión o una fe, para ser experimentadas y compartidas.