domingo, 18 de octubre de 2009

Giving Evidence (y I)

The whole thing took place in a rather large hall. There was an entrance, an when you came in there there was a round table at which sat several officials, and they registered you. They would hand you and envelope which had a sheet of paper on it; and there were two circles in it, a large circle and a small circle, and you were supposed to make a cross in one of the circles, the larger meaning yes, and the smaller meaning no. Then at the end of this hall was a telephone booth, and you were supposed to go in there, make your cross, put the ballot in the envelope and drop it in a box which was provided at the end of the table. It was handled in this manner. However, when somebody came in, the official would greet him with 'Heil Hitler', and then give him the ballot and they said 'You are voting yes and there is no reason to go into the booth at the end of the hall'; and everybody would make a cross in the larger circle. Then they would give the ballot to the official and he would put it in the envelope, and put it in the box. Nobody dared to go to the booth in order to vote secretly.

Albert Göring, hermano del jerarca Nazi Herman Göring explicando a los interrogadores aliados como se llevó a cabo el pleibiscito de anexión de Austria al Tercer Reich , según se recoge en Interrogations de Richard Overy.

En el verano y otoño de 1945, un grupo de oficiales, juristas e investigadores aliados se dedicaron a interrogar a los jerarcas nazis que habían caído en su poder, para intentar descubrir los cargos de los que podían ser acusados y desentrañar tanto la estructura de poder del Reich como los crimenes que pudiera haber cometido, llevando un registro taquigráfico de las conversaciones, de forma que pudieran ser utilizadas como prueba en un posible juicio posterior. Como bien señala Richard Overy en su libro Interrogation, esto constituyó una afortunada casualidad histórica. Nunca antes o después se ha tenido la oportunidad de entrevista a la casi completa alta jerarquía de un régimen cuando los acontecimientos en los que habían tenido parte estaban aub frescos, lo cual, unido a que los archivos oficiales del Tercer Reich cayeron prácticamente intactos en manos aliadas, ha permitido un conocimiento íntimo y profundo del funcionamiento de ese régimen.

Por supuesto, y dado que los entrevistados sabían que se enfrentaban a un juicio y a una más que posible condena a muerte, sus reacciones fueron muy diversas, y muy pocos se mantuvieron a la altura de la imagen de dureza y valentía que el militante nazi había proyectado al mundo como símbolo de su régimen. Unos, como el ministro de exteriores Joachim von Ribentrop, responsable del pacto de no agresión entre la URSS y el tercer Reich, o el ministro del interior, Wilhem Frick, negaron todo conocimiento y participación en los posibles crímenes de los que se les acusaban, incluso en aquellas acusaciones que pertenecían a su jurisdicción, lo cual más de una vez hizo estallar a alguno de sus interrogadores, incapaz de creer que unos altos funcionarios del sistema desconociesen lo que realizaban sus mismos subordinados. Otros como el general Heinz Guderian o el mismo Alfred Jodl, se las apañaron para crear el mito de que el ejército alemán se había comportado siempre de forma honorable y que todas las atrocidades habían sido cometidas por las SS y el partido, aun cuando cada uno de ellos había recibido sustanciosas recompensas del Führer y no se habían negado a firmar las ordenes que decretaban el asesinato de judios, prisioneros o represalias contra la población civil en la que se estipulaba la ejecución de 100 civiles por cada alemán muerto.

Los hubo también que se refugiaron en una amnesia real o fingida, como Rudolf Hess, o que fueron cayendo en un estado progresivo de locura culminada en el suicidio, como en el caso del ministro de trabajo Robert Ley, pero que antes se había dedicado a escribir largas cartas a su mujer muerta como si estuviera aún viva, o a trazar complejos planes de reconstrucción y reconciliciacón para la Alemania de postguerra, en los cuales esgrimía como argumentos la misma falsa propaganda que ellos mismo habían creado.

Pero el caso más interesante fueron aquellos que decidieron colaborar con los aliados y respondieron con todo lujo de detalles a las preguntas de sus aliados, descubriendo así la estructura completa del régimen nazi. Unos como Albert Speer, encargado de la producción bélica de los últimos años del conflicto, lo hicieron de forma interesada, intentando transmitir la idea de que eran unos simples tecnócratas que nunca se habían metido en política, y fueron testigo involuntarios de las crueldades del régimen, mientras que otros, como Dietrich Wislicieny, ayudante de Adolf Eichmann, y por tanto uno de los responsables del exterminio de los judios europeos, Otto Olhendorf, comandante de uno de los Einsatzgruppen que en el verano otoño 1941 eliminaron a los judíos sovieticos, o Rudolf Höss, comandante del campo de Auschwitz, lo hacían con el orgullo del profesional que quiere presumir de un trabajo bien hecho y que es incapaz de ver en que puede haberse equivocado.

Pero por supuesto, todo esto ya es muy lejano, mucho más aún para nosotros, habitantes de democracias donde la libertad parece tan normal que hemos acabado por no darle importancia, de manera que ahora se pueden escuchar demasiadas voces que intentan, o bien exculpar a los criminales de antaño o demostrar que el régimen nazi, sus objetivos políticos, eran en cierta manera normales y aceptables, excepto por la radicalización producido por la guerra.

Por eso es importante el testimono que he reproducido arriba, realizado por el hermano de Hermann Göring, opuesto al nazismo y que sólo se salvo por la intervención personal de su propio hermano, comandante de la Luftwaffe y segundo en el orden de sucesión del Fúhrer, en el cual explica como se llevaban a cabo esos pleibiscitos nazis donde el Sí ganaba por porcentajes del 90%, y que muchos ofrecen como prueba de que el nazismo era mayoritariamente apoyado por los alemanes, reproduciéndo, voluntaria o involuntariamente, el argumento nazi de que Alemania era Nazismo y Nazismo era Alemania

O como la coacción, la amenaza y el miedo, llevaron a muchos a callar, temerosos de que la violencia del régimen, tan patente para ciertos sectores como judíos, gitanos, asociales o enemigos políticos, acabase dirigiéndose también contra ellos.