domingo, 11 de octubre de 2009

Like Father, Like Son

Toughness, hardness, brutality, the use of force, the virtues of violence had been inculcated into a whole generation of young Germans from 1933 onwards, and, even if Nazi education and propaganda in these areas had met with varied success, it had clearly not been wholly without effect. Nazism taught that might was right, winners took all, and the racially inferior were free game. Not surprisingly, it was the younger generation of Germans soldiers whose behaviour was the most brutal and violent against the Jews.

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Thus when German Forces took what the conceived of as retaliatory against the Polish resistance to the invasion, taking hostages, shooting civilians, burning people alive, razing farms to the ground, and much more, they were not acting out of military necessity, but in the service of an ideology of racial hatred and contempt largely absent in their invasion of other countries further to the west. Violence against racial and political enemies, real or imagined, had become commonplace in the third Reich well before the outbreak of the war. The violence meted out by Poles and specially Jews from the beginning of September of 1939 continued and intensified this line of action established by the Third Reich, as did the looting and expropiation to which they were subjected.

The Third Reich at War, Richard J. Evans, explicando la violencia nazi en Polonia desde el primer día de conflicto.

Cuando comencé a leer el último volumen, dedicado a la guerra mundial, de la magnífica trilogía que el historiador británico Richard J. Evans ha escrito sobre el nazismo, no pude evitar una cierta incomodidad. Las primeras decenas de páginas, dedicadas a la invasión de Polonia en 1939, parecían un simple catálogo de atrocidades, cercano a la pornografía, y no un análisis profundo de los que supuso y pretendía el Nazismo.

Me costó entender el porqué de esa actitud, pero debí haberlo compredido desde el principio.

Existe una cierta perversión moderna, sostenida extrañamante tanto por viejos nostálgicos, como por jóvenes rebeldes, de que el Nazismo puede asimilarse a un sistema político normal, tan respetable como cualquier otro, aduciendo en su defensa que sin la guerra y el asesinato, se consideraría como un buen gobierno, o lo que es lo mismo, que el exterminio y la rapiña fueron producto de la crueldad propia de la guerra, que lleva a un mayor radicalismo, de manera similar a la campaña de bombardeo estratégico de los aliados.

Evans desmonta esta hipótesis de forma contundente. En primer lugar muestra, sin lugar a dudas como, desde el mismo día 1 de la guerra, el ejército alemán se comportó con una crueldad inusitada e inesperada, especialmente teniendo en cuenta su comportamiento en el conflicto anterior, completamente opuesto. Un comportamiento que no se debía a un conflicto duro y cruel que poco a poco se va radicalizando, sino que obedecía a unos postulados ideológicos tremendamente claros, núcleos de la ideología nazi y que habían sido inculcados a una generación más joven, a los cuales la guerra dio la oportunidad de ser aplicados en toda su dureza sobre las víctimas que habían sido designados.

¿Y qué postulados eran eso? En primer lugar el hacer de Europa una casa Alemana, pero no al estilo de la Alemania Guillermina, o la derecha tradicional, el de una comunidad de estados dirigida por Alemanía y donde los diferentes pueblos encontraran su lugar, sino el de un continente donde sólo la raza superior, la alemana, tuviera derechos plenos y el resto de las razas, latinos, eslavos, se encontrase en un grado mayor o menor de servidumbre o esclavitud, o fueran consignados directamente al exterminio, determinado así que su bienestar y supervivencia dependiera única o exclusivamente del beneficio que la raza superior obtuviera de ellos o de su sumisión a los deseos de ésta.

Una violencia que, por supuesto, no se había manifestado en toda su intensidad en la Alemanía prebélica, pero que que aún así había llevado a la persecución y al asesinato de todo tipo de opositores, incluidos antiguos cancilleres, como el general Kurt Schleicher, o compañeros de partido, como Ernst Röhm, o a privar de sus derechos, sometiéndolos a la discriminación y a la expulsión, a todos los alemanes no arios, como ocurriera con los judíos.

Una violencia que llegaría a aplicarse incluso a los propios alemanes, como demuestra el exterminio de los enfermos mentales alemanes, ordenada por decreto del Führer el mismo 1 de Septiembre, es decir antes de cualquier supuesta radicalización provocada por la guerra, y que sec completó antes de que se pusiera en funcionamiento la solución final contra los judíos, de forma que la experiencia utilizada los técnicos ocupados de gasear a los enfermos mentales alemanes (y hay que recordar que la definición de "vida que no merece ser vivida" para los nazis era tan laxa que casi cualquiera podía ser incluida en ellos) se utilizó en los campos de exterminio polacos que se abrieron a continuación.

Una violencia por último, que no fue únicamente de las SS o de la Gestapo, sino que requirió la complicidad de muchos alemanes, tanto en el ejército como en la sociedad civil, que desde el primer día hasta casi el último, decidieron dar su apoyo incondicional a una ideología sanguinaria o simplemente prefirieron mirar hacia otro lado, bien para enriquecerse con la rapiña y la depredación o en la certeza de que su pertenencia a la raza superior les hacía inmunes a esos mismos actos.