sábado, 17 de octubre de 2009

Sex and Life


Resulta curioso y en cierta manera terrorífico comprobar como ciertos hábitos y usos mentales aprendidos en la niñez y juventud siguen actuando de manera subsconciente en la madurez, incluso después de muchos años de haber sido abandonados voluntariamente.

Así ocurre que hace ya tiempo que dejé de ser cristiano y creyente, aunque, para que conste en acta, sin guardar ninguna animosidad frente a esa religión, pero nunca he sido capacidad de desprenderme de ese temor, mezclado con repugnancia, que esa religión guarda frente al cuerpo humano y la sexualidad, de manera que, en forma involuntaria, la representación explícita de las actividades reproductivas me hace sentir violento, a menos que se disfrace, desplace o distorsione, aun cuando como en todos los asuntos humanos, la exposición cotidiana al mismo estímulo produce que su efecto se atenúe.

Además, no ya en el cristianismo sino en la sociedad en la que crecí, aún profundamente tradicional a pesar de tanta revoluciones sociales y culturales, la representación explícita de las actividades sexuales parecía ser un monopolio masculino, de manera que estos productos eran siempre creados por y para los hombres, haciendo parecer que a la esencia de esas visiones pertenecía la violencia y la humillación, como elementos indisociables de ellas y tornando asimismo aparentemente imposible que esa narración directa y sin tapujos de las actividades amatorias pudiera provenir de una mujer.

Por todo lo anterior, parte de los cortos animados de la directora lituana Signe Baumane han supuesto un autentico shock para mí, en el mejor de los sentidos, ya que han servido para derribar ciertos prejuicios míos que suponía ya fenecidos desde hace tiempo. El caso es que como la misma Signe confiesa en el documental que acompaña a los cortos, ella, como dicen que nos ocurre a los hombres, no piensa más que en el sexo, lo cual imbuye sus cortos que lo presentan con la misma energía, la misma franqueza y la misma potencia, por así decirlo, que lo haría un hombre, como una fuerza inextinguible que es imposible dominar y la cual se entregan todas las criaturas, sin excepción, aun cuando haya que arriesgar la propia existencia.

Una claridad y una sinceridad, que no evitan, al mismo tiempo, el humor más descarado, ése que elimina la seriedad de cualquier asunto que se supone trascendente, convirtiéndolo en normal, cotidiano e incluso rutinario, o el giro hacia la poesía, eliminando, como digo, de esas representaciones explícitas toda carga de violencia o humillación.

Proclamando la alegría del sexo, en definitiva.